martes, 27 de junio de 2006

Contra los señores de la guerra

Por Martín Appiolaza, Representante en América Latina y el Caribe del Foro Parlamentario sobre Armas Pequeñas y Ligeras.

En los cines están pasando “El señor de la guerra”, con Nicolas Cage. La película es buena, lo malo es que algunos todavía piensan que se trata de pura ficción. ¿Cómo explicarle a los dos grandotes que se quejaban en el baño del cine porque era “muy fantasiosa”, que las cosas son peor de lo que parecen? ¿Cómo interrumpirlos en sus inspirados menesteres para contarles que también olía a podrido en otro baño público, en una favela de Rio, donde vi a unos muchachos vendedores de drogas con sus fusiles M16 colgados en la espalda? ¿Creerán si les cuento que sentí el mismo olor al tropezar en un pasillo de Naciones Unidas con los voceros de la fábrica de esos mismos fusiles M16, explicando que las armas no son un problema? A veces la realidad es peor que cualquier fantasía.

Y si no me creen, pregúntenle a Andrew Niccol, el director de “El señor de la guerra”. El fue el más sorprendido al filmar la película. Lo contó en enero en Nueva York, en una presentación privada de su película pensada para advertir a los diplomáticos sobre lo que está pasando con las armas. El film cuenta la historia del mayor traficante de armas del mundo. El traficante colaboró con el rodaje ofreciendo su armamento en lugar de utilería. Para una escena se necesitaban 20 tanques de guerra en fila. Pero en el momento de filmar había más de 40. ¿Qué pasó? Bueno, el empresario explicó que estaba en juego su prestigio y que aprovechaba para mostrar todo su stock ya que la película la podían ver posibles compradores. ¿Qué podía oler más a podrido que la propia realidad?

Ese traficante con domicilio en Estados Unidos, ha provisto armas a casi todos los conflictos de los últimos años. La lógica explicada en la película es tan real como tenebrosa: “en el mundo una de cada 12 personas tiene un arma de fuego; la gran pregunta es: ¿cómo hacer para armar a las otras 11?”. El mercado pone las reglas y al vendedor no le preocupa que se hace con las armas, como también queda explicado en “Tribunal en fuga”, otra película que están pasando en estos días por cable a propósito de un juicio que le hacen las víctimas de las armas a un fabricante. “A mi no me interesa qué hacen con las armas”, se defiende el empresario.

El cliente siempre tiene la razon

Así funciona la lógica de los señores de la guerra, porque así funciona el mercado de las armas. Lo curioso es que para la venta o transporte de otras cosas, como por ejemplo de fósiles, existen desde hace años tratados internacionales para el control. Pero para las armas no hay control. La presión para que el negocio siga floreciente es mucha. Y los intereses son millonarios. Y si no, ¿cómo explicar que se hayan puesto del mismo lado los países fabricantes de armas y los vendedores? ¿Cómo explicar que Estados Unidos, China, Afganistán y Cuba, entre otros, se oponían en el 2001 a toda forma de control sobre el comercio de armas? ¿O cómo explicar que los fabricantes de armas europeos, especialmente ingleses, estén a favor de un tratado que regule las ventas de armas? ¿Será porque los códigos de venta europeos son más humanitarios que los norteamericanos y entonces están en inferioridad de condiciones para competir en la venta a países que tienen crisis humanitarias, o conflictos internos, o niveles altísimos de violencia? ¿Tendrá algo que ver que Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia y China están en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y son los exportadores del 88% de las armas del mundo, lo que redituó en ganancias durante el 2002 por unos 16 mil millones de dólares? Umm, la cosa no huele bien.

El grupo de presión más fuerte a favor de las armas tiene sus fábricas que lo apoyan económicamente, tiene sus parlamentarios miembros, tiene su propia tarjeta de crédito, tiene corresponsales en todo el mundo, tiene sus investigadores a sueldo que demuestran lo buenas que son las armas para la salud, tiene sus enemigos y, especialmente, tienen una gran gran cuenta bancaria. Se trata del National Rifle Association, el NRA, presidido hasta hace poco por Charlon Heston (posiblemente renunciado cuando hizo un excelente espectáculo gaga ante las cámaras de Michael Moore en “Bowling for Colombine”, aquel documental sobre una masacre de niños con armas en una escuela del medio Oeste norteamericano).

Este lobby trabajó mucho para que no se prohibiera la venta de armas en Brasil y también está muy entusiasmado para frenar un tratado internacional que controle el comercio de armas. De hecho, eligieron nuevo enemigo: dejaron en el recuerdo a Bill Clinton y ahora han apuntado a Rebecca Peters (directora de la red internacional de organizaciones que trabajan contra la violencia armada) y a Koffi Annan (Secretario General de las Naciones Unidas). Según dicen los promotores del NRA, Peters y Annan son comunistas que los quieren desarmar para dejarlos indefensos del terrorismo.

No hay seguridad con armas

Para el Departamento de Estado, que suele tener como asesores a los señores del NRA, también son amenazas terroristas las pandillas centroamericanas llamadas maras, y por eso alientan la intervención de los ejércitos y las leyes de mano dura. Este es el peor cóctel para la seguridad, como lo vemos tristemente en las noticias de Honduras o de El Salvador. La seguridad se consigue con menos armas y no con más armas y más violencia. En América Latina tenemos un problema grave de seguridad ciudadana y una buena gestión de todos los componentes del sistema de seguridad (incluyendo el control de armas), es el camino para empezar a solucionarlo. Armar a la gente para solucionar la seguridad, también huele a podrido.

Por eso, una gran pelea contra los señores de la guerra, los negociantes de las armas, se dará en estos días. El escenario será Naciones Unidas, donde se intentará (aparentemente sin mucho éxito), lograr más controles sobre la industria y comercio de armas, así como más atención sobre las víctimas. También un grupo de nóbeles de la Paz está tratando de conseguir un tratado internacional de comercio de armas, para ponerle el cascabel al gato y empezar a controlar el negocio de la muerte. Hay parlamentarios en todo el mundo que están trabajando por leyes y haciendo presión política para lograr estos cambios. Los acompañan organizaciones de la sociedad civil. Y es una coincidencia de la mayor parte de los países del mundo en que la cosa debe ser controlada (contra la resistencia de unos pocos productores y vendedores de armas). ¿Cómo explicar que la cosa huele mal y que como en el final de la película “El señor de la guerra”, quizá el negocio siga garantizado para los traficantes? Veremos quien gana.