lunes, 8 de octubre de 2001

El negocio de la guerra

Publicada en Diario Los Andes, 8 de octubre del 2001.

Por Martín Appiolaza

Esta nueva guerra ya tiene vencedores y vencidos. Cuando la irracionalidad preparada para la muerte asume el poder, los derrotados son los más elementales derechos humanos: hay vidas e ideas sepultadas bajo montañas de escombros, diatribas bélicas y censuras. Los vencedores son los profetas del autoritarismo, los que piensan en el exterminio como solución, y sus socios: los fabricantes de armas.

Alcanza con repasar las noticias. Las empresas de armas en Estados Unidos duplicaron su precio y su producción. La gente, en pánico, corrió a comprar armas, dispuesta a dispararle a cualquier turbante sospechoso. El presidente Bush consiguió 40 mil millones para imponer “Justicia infinita” y otros mil para comprar aviones de guerra.

Los fabricantes de armas no se equivocan al apostar. Para las elecciones presidenciales del año pasado les dieron 10,7 millones de dólares a los candidatos. Según la Federal Election Commission, el 63% fue para Bush, que ya imaginaba construir un escudo antimisiles. Las empresas de armas que más colaboraron fueron la Lockheed Martin (1,87 millones) y General Dynamics (1 millón). En los últimos 10 años, estos fabricantes les han dado a los partidos políticos norteamericanos 59,3 millones de dólares.

En julio, durante la Conferencia de Naciones Unidas para el Control del Tráfico Ilícito de Armas en Todos sus Aspectos, Estados Unidos incorporó a su delegación oficial a los miembros del lobby de las armas. Y no los defraudó. A cuarenta cuadras de las Torres Gemelas, dos meses antes de los atentados, los países árabes y Estados Unidos resistieron codo a codo las iniciativas europeas y de las organizaciones de la sociedad civil para controlar la venta de armas. Defendieron el derecho de los fabricantes a venderles armas a movimientos subversivos, a los países acusados de violaciones de los derechos humanos y a cualquier vecino que quiera tener en su dormitorio un rifle de asalto.

No les sirvió de nada que organizaciones de todo el mundo nucleadas en la International Action Network on Small Arms (Iansa) explicaran los efectos arrasadores de revólveres, pistolas, rifles, ametralladoras o escopetas. Tampoco que a América Latina la proliferación y uso de armas le quita el 14% de las riquezas que produce en un año (Banco Interamericano de Desarrollo), generando un ciclo de empobrecimiento y violencia que se agrava a punta de pistola. Ni los 495 dólares anuales que a cada norteamericano le cuestan los heridos y muertos con armas de fuego. Cosas de la globalización: los negocios no tienen nacionalidad.

Según un cálculo de Naciones Unidas, en los últimos 3 años el régimen fundamentalista de Afganistán, acusado de numerosas violaciones a los derechos humanos, gastó 200 millones de dólares en armas. En las últimas dos décadas acumuló 20 millones de armas (casi un arma por habitante). Osama bin Laden, el principal acusado de los atentados, era un intermediario que canalizaba estas armas destinadas a la guerrilla que combatía a los invasores rusos.

Desde Amnesty International han denunciado que entre 1979 y 1992, Estados Unidos y la ex Unión Soviética inyectaron armas a Afganistán usando muchas veces a sus aliados. Dice Amnesty que en 1991, los servicios secretos norteamericanos habían suministrado a Afganistán 400 mil rifles rusos AK-47, el rifle de asalto más vendido en el mundo. Y en 1993, los servicios secretos de Paquistán distribuyeron tres millones de estos rifles, armas pequeñas y minas antipersonales a las facciones afganas. Es macabro pensar cuál será el primer y anónimo soldado norteamericano asesinado con un arma vendida por su país.

Una nueva guerra entonces es buen pretexto para seguir produciendo armas. En la última década se duplicó la producción en el mundo. El año pasado vendieron a 1.400 millones de dólares las 4,3 millones de armas que fabricaron. Y se sumaron a los 550 millones que ya hay en el mundo, la mitad en manos de civiles. Sólo para Estados Unidos (el mayor productor), significó un negocio anual de 1.200 millones de dólares. Estas armas asesinan todos los días 1.300 personas en todo el mundo en guerras, peleas domésticas, robos o disparos accidentales o suicidios (Small Arms Survey, 2001).

¿Quién sale ganando con esta guerra?

Por lo menos está claro que la generalización de la violencia es una derrota para la razón, que lleva cuatro siglos intentando construir un mundo que no aplaste los derechos de los más débiles.