domingo, 3 de mayo de 1998

Un lugar en el mundo

La vida en la comunidad menonita de La Pampa

Martín Appiolaza, Diario Los Andes, 3 de mayo de 1998

Doscientas familias de protestantes cultivan sus tierras en plena pampa, evitan contactos con el mundo exterior, no usan luz eléctrica, se organizan con una estructura jerárquico-religiosa y tienen sus propias escuelas donde estudian alemán usando la Biblia. Viven de la misma manera desde hace 500 años, se casan entre ellos, fabrican sus ropas, no votan y exportan parte de sus productos. El intento del gobierno por imponerles la educación oficial, desató un conflicto. Muchos se fueron del país. Así viven los menonitas en la Argentina.


Guatraché (enviados especiales).

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Cuando vio a los dos hombres que se acercaban, la mujer amontonó los niños a los manotazos y los arrastró hasta la casa. Parecía aterrorizada. No le dio tiempo al de la cámara fotográfica para que hiciera foco, ni al otro para que articulara una pregunta. Fue un tornado de vestido oscuro y pañuelo negro en la cabeza, que se encargó de despoblar el patio de la escuela en un instante; una visión fugaz de Laura Ingalls.­

Entendieron entonces que no hubo exageraciones cuando les hablaron de la parquedad de las mujeres menonitas.­

Por la misma puerta que habían entrado, apareció un joven que se presentó como Isaac. Era el maestro de la escuela, rubio y pecoso, con cara de Brad Pitt. No tendría más de veinticinco años, pero la combinación de una jardinera azul marina, una camisa muy sobria, campera y gorrita marrón, lograban que pareciera mayor. Usando un dificultoso español sincopado por el acento alemán, orientó a los intrusos:­

- Para ir a la casa de Peter Blatz, anden derecho hasta la última casa de la calle.­

- ¿Podemos sacarle una foto a la escuela?, arriesgaron los periodistas.­

- A la escuela sí. Para sacarle fotos a los niños los tiene que autorizar Peter. Blatz es el encargado de la colonia.­

La autoridad no se traduce en privilegios ni ostentaciones: Blatz vive en una casa con techo de dos aguas, con un establo y un galpón. Es muy parecida a cualquiera de las otras casas de la colonia de los menonitas en La Pampa.­

Engrasado hasta los codos, vestido con una jardinera azul marino idéntica a la del maestro, una camisa celeste, campera y gorra, el viejo Blatz está tratando de armar el motor de su tractor. Mientras forcejea con una válvula, hace las advertencias de rutina para periodistas:­

- Somos gente amable, cualquier cosa que quieran saber se la van a contestar los colonos. Pero están prohibidas las fotos a las personas y los grabadores.­

- ¿Fotos a nadie?­

- A la mayoría le molesta. Para sacarle fotos a las casas, pidan permiso a los dueños. Digan a todos que los he autorizado.­

- Una pregunta: ¿Se van a ir de la Argentina si el gobierno de La Pampa los obliga a mandar los niños a las escuelas oficiales?­

- Sobre ese tema no hablamos. Estamos conversando con el gobierno. Para que no haya confusiones, vamos a emitir comunicados cuando haya resoluciones.­

Se terminó la charla. Blatz vuelve al motor de su tractor, que tiene ruedas de acero forjado con puntas, para evitar que los jóvenes de la colonia se vayan a Guatraché, que está a 25 kilómetros.­

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La máquina del tiempo­

Con el permiso del encargado, los cronistas de LOS ANDES ya no tienen obstáculos para husmear en la vida de la secta religiosa que vive como si todavía no se hubiese producido la revolución francesa.­

La de La Pampa, reproduce la estructura de otras colonias menonitas del mundo: una calle principal ancha, de tierra por supuesto y casas con techo a dos aguas a los costados. Los hombres vestidos con overol -que adoptaron cuando llegaron a Estados Unidos hace un siglo- y las mujeres cubiertas de pies a cabeza, con vestidos oscuros, camisas claras, medias tres cuarto, pañuelos en la cabeza y sombreros. El paisaje hace pensar que se está ante una comunidad de campesinos europeos de hace 200 años.­

Son seguidores de Menno Simons, un sacerdote católico holandés que en el siglo XVI, en plena reforma luterana, puso en duda que en misa el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo. Simons hizo una relectura del Nuevo Testamento, influido por los libros de los reformistas y adhirió a la idea de que es necesario un rebautismo.­

Se lanzó a predicar en Holanda y parte de Alemania un cristianismo de fe y obras, proponiendo abandonar el uso de la fuerza y separarse por completo de la sociedad y sus pecados. Ese día se detuvo el tiempo para los menonitas, que se recluyeron en sus tradiciones. Hasta hace poco, plantaban como en el siglo XVII.­

Menno y sus seguidores comenzaron a ser perseguidos. En 1780, miles de familias menonitas consiguieron refugio en Rusia, protegidos por la política inmigratoria de Catalina II. Durante 100 años, con transporte y comida gratis, préstamos para radicarse y respeto total a sus prácticas religiosas, pudieron vivir alejados del progreso y las ideas modernistas que estaban revolucionando al mundo. Pero el día en que el zar los obligó a hacer el servicio militar, en contradicción con sus convicciones, comenzaron un nuevo éxodo. Cruzaron hasta Canadá y se dispersaron por Estados Unidos.­

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Latinoamericanos­

En 1920, cinco mil familias de menonitas se instalaron en México. Los tentaron las tierras baratas que les ofreció el gobierno de Álvaro Obregón. Al mismo tiempo, se los exceptuó del servicio militar obligatorio, de la jura a la bandera, se les respetó su sistema educativo, sus principios religiosos, idioma y régimen económico. Les garantizaba el apego a su Biblia, a la preservación de la condición menonita de la mujer, su arraigo a la tierra y el temor a Dios.­

La devastación del agro por los distintos gobiernos, dividió a los menonitas. Los m s ortodoxos iniciaron nuevos éxodos en la d‚cada del '60 hacia Belice, Honduras Británicas, Paraguay y Bolivia.­

En 1986, consiguieron nuevas tierras en la pampa húmeda argentina. Compraron 10 mil hectáreas desoladas y comenzaron a poblarlas familias que llegaban desde las colonias de toda América.­

Quinientos años de asepsia cultural, de evitar contactos con el mundo exterior, les permitió seguir hablando en plattdeutsch (bajo alemán), una lengua extinguida hace mucho tiempo. En Guatraché, 180 kilómetros al sur de Santa Rosa, como en las comunidades menonitas de todo el mundo, aprenden a leer y escribir con la Biblia en alemán, no usan la electricidad, fabrican sus propias prendas, evitan los autos para limitar el contacto con los pueblos, como una forma de conservar la forma de vida.­

En cambio, la necesidad de subsistencia, los llevó a optimizar los m‚todos de cultivo. Aran con tractor, tienen cegadoras y enfardadoras. Fumigan los cultivos y exportan parte de su producción.­

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Hoy como ayer­

En un carro negro con ruedas de goma y tirado por caballos, pasea una mujer con una niña de tres años. Madre e hija. La mujer lleva un pañuelo negro en la cabeza que advierte que es casada. El pañuelo de la niña es blanco y el vestido, de fondo negro, tiene vivos de colores intensos.­

- Señora, ¿dónde está la fábrica de queso?­

- Perdón, no entender.­

Segundo intento infructuoso de hablar con una menonita. No conoce el castellano, evita el contacto con los visitantes y no tiene voz en las decisiones comunitarias. El carro se aleja, la niña mira hacia atrás y saluda para la foto. Todavía no conoce las reglas.­

Los periodistas quieren comprar una horma del queso que fabrican artesanalmente, a partir de la leche que ordeñan. En Santa Rosa todos les hablaron de los quesos y los muebles que fabrican en la colonia: "son muy buenos carpinteros y los muebles no son caros. Yo me hice hacer el juego de dormitorio en roble. Me los recomendó una amiga que les compra quesos por mayor y los reparte en la mayoría de los negocios de Santa Rosa...", les había dicho la recepcionista del diario La Arena.­

Cuando el auto de los cronistas se estaciona frente a otra casa, se repite la escena de la escuela. No alcanzan a ver la mujer que guarda sus hijos, pero encuentran en el sendero hacia la puerta de entrada, un desparramo de juguetes hechos de madera. Aparece un hombre de unos sesenta años, que saluda en alemán. Es ciego y muy simpático.­

- Tengo diabetes y me estoy quedando ciego. A ustedes no los veo.­

- ¿Cómo lo curan?­

- Me pongo dos inyecciones de insulina por día. Pero igual me estoy quedando ciego.­

En realidad, no ve nada. Pero cuando el fotógrafo le apunta con la cámara, interrumpe el relato de su viaje desde México hasta Guatraché, para advertir: "A mí fotos no. La religión no lo permite". Se llama Juan Leiven.­

El viejo, guarda en su memoria un mapa de los caminos y casas que hay en las 10 mil hectáreas de la colonia. La escuela está dos casas más allá y la fábrica de queso al final de la calle.­

Quizá Juan no sea menonita "pura sangre": es morocho y tiene rasgos aindiados. En cambio, todos los colonos que pasean por las calles son altos y rubios, pelo corto y piel rojiza.­

Enrique Giesbrecht, el quesero, habla poco. Sí, leemos la Biblia. No, no llegan diarios. No, televisión no. Al pueblo, de vez en cuando. Sí, se almuerza a las 11. Sí, los chicos van a la escuela hasta las 3 de la tarde.­

Explica que la colonia funciona como una cooperativa, pero una parte de las ganancias son para las familias. En el frente de cada casa se puede ver el excedente de leche, que va a parar a la fábrica de queso. Lo mismo sucede con parte de la producción. Aunque tienen distintas clases sociales, a nadie le falta para comer, vestirse o curarse.­

Pero el fruto del esfuerzo individual no se comparte. No es socialismo, sino el germen del capitalismo. El éxito de una cosecha es una recompensa de Dios a la persona.­

- ¿Se van a ir de la Argentina si el gobierno los obliga a mandar los niños a la escuela pública?­

- Son siete pesos, interrumpe el quesero.­

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Rastros del pasado­

Mil kilómetros al sudeste de Mendoza, la pampa se convierte en una trampa para los visitantes. Durante días, se pueden andar y desandar caminos farragosos que comienzan donde terminan, viajar en línea recta y cruzar una vez tras otra con el mismo pueblo. En esas tierras arrebatadas hace poco a los indios, las rectas del horizonte son las paredes del laberinto. En ese espacio, 200 familias de menonitas encontraron su lugar en el mundo.­

Cuando terminaron de poner de pie la colonia, un tornado barrió con todo. Vinieron las sequías primero, y las lluvias torrenciales después. A pesar de las adversidades, en los 12 años transcurridos desde que llegaron han enriquecido la región. De Guatraché son los fletes que usan los menonitas para transportar sus productos, en Guatraché compran los condimentos, el azúcar, el café y la harina que usan.­

Al pueblo van a pasear los miércoles, algunos compran cigarros y otros se emborrachan con moderación (el alcoholismo es un problema serio entre los menonitas). Siempre conservan la distancia, no son conflictivos y sus visitas al pueblo son sólo turísticas. "Los ves caminar por las calles y te das cuenta que les disgusta la ciudad. Los tipos son felices en el campo, así se criaron y no se les va m s de la cabeza", ensaya Claudia Deroné que trabaja en la municipalidad como guía de los visitantes a la colonia.­

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La identidad­

Tardó, pero la modernidad llegó hasta Guatraché y cambió la vida de los colonos. Un día, el ministerio de Cultura y Educación de La Pampa se dio cuenta que los niños menonitas no cumplían con la educación obligatoria. Puso el 31 de diciembre del '97 como fecha límite para incorporarlos a la enseñanza oficial. Así comenzó la tormenta.­

- ¿Se van a ir de la Argentina si el gobierno los obliga a mandar los niños a la escuela pública?­

- Todavía no. Hay que ver que‚ pasa. Pero la religión no nos permite aprender otro idioma.­

- ¿Hay familias que se han ido?­

- Sí. Remataron sus tierras, vendieron todo lo que tenían y se fueron.­

- ¿Cuántos?­

- Como diez familias­

- ¿A dónde fueron?­

- Volvieron a Bolivia.­

El chico sabe que si el gobierno insiste en contrariar las normas de vida de la comunidad, sus padres se lo llevar n de la Argentina. Tiene 12 años, ya salió de clases y está ayudando a su padre a atender la despensa, improvisada en el casco de una estancia. Mientras posa para las fotos, remata: "mis padres no nos han dicho nada, pero si quieren que vayamos a esa escuela, nos van a llevar a otro país".­

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Trabajar para vivir­

La colonia está dividida en campos de m s o menos mil hectáreas. Cada campo tiene 20 casas y un jefe. Joseph Martins -José Martínez le decían en México-, es el jefe de uno de los 9 campos. A diferencia de otros colonos, es locuaz, sincero y muy bien informado. Está realmente preocupado por las lluvias en el litoral. Confiesa que estuvo recorriendo tierras en Corrientes que hoy están bajo el agua.­

- Cayeron 500 milímetros en tres días, comenta.­

- Cayeron en un solo día, le corrige el cronista.­

- Fue en tres días, lo acabo de ver en la televisión del pueblo... ¿De dónde son?­

- Mendoza.­

- Yo pasé por Mendoza. Es buena tierra.­

- En algunos lugares sí. Puede comprar las mejores tierras para uvas finas, a unos 30 mil dólares la hectárea. Con suerte, en 4 años recupera la plata. ¿Se quiere ir de aquí?­

- Por lo de las escuelas. El problema no es que aprendan español, sino que nos quitan mano de obra. Si los chicos se van, producimos menos y no nos alcanza para vivir. Tengo 6 hectáreas, pero aquí no rinden como en Mendoza.­

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Volver al futuro­

Un día después de la charla, los menonitas llegaron a un acuerdo con el gobierno. El castellano lo aprender n los chicos dentro de la misma familia. De esta manera, el gobierno no usar  las escuelas -que también funcionan como iglesias- para impartir la enseñanza. Los funcionarios creen que la incorporación a la educación oficial no ser  traumática.­

Sin embargo, convencidos de que los cambios terminar n alejando a los jóvenes del campo, la mayoría de los menonitas desconfía del gobierno. "Todo lo que me enseñó mi padre, se lo puedo enseñar yo a mis hijos", sintetiza Martins.­

Pero la pobreza no es asumida como un padecer. El Sermón del Monte, donde Jesús transmitió las bienaventuranzas a los pobres, a los que tienen sed de justicia y a los hacedores de paz, tiene un papel central en la fe menonita reafirmando su compromiso social en el mundo. En Guatraché lo experimentan viviendo en comunidad, sin lujos, sin alhajas, con fidelidad a las enseñanzas bíblicas.­

- ¿Por qué vivir aislados?­

- Es nuestra elección de vida. Dicen que somos analfabetos, pero yo quiero verlo a usted trabajando en la granja. Estoy seguro que no dura un día. Nosotros aprendemos a trabajar la tierra, a cuidar los animales, vivimos humildemente, sin riquezas, siguiendo el ejemplo de Jesús.­

- ¿Votan?­

- Votamos nuestras autoridades.­

- ¿Y en las elecciones del país?­

- No. Aceptamos el que elige la gente. Aunque los últimos gobiernos han hecho que los campos no valgan nada, que nuestra producción no valga... Para salir de la colonia sigan derecho hasta la fábrica de silos y a la izquierda está la calle a la ruta.­

Saliendo de la colonia, se ve a los colonos trabajando las tierras en plena siesta (almuerzan a las 11 de la mañana). Las mujeres, con los m s chicos y las adolescentes, están dentro de las casas, donde aprenden las ocupaciones domésticas.­

En la estación de servicio de Guatraché, la cargadora de nafta se divierte de los cronistas: "Veo que les vendieron el queso feo. Tienen uno muy rico, pero hay que saber pedirlo".­

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¿En qué creen?­

Hace 5 siglos, Menno Simons criticaba a los católicos por lo poco que frecuentaban las escrituras sagradas. Hoy, sus seguidores se esfuerzan por conocerlas en profundidad. La Biblia es central en la vida de los menonitas: la leen para estudiar, en los oficios religiosos y en los momentos de descansos. Después de un día entero de trabajo, cuando cae la noche, las familias se reúnen en torno a los faroles y leen el versículo del día.­

Los menonitas creen que la salvación se consigue a través de la fe en Jesucristo. A diferencia de otros protestantes, evitan el choque con sus enemigos: "si te pegan en una mejilla, dales la otra", decía Jesús.­

Bautizan a los adultos, derramando agua en la cabeza del creyente.­

Para ir a misa los domingos -único día de descanso- a una de las dos iglesias de la colonia de Guatraché, se ponen una muda de ropa especial. Los hombres usan un traje negro, parecido al frac. Tienen un obispo y cinco pastores, elegidos por los hombres de la comunidad -los que tienen tierras- cada dos años. Como en el medioevo, la autoridad religiosa es la autoridad civil. Las mujeres no votan. En misa cantan himnos tradicionales publicados por la Mennonite Publishing House, de Estados Unidos. Enseguida llegan las lecturas bíblicas y la prédica de los ministros.­

Tenían un "médico" de la comunidad, con conocimientos tradicionales, que los derivaba al centro de salud del pueblo cuando el caso era grave. Con la muerte de un bebé, dejó de ejercer y ahora visita la colonia un grupo de médicos enviados por el gobierno pampeano.­


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La otra política­

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- ¿Por qué lo reeligen?­

- Si lleva nueve años gobernándonos, debe ser porque es muy bueno.­

Quien responde no es un allegado del presidente Menem, sino Joseph, uno de los colonos menonitas de Guatraché. Las coincidencias hacen necesaria la aclaración: quién ha sido reelecto varias veces por su buena gestión como encargado y obispo de la colonia es Peter Blatz.­

Como diciendo una obviedad, Joseph agrega: "Lo votamos porque ha ayudado a que la colonia crezca". Deja así al descubierto una visión de la política muy diferente a la que manejamos diariamente. Asocia la permanencia en el poder con una vocación de servicio y la capacidad para conseguir el bienestar común. En su imaginario no hay lugar para el apetito de poder o el enriquecimiento.­

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Costumbres­

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Conservan el tipo racial de los primeros menonitas porque se casan entre ellos. No es racismo sino conservación de las costumbres.­

Después de conocerse y un noviazgo, el hombre debe pedir la mano al padre de la novia, mientras la mujer le comentan a los padres del novio sus deseos de casarse. El ritual se cumple en una reunión, donde hay familiares invitados.­

Luego, los padres de la novia dan una fiesta. Comienza entonces un período de 8 días para que los novios visiten toda la familia y conozcan gustos y costumbres. Al octavo día confirma o no si desean seguir adelante. Cuando la respuesta es positiva, se presentan en la iglesia y juran ante Dios. El matrimonio queda sellado para siempre. No existe el divorcio, que lo interpretan como una decepción a Dios.­