martes, 12 de julio de 2011

Mendoza y los costos de convertirse en una "ciudad grande"

Publicada en Diario El Sol, 12 de julio de 2011



¿Por qué hay que prestarle atención a los conflictos? Mendoza ya es una de las 500 ciudades más grandes del mundo. Los conflictos urbanos, la violencia y el delito se vuelven más complejos. Se necesitan nuevas miradas para entenderlos y abordarlos.

Plantaron a la ciudad de Mendoza junto a un río. En el medio de un desierto. Al principio eran 47 vecinos y 2500 indios encomendados (hoy les diríamos esclavos). Creció pero las diferencias sociales se mantuvieron. Fue pueblo. Fue ciudad. En 1861 había 18 mil personas y un terremoto mató a casi la mitad. Pero siguió creciendo. Cien años después ya eran 330 mil. Siempre el mismo río alimentando a una ciudad rodeada por el desierto. Las diferencias sociales continuaron y los conflictos aumentaron. Ahora somos 1.086.000 personas en el Gran Mendoza. La ciudad tira de sisa y los conflictos siguen creciendo.
Mendoza, la ciudad conurbada, entró al grupo de las grandes ciudades del mundo. Pasó la barrera del millón de habitantes según el censo 2010. Gente que vive en la ciudad, que trabaja, que come, que hace la digestión y el amor, que se reproduce y necesita más casas, más trabajo, más escuelas, más comida y más agua. Muchos abandonan el campo y se van a vivir a la ciudad, tratando de satisfacer esas necesidades. Todos viviendo en un espacio ganado al desierto. Todos juntos.
Cada vez más juntos. Es difícil conocer a los vecinos, adivinar cuales son los riesgos y garantizarnos el bienestar. Miramos con más frecuencia a la televisión que a los ojos. Suponemos que nos pueden pasar esas cosas terribles que son noticias. Las peleas de pueblo chico ahora son los conflictos de una gran ciudad. Fuimos aprendiendo a sobrevivir a la violencia política y a la económica salvándonos solos. Nos quedamos solos. La inseguridad es ahora la principal preocupación.

La ciudad y el miedo
Los mendocinos de otras épocas se ganaron fama de huraños pero serviciales: te miraban de reojo pero cuando te abrían los brazos eran honestos en la entrega. Lo de huraños se volvió temor: al conversar con mendocinos suele asomar el miedo como un tema presente. No se lo puede asociar con una ola de crímenes porque hubo épocas mucho más violentas en las que nadie desesperaba. Lo que es cierto es que la gran ciudad tiene más dificultades para garantizar los derechos de todos. A medida que aumentan las personas, aumentan los conflictos.
Nuestra primera reacción es pedir orden para que no haya conflictos que nos hagan sentir vulnerables. Pero el orden pleno no existe, ni existió nunca. Todos tenemos necesidades, deseos, puntos de vista divergentes. Una sociedad democrática es una sociedad que acepta los conflictos y puede gestionarlos de un modo más o menos igualitario. Una sociedad autoritaria silencia los conflictos de algunos y les da la razón a otros, los que tienen el poder. Los conflictos que no se gestionan pueden derivar en violencia. En las grandes ciudades se concentra la mayor parte de los conflictos violentos en el mundo. Por eso es necesario atenderlos y resolverlos.
¿Cuáles son estos tipos de conflictos urbanos? Tenemos conflictos en todos lados y por casi todo: por el lugar donde vivir, por lo que se tiene y lo que nos quitaron, por los lugares compartidos, por la comida, por el agua, por el trabajo, por el dinero, por la tierra, por el poder. Pero esos conflictos pueden volverse violentos si hay grandes privaciones, grandes desigualdades o si se acepta que a los golpes se pueden encontrar soluciones imponiéndose sobre otros. Es comprensible entonces que estos conflictos aumenten en una ciudad grande.

XL
Mendoza entró club de las grandes ciudades del mundo. Grandes ciudades es sinónimo de grandes problemas. En 1800 sólo había una ciudad con más de 1 millón de personas; en 1900 eran 3 ciudades; ahora son más de 500. Por ejemplo, Mendoza tiene casi la misma población de Dublín (Irlanda), Florianópolis (Brasil), Qinhuangdao (China), Odessa (Ucrania), Port Elizabeth (Sudáfrica). El proceso acelerado de crecimiento de las ciudades es un fenómeno mundial. En 2007 las Naciones Unidas anunciaron que la población urbana había crecido de tal manera que la mitad de los humanos vivía en ciudades. Hace 90 años, la provincia de Mendoza ya tenía la mitad de su población en ciudades.
Si tenemos en cuenta que 7 de cada 10 mendocinos vive en el Gran Mendoza, algunas de estos datos recientes pueden dar una pista de los conflictos urbanos presentes y latentes. Los indicadores sociales han mejorado mucho, pero en la provincia unos 10 mil jóvenes de entre 14 y 24 años no estudian ni trabajan; alrededor de 18 mil niños y niñas de entre 14 y 19 años no estudian; tres de cada 10 estudiantes no terminan su formación escolar; el comercio, restaurantes y hotelerías genera un cuarto de las riquezas de Mendoza y el 17% de los puestos de trabajo mientras que la industria petrolera aporta el 20% de las riquezas pero sólo el 6% de los puestos de trabajo; el 4,9% de las personas en condiciones de trabajar está desempleado y el 7,2% subempleado. En el Gran Mendoza el 25% no tiene cobertura de salud; un tercio de las casas tienen déficits; un 2,5% de las personas vive en villas y se han construido 180 barrios cerrados; la población crece el 1,2% cada año se concentra el 70% de las emanaciones contaminantes y produce cada año 140 kilos de basura por metro de acequia.
Resulta lógico pensar que con tanta gente conviviendo en condiciones desiguales, de privaciones, sin poder alcanzar los niveles de bienestar necesarios, los conflictos de todo tipo se disparen. Según Alberto Bínder esos conflictos pueden ser abordados y resueltos por los propios vecinos, por el Estado a través de leyes y de la Justicia para garantizar derechos, a través de espacios de conciliación política y judicial donde están incluidas las políticas públicas, o mediante la amenaza y la violencia aplicada por el Estado. Esta última es la política de seguridad y la política criminal, que interviene sólo ante algunos conflictos que son considerados como delitos (robos, defraudaciones, violencia contra las personas y contra los bienes). Recién ahí juegan las fuerzas de seguridad, la justicia penal y las prisiones. El desafío para una gran ciudad es tratar de abordar la infinita variedad de conflictos de la manera más eficiente y pacífica para no alentar la violencia social.

Nuevos tiempos, nuevas ideas
Para ser eficientes hay que volver a pensar por qué Mendoza tiene la tasa de litigiosidad más alta de la Argentina (1 cada 5 personas tiene una causa) y una de las tasas de delitos violentos más altas del país. No puede ser sólo un problema de fiscales, jueces y policías, porque hay muchas otras instancias previas para evitar y resolver los conflictos. Pero cuando policializar y judicializar es la alternativa predominante, cae la eficiencia. Y, como el que mucho abarca poco aprieta, el esfuerzo se agota en perseguir aquellos delitos pequeños y fáciles de alcanzar. Esto favorece a los delitos más sofisticados. Aumentar las prohibiciones y las penas es más de lo mismo: no habrá juzgados y comisarías que den abasto.
Esta idea de imponer orden concentrándose en perseguir a los “desviados”, los “antisociales” y las “clases peligrosas” con leyes y policías podía pensarse en la ciudad aristócrata conservadora de Mendoza de 150 mil personas de hace un siglo. Ya no son eficientes tantas leyes, códigos, cachiporras y amonestaciones. Sirvieron en una Mendoza que ya no es. Ahora es otra. Es una ciudad grande y global.
En el Gran Mendoza hay barrios donde la calidad de vida es de noruegos y hay barrios con indicadores sociales del África subsahariana. Los separan unas pocas cuadras. Hay mercados ilegales, crimen organizado, multinacionales y trabajo esclavo. Todos juntos. Grades contrastes alientan grandes conflictos. Pero tenemos una foto vieja, ideas centenarias, dirigentes encandilados y entumecidos.
Ahora la cosa se complicó y hay que usar mejor las herramientas públicas para garantizar la convivencia. Es necesario concentrarse en los conflictos y delitos predominantes que tienen regularidades (se parecen, se repiten, similares en el funcionamiento). No tendrá el mismo impacto en la seguridad aplicar los esfuerzos judiciales y policiales en atrapar una a una a cada “mechera” (señoras de las villas que venden drogas como minorista para complementar sus ingresos) que agarrar al financista que organiza el tráfico y lava el dinero ilícito.
Las regularidades de los delitos y de los conflictos violentos permiten hacer un abordaje más efectivo. Entender por qué las barras bravas se enfrentan, cómo funciona el mercado ilícito de drogas, armas, repuestos de autos, metales, comprender por qué se forman las bandas juveniles violentas, o la génesis de los productos de marca falsificada ayudan a tener más impacto en reducir los conflictos violentos, los delitos y hacer una gran ciudad un lugar seguro para vivir. Desenmascarar los mecanismos culturales de la segregación económica, social y cultural es necesario para revertirlos y evitar el aumento de la violencia.