miércoles, 10 de agosto de 2011

Mendoza, la ciudad violenta que necesita cambiar

Por Martín Appiolaza. Hubo una Mendoza manejada por unas pocas familias para su provecho. Los conflictos por la seguridad eran: controlar a los “otros” con violencia. Quizá las cosas no cambiaron mucho, pero la violencia amenaza con aumentar.



Donde hay dos personas hay conflictos. Si no los hay, ya van aparecer. Será por el agua, la tierra, el dinero, el poder. Con dos personas alcanza. Con 150 mil viviendo juntas la cosa se complica. Si hay un millón como el Gran Mendoza y ninguna posibilidad de que todos tengan lo que quieren, la situación se vuelve crítica. El problema no son los conflictos, el problema es que permitamos que de los conflictos se vuelvan violentos. O que utilicemos una y otra vez la violencia para aplastarlos beneficiando a una parte. Esta ciudad nació de los conflictos. Siempre los hubo y respondimos alentando la violencia con leyes y políticas que empeoraban las cosas. Por eso, para hablar de inseguridad tenemos que hacernos cargo de nuestra historia.

Raro sería que no hubiera conflictos. Nada más humano que reclamar y defender algo que queremos, deseamos, creemos. Era previsible que los indios encomendados (esclavizados) por los pioneros españoles se fueran a hartar de los malos tratos en la Mendoza del XVII. Que las tierras de las que corrieron a los indios se concentraran en unas pocas manos y que la suma del poder en manos de las 35 familias que manejaban la ciudad a fines del siglo XIX iba a generar el hartazgo de otros vecinos prominentes. Que las extremas desigualdades construidas a partir de la violencia iban a producir protestas durante todo el siglo XX. Pero conflictos siempre hay. Bien aprovechados han mejorado la ciudad y la vida de las personas. Violentamente sofocados han contribuido a prorrogar injusticias (es imperativo leer las historias políticas e institucionales de Mendoza de Pablo Lacoste).


Razonando con garrotes
Cargamos una mochila cultural y política: nuestra tradición nos vuelve intolerables con los conflictos. Cuando hablamos de conflictos es de una manera despectiva. Tendemos a creer que el estado natural de la sociedad es una vida de disciplinada, de armonía celestial que transcurre por un único sendero histórico posible. De orden para el progreso.

Pero, resulta que los personajes más conflictivos de nuestra historia son los que le han dado mayor progreso. A veces llegaron a la violencia. La mayoría gestionaron los conflictos. ¿Cómo gestionar conflictos para evitar la violencia? Con acuerdos entre los que pelean sin que intervenga el Estado, con entendimiento. Otra opción es que el Estado intervenga con la Justicia. Una tercera vía son las políticas públicas que son las que definen de qué modo el Estado reparte. La última instancia es la violencia del Estado a través de la política criminal: usar la fuerza para atrapar, castigar y encerrar. Está reservada para algunos conflictos que son considerados delitos por los legisladores que escriben las leyes.

Una sociedad autoritaria es la que se brota con conflictos y reacciona con toda la violencia de la persecución y el castigo ante cualquier desavenencia. Una sociedad democrática busca el diálogo, la conciliación, si no interviene con la Justicia, revisa las políticas públicas atendiendo a los reclamos. Las instituciones policiales, judiciales y las cárceles quedan para algunos casos violentos. Sin embargo, todavía perviven los convencidos que lo mejor es saltarse pasos, crear nuevas reglas y aumentar los castigos cómo única forma de imponer orden. Con cada escándalo aparece una nueva modificación del Código Penal o algún reciclado de las viejas contravenciones policiales finiseculares. Alimentan la inflación penal que termina recargando juzgados, comisarías y calabozos. Muchas veces es peor el remedio.

Mendoza, la ciudad más limpia (de menesterosos)
Un siglo atrás, la ciudad de Mendoza tenía conflictos por los mismos temas que hoy. Los espacios públicos estaban en discusión: los mendigos eran señalados como el gran problema y se crearon normas para resolver ese problema higiénico. Ahora la discusión pasa por los niños de la calle, limpiavidrios, mendicidad y grupos sociales excluidos por su apariencia (la encuesta del INADI del 2007 dice que el mayor nivel de discriminación se da en el trabajo y en las escuela; una encuesta reciente de UNICEF a niños, niñas y jóvenes lo confirma). Siguen interviniendo las fuerzas de seguridad, pero también la seguridad privada.

Otro conflicto centenario eran las viviendas. Los diarios de la época mencionaban a los inquilinatos, las viviendas precarias y el alquiler de camas calientes como problemas de higiene social. Con la lógica médica predominante en la época se "desinfectaba" socialmente la ciudad de Mendoza. Los desalojos involucraban a la fuerza pública. El conflicto de fondo se mantuvo: la falta de viviendas adecuadas en cantidad y calidad. El aumento del precio de los terrenos, la extensión de la mancha urbana y las usurpaciones son los emergentes. Es frecuente escuchar a los funcionarios políticos y policiales quejarse por la insistencia judicial en provocar desalojos violentos. ¿Y qué pasó con las mediaciones o las políticas públicas de vivienda?

Alcoholismo y prostitución eran señalados ayer y todavía hoy como grandes males en los momentos de ocio. En estos tiempos se les suman drogas prohibidas y algunas prácticas violentas. Ha costado muchas décadas darle un abordaje médico y no penal a las adicciones. Pero hay resistencia desde los ámbitos de seguridad y de justicia de aplicar estos enfoques. La persecución se concentra en los individuos, los enfermos a controlar, sin mayor atención a las causas. La lógica es vieja: "Muerto el perro muerta la leva", balbuceó el primitivo dictador Pinochet salpicado con sangre.

La seguridad y sus épocas
La inseguridad de la ciudad de Mendoza de hace un siglo tenía varias caras. Las clases acomodadas temían a las "clases peligrosas" (eufemísticamente pobres). En nombre de la seguridad se controlaban sus malos hábitos. Para las clases trabajadoras el principal reclamo de seguridad tenía que ver con las condiciones laborales y de vida, que limitaba sus posibilidades de desarrollo. Las demandas por la cantidad de horas en el trabajo, pagos, trabajo infantil, necesidad de salud, educación y vivienda, alentaron el surgimiento de los movimientos y partidos progresistas. También las grandes huelgas, como las de los maestros mendocinos en 1919. Muchos de estos conflictos fueron silenciados con la fuerza pública. Nuevamente.

Han pasado muchas décadas y han mejorado las condiciones sociales. Pero persiste una tendencia de silenciar los conflictos con la intervención violenta del Estado. En aquella ciudad de Mendoza del primer centenario que era 10 veces más chica, la economía estaba en manos de unas pocas familias que manejaban el gobierno, eran los dueños de la mayoría de las viñas y bodegas (76% de las riquezas producidas por la provincia en 1914), subsidiaban sus propias viñas (89% de sus plantaciones no pagaban impuestos) y habían rematado terrenos públicos, los habían comprado baratos y cotizado llevándoles agua.

El médico catalán Juan Bialet Massé escribió un informe sobre la situación de la clase obrera en las provincias argentinas y cuando habló de Mendoza en 1904. Reflejó la otra cara de la Ciudad. Dijo que estaba afectada por la desocupación, el juego, el racismo, la segregación, el alcohol, una policía ineficaz, la ostentación de las clases "paquetas" y un fuerte contraste social (Jorge Ricardo Ponte ha publicado varias obras que cruzan la mirada urbana y las metáforas del orden social).

Semejantes contrastes insuflaban conflictos que aparecían por todos lados. La principal respuesta era la violencia estatal. Policía política, jueces amigos y cárceles fueron la principal reacción. Los números hablan: en 1908 según el Diario Los Andes, la Policía de Mendoza que tenía como jefes a miembros prominentes de las familias acomodadas, se quedaba con el 46,65% del presupuesto de la provincia para sus 2000 empleados (incluyendo informantes). La política de seguridad era perseguir a los opositores usando unas 2000 personas (incluyendo a informantes). El presupuesto policial era 12 veces mayor que el presupuesto de educación. Sólo el sueldo del gobernador era equivalente al 10% del presupuesto educativo.

No va más
Quizá porque se construyó una fantasía sobre aquella época como la edad de oro, todavía muchos reivindican aquella Mendoza y sus ideas. Intentan mantenerlas en vigencia con irregular éxito. Pero muchas cosas han cambiado. El Gran Mendoza ya es una de las 500 ciudades más grandes del mundo, donde hay barrios que están más comunicados y tienen más en común con Manhattan que con Palmira. El fenómeno de las ciudades globales trae nuevos y grandes desafíos: el trabajo como lo conocemos escaseará cada vez más, sin políticas activas será cada vez más difícil la inclusión económica favoreciendo mercados ilícitos, aumentará el tiempo libre, escasearán y se encarecerán servicios básicos como el agua o la electricidad, la ciudad seguirá creciendo y la congestión de las calles también. Nos conoceremos cada vez menos y nos temeremos cada vez más.

Se vienen más y nuevos conflictos que si no los gestionamos desde lo cotidiano, desde una Justicia efectiva, desde políticas públicas adecuadas a los nuevos problemas. Pero también con instituciones criminales capaces de responder a los nuevos desafíos de ciudad grande y globalizada. Las proyecciones a futuro hacen pensar de una mayor expansión de los mercados ilegales, los tráficos ilícitos a cargo de organizaciones internacionalizadas, diversificadas, capaces de colarse en las actividades estatales y económicas lícitas. Nuevos conflictos que hacen a la seguridad y que no se solucionan con algún proyectito de modificación de los códigos. La violencia institucional se vuelve ineficaz y es cada vez más resistida por antidemocrática.

Estamos a tiempo para mirar hacia delante y repensar Mendoza.