lunes, 16 de abril de 2007

Por los laberintos del tráfico en Rio de Janeiro

Publicada en Diario Los Andes el 15 de abril de 2007
Por Martín Appiolaza
El Gol deja la autopista y sigue por una calle bacheada y angosta. A los costados, las paredes de las casas de la favela marcan un sendero de ida. Deben tener varios pisos de alto, pero las lámparas de la calle sólo iluminan hasta las ventanas. Por todos lados hay pasillos irregulares e interminables, donde sólo dos personas pueden caminar hombro contra hombro. Hay unos niños flacuchentos jugando a la pelota en cuero y a unos viejos que los vigilan, sentados con sus cervezas, aprovechando el aire fresco de la noche debajo de una maraña de cables y colgaderas de ropa. Pero lo que asusta es lo que está y no se ve. Nos están vigilando, invisibles en los pisos altos, apuntando con fusiles AK 47 o M16 fugados de los arsenales. Son los “falçao”, los ojos del tráfico, son los que tiraron los petardos para avisar que extraños están entrando en la favela. Los sospechosos somos nosotros.
Ahí donde todo vale las reglas las ponen los traficantes. Dominan las favelas para fraccionar y vender drogas, crean sus ejércitos infantiles para proteger el negocio, legislan e imparten justicia y a veces también dan ayuda social. Son un Estado dentro del Estado, arraigados durante años y consecuencia de la miseria extrema, las ineficientes políticas policiales que combinan represión con corrupción, y las falencias del sistema político que no entiende, que no escucha y que no responde.
La semana pasada, Ignacio Cano –profesor de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro y uno de los máximos expertos sobre gestión policial-, me contaba su reunión con el Secretario de Seguridad de la ciudad y la inminente necesidad de cambios. Involucrar al Ejército para imponer seguridad era considerada una opción, aunque todos saben que es una estupidez pensar que el problema se resuelve midiendo cuál tiene más fuerza. Entender la complejidad de la violencia y sus causas alcanza para adivinar que con Ejército o sin Ejército todo sigue igual. ¿Qué pasa con la policía? En las últimas décadas se ha involucrado cada vez más en los negocios del narcotráfico y los elementos honestos ya no pueden con la institución. El peor pecado ha sido del sistema político que no modernizó las técnicas y procedimientos de los uniformados para evitar que fueran funcionales a los narcos.
Muchas de estas escenas se están empezando a ver en la Argentina y los tiempos para prevenirlo son cortos.
Volvamos a la favela. Al entrar no somos una amenaza. Es obvio que el Gol gris no encabeza ninguna invasión de otra facción de traficantes que quiera dominar la favela, o una redada de la policía en busca de algún cabecilla, dinero o drogas. No. Sólo somos un par de gringos con ojos como platos tratando de ver todo a la vez. Nuestro aspecto es el de clientes buscando drogas o sexo en el Complexo do Alemão: una maraña de callecitas angostas, techos de lata y paredes de bloques irregulares, que se ve a la derecha de la autopista, al viajar desde el aeropuerto de Rio hacia la ciudad.
Es viernes, noche de buenas ventas. Las bocas de “fumo” están a full ofreciendo coca y marihuana, hay clima de fiesta, y los viejos de la cerveza siguen respirando el aire aromado con los vapores de las aguas podridas y basura. Miran, pero parecen no ver, justo delante de ellos, al niño que conversa con un fusil colgado del cuello. El narcotráfico es omnipresente y de tan cotidiano se ha vuelto invisible. “Miseria y muerte son nuestro día a día”, dice una de las letras del cantante de hip hop MV Bill, el que mejor describe la violencia de las favelas donde se crió.
En la primera calle que encontramos, doblamos a la derecha y tropezamos con un mundo de luces, mercaditos, farmacias, fruterías, locutorios con video juegos e Internet. El alboroto de un fin de semana tropical, la música, la fiesta en la gente que va y viene comprando algo, caminando por las veredas y las calles. Y una fila, frente a un tablón montado sobre una esquina, en la calle, comprando esas bolsitas rojas llenas de coca, y las otras también, más oscuritas con marihuana. El niño responsable de atención al público debe tener menos de 12 años, pantalón corto y la camiseta roja, blanca y negra de un club de fútbol que no conozco. Al lado está el encargado de seguridad, que con el mismo porte, cuida el negocio con una de esas ametralladoras de guerra que podrían llenar de agujeros a la parejita de novios que esperan, abrazados, su turno para comprar.
Esta escena se repite, cada noche, en cada una de las muchas bocas de venta en las más de 500 favelas que tiene la ciudad. Aquello que comenzó como pequeñas ventas se ha convertido en un negocio millonario y extremadamente poderoso. Mientras fracasaban los intentos de controlar el tráfico usando la fuerza policial, fue creciendo la profesionalización en la gestión. Evolucionaron a un sistema de gerentes por favela y gerentes por rubro (gerente de cocaína, marihuana, soldados). Todos bajo las órdenes de los dueños que manejan la compra y transporte de las drogas, gestionando casi siempre desde las cárceles un sistema de fondos de inversión donde también colocan su dinero algunas caras famosas del Brasil a cambio de buenas rentas.
La consecuencia de este cóctel de inoperancia, corrupción, inequidad, marginalidad, racismo e incapacidad política de los distintos gobiernos se traduce en inseguridad. Las favelas de Rio de Janeiro son uno de los lugares más violentos del mundo, con frecuentes tiroteos entre grupos de narcos que dejan un promedio de 3000 muertos al año, involucrando niños como soldados del tráfico que no aspiran a vivir más de 20 años y donde para muchas chicas la máxima aspiración es ser una de las mujeres de los gerentes. La nueva estrella son los grupos parapoliciales que ya administran la venta de drogas en unas 25 favelas.
Esa noche en la favela fue pacífica: recorrimos, tomamos unas cervezas e incluso dejamos la computadora dentro del auto con las puertas abiertas, pero nadie se acercó a tocarla. En el baño, sobre el mingitorio, unos pibes se metían en la nariz algo amarillo que insisten en llamar coca. Tres días después, un nene de 8 años que iba camino a la escuela, murió por una bala perdida de un enfrentamiento entre policías y niños involucrados en el narcotráfico, quizá de su misma edad, pero que ya no van a la escuela.