martes, 26 de julio de 2011

Mi abuelo era del Tomba y recién ahora lo entiendo


Por Martín Appiolaza. Había una vez un niño que creía que lo importante sólo pasa en Buenos Aires. Como en el fútbol, donde los equipos grandes son porteños. O los artistas de la televisión. Pero descubrió que no es así.

fotografia

Yo tenía unos 8 años. Le pregunté a mi abuelo: “¿de qué equipo sos Aníbal?”. Me dijo que de Godoy Cruz. La respuesta venía con yapa: historias del equipo, del barrio, del bisabuelo, de la bodega Tomba. “Pero de los equipos importantes, de los de Buenos Aires”, le insistí. Me dio una respuesta para tranquilizarme. Desde entonces tuve un equipo “importante, de Buenos Aires”. Ya tenía lo que buscaba, lo que buscamos todos más o menos a esa edad: una identidad.
Pero cuando buscamos una identidad, tratamos de estar del lado de los que respetamos. De los que queremos. Al menos, de los que son exitosos, importantes. Así pensaba de niño y así armé mi tibia identidad futbolera. Me sirvió un tiempo. Tuve un par de camisetas. Y ese equipo con el que me identificaba ganó algunos campeonatos. Pude gastar a los amigos y sentirme del lado de los triunfadores. No es poco para un niño en un país que corre detrás de una pelota (perdón Borges).

Identidades
Hasta ahí la historia. Pero quiero volver sobre un detalle: yo estaba convencido de que los equipos de verdad eran de Buenos Aires. Tampoco era un niño tan tonto. Había que ver un poco de televisión o hablar con otros amiguitos para darse cuenta que los equipos famosos eran los de allá. Allá lejos, pensaba a veces, deben nacer mejores para la pelota que los de aquí. Será la altura. O el clima. Quizá el acento soplado.
Había algo claro: lo importante en el futbol y en la vida pasa lejos, es transmitido por televisión y hecho por gente que vive en la ciudad más rica del país y alrededores. Con los años volví muchas veces a pensar en la charla con mi abuelo. También en la idea de que lo importante pasa afuera y no somos protagonistas. Somos actores de reparto en el melodrama argentino. Me lo explicaron artistas: la historia les reserva un lugar de subalternos. Escuché a políticos lamentarse: para construir poder hay que tener domicilio cerca del puerto, donde siempre se concentró la riqueza. Lo viví cuando fui periodista o funcionario: el verdadero éxito era colocar un tema en la agenda nacional (es decir en los medios con sede en la Capital).
Es un aprendizaje doloroso: nacimos en el lugar equivocado. Hagamos lo que hagamos, estamos condenados al rincón oscuro del escenario. El éxito futbolístico para nosotros es la B y los actos heroicos en la historia nos quedan grandes. Mejor seguir siendo montañeses, parcos y prudentes anónimos. Entonces, mi hijo empezó a construir su propia identidad. Ni River ni Boca. Me obligó a llevarlo a la cancha para ver al Tomba. Mientras veía a esos 11 tipos persistentemente imprecisos a punto de ascender al fútbol “importante”, entendí la historia de otra manera.
Ya no podía repetirle la pregunta a mi abuelo. ¿Cómo era lo de la bodega y lo de tu papá que hacía toneles? ¿Todo eso pasaba aquí cerca, en Godoy Cruz? ¿En qué calles? ¿Qué tiene que ver con el Renato Della Santa ese? ¿Cómo se llamaba el cura franquista? ¿Y lo de las películas filmadas en Mendoza? Quizá en su memoria esas historias se conjugaban en una identidad futbolera. Recién ahí reparé que a la vuelta de mi casa había una pintada que decía: “zona tombina”. Unas cuadras más allá también. En casi todos los barrios lo mismo. Los pibes de la villa donde trabajaba idolatraban al Tomba. Cada triunfo era su propio triunfo. La simbología del equipo tenía un valor no cuantificable.
¿De esto me hablabas Aníbal?

Tensión centro-periferia
Terminó el campeonato del fútbol importante y cuatro equipos de Buenos Aires bajaron de categoría. Uno de los caídos es aquel que acompañé en la infancia. Todos hablan de eso. Gran catástrofe nacional. Duelo de masas. Despliegue de iras y rencor. Catarata de observaciones banales y prejuiciosas: es un grande que deberá ir a los pueblos del interior a jugar. Ir bien preparado porque los nativos son…diferentes. Y otra vez regurgito la sensación de que hemos aceptado que hay argentinos de la A y de la B. Los medios de comunicación lo reiteran irreflexivamente. Civilización y barbarie for ever. Resabios sarmientinos convertidos en sentido común.
Hasta hace unos años el fútbol se había vuelto sólo un negocio. Parecía Titanes en el Ring donde siempre ganan los más populares. Si no jugaban los equipos “consagrados” convertidos en empresas, el negocio no funcionaba. Entonces los grandes, los importantes de Buenos Aires, no podían descender. Pero descendieron. Y subieron 4 equipos chicos, del interior, esos que son…diferentes. Esto que el fútbol no sea sólo un negocio nos iguala.
Ahora, habrá muchos más chicos que sabrán que ellos también pueden hacer historia desde su lugar. Que el equipo de su barrio o su pueblo es de los importantes, sin importar lo lejos que estén del puerto. Quizá algunos entiendan que no están condenados a ir en el último vagón. Quizá alguno se anime a pensar una Argentina más igualitaria y democrática. Para todos.
¿De esto me hablabas Aníbal?