lunes, 10 de octubre de 1994

Entrevista a Mercedes Sosa: "El aplauso crea una responsabilidad permanente"

Publicada en Diario Los Andes, 10 de diciembre de 1994.

Por Martín Appiolaza. Ella está ahí, sentada, resistiendo la abrasadora siesta mendocina. La premisa es hurgar el baúl de sus recuerdos, arrancarle sin pudor algunas confesiones. Mercedes se presta gustosa.
Está exultante, feliz de llegar de nuevo a Mendoza, como aquella primera vez, recién casada con Mathus. Está feliz de cantar en la ciudad en que concibió a su hijo Fabián, donde vivieron los amigos de toda la vida, con quienes pasó los momentos más felices.
Desde el sillón exhala su belleza matriarcal, que inunda los alrededores. Entonces brota desde algún lugar muy escondido esa voz inconfundible, llena de matices, que recubre con algodón cada palabra. Impone sus tiempos. Crea un clima de confesiones imperdibles, que inhibe rumores. “Me gustaría venir a vivir a Mendoza”, afirma y esos ojitos se convierten en el centro del salón.
No se justifica tener una casa en Madrid. Prefiere, en cambio, tener su lugar en Mendoza. “Me gusta Mendoza, me parece bella. Me gusta la gente de Mendoza. Tienen otro ritmo de vida, se tratan con dulzura. Por ejemplo, cuando murió Armando (Tejada Gómez) lo velaron en la casa de Mendoza, a pesar que el gobierno no coincidía con sus ideas. A don Benito Marianetti le crearon una plaza. Hay una cosa entre ustedes tan extraordinaria, un pluralismo muy grande y eso me agrada.
“Generalmente los funcionarios se sienten omnipotentes y creen que la gente que no piensa igual no sirve. Pero sirve, no le sirve a ellos, pero sirve. Es importantísimo lo que hacen ustedes, es importante esta unidad de los mendocinos. Es importante reimprimir “Detrás del grito” de Iverna Codina, editar a Draghi Lucero. En Mendoza hay una onda que soñé siempre: la derecha debe ser culta y la izquierda también. La cultura es lo único que puede salvar un pueblo, lo único, porque la cultura permite ver la miseria y combatirla. La cultura permite distinguir lo que hay que cambiar y lo que se debe dejar, como la bondad de la gente, el compartir una empanada, un vino, el luchar cotidianamente para que una ciudad sea bella. Todo eso es Mendoza para mí”.

Años de bohemia
Para la tucumana ignota que por los ’60 soñaba con cantar, esta ciudad fue un paraje de sorpresas y descubrimientos. Aquí conoció los amigos de toda la vida, con quienes compartió su formación. “Todo lo aprendí aquí y cuando partí, lo hice más fortalecida” confiesa.
“Aquí conocí a muchos pintores, escultores, poetas, gente común que nos recibía en su casa y nos daba de comer, tomábamos vinos, componíamos canciones y nos sentíamos gente. Aquí me formaron intelectualmente, me mostraron las texturas, los óleos, los pasteles.
“Sabíamos ir con Tito Francia, Armando y Mathus a la casa de Iverna Codina. Recuerdo que en la puerta había una escultura de Lorenzo Domínguez, que siempre estaba con nosotros. También venía Antonio Di Benedetto, cuando salía del diario Los Andes. Recuerdo que eran noches de canciones, noches de poesía. Siempre tengo en la memoria aquellos años. A veces, cuando estoy mal, me reconforta recordar que caminábamos por la calle San Martín, desde Radio de Cuyo hasta la parada del ómnibus que nos llevaba a Luzuriaga. Siempre parábamos en Alcafé, nos encontrábamos con todos los chismes y si alguno tenía una fiesta, lo acompañábamos.
“Íbamos a un boliche que estaba al lado de la termina y como un plástico amigo había pintado las paredes, comíamos gratis. Comíamos nada: un fideo con un pedazo de carne, tomate y vino, mucho vino. Aquí aprendí a tomar vino y me costó bastante sacarme la costumbre de comer con vino”.
Construían largas charlas que destilaban bohemia, con las que se gestaba un movimiento que alborotó el folklore argentino. Los modestos sueños de entonces se sonrojarían al descubrir que los superó la realidad. “Soñábamos, pero nunca imaginé que la vida me iba a llevar tan lejos. Nunca llegué a soñar todo lo que me iba a pasar en la vida. Todo lo vivía en Mendoza”.

Las nuevas olas
Una recorrida por sus discos de los últimos diez años, delata la crecient5 presencia de obras de autores jóvenes, muchos de ellos poco conocidos. Mercedes Sosa siembra para que todos cosechemos. Apuesta por “esta nueva generación que me encanta. Me gustan estos seres que aman la música y la literatura. Son personas con las que me siento entre hermanos aunque no hablemos el mismo idioma. Estoy hablando de Becker, Faranturi, estoy hablando de Joan Báez en Estados Unidos, de tanta gente en América Latina como los Inti Illimani o Franco de Vita. También dentro del país hay gente con la que nos encontramos con la periodicidad que nos permite el trabajo, como Jairo, Víctor Heredia, León Gieco, Julia Zenko, Teresa Parodi, o Nacha Roldán, que ha sacado un disco hermoso que merece ser tenido en cuenta. Quiero a esta gente que graba folklore en el país, sin preocuparse por la plata”.
Mercedes, durante los últimos años ha trabado amistad con músicos jóvenes. Uno de ellos, Charly García, pasa por un mal momento. “Me preocupa Charly, porque es un gran compositor, una persona que tiene un talento enorme. Me gustan mucho sus discos. “La hija de la lágrima” es un pedido de auxilio”, musita con una voz ronca, muy honda, estremecedora, que despierta lágrimas de una chica que participa de la entrevista. “Le hablé hace poco a la casa y estaba bien, viendo televisión. Me dijo que grabáramos algo de Silvio Rodríguez, que ensayáramos algo. Como no hermano, le dije, te voy a volver a hablar. Pero mi vida es tan loca como la vida de él. A veces no tengo tiempo para nada. Es un desastre mi vida, no se qué he hecho para merecer ésto, pero el aplauso crea una responsabilidad permanentemente a la que no se puede renunciar. Es una responsabilidad sentirme punto de referencia o referente de algo”.