martes, 20 de noviembre de 2012

Sobre "El Polaquito": pobreza, ilicitud y corrupción policial




Capítulo del libro "Cine y criminalidad organizada. Una mirada multidisciplinaria", de Moira Nakausi y Daniel Soto (editores), editorial Cuarto Propio, 2012 (páginas 353-356)

Por Martín Appiolaza (*)

Buenos Aires. Estación terminal de trenes. Zoom. Gente que va y viene hacia todas las direcciones. Pululan. Itinerarios y trayectorias de vida que se cruzan. Lugar de paso para muchos. Lugar de subsistencia para los personajes: allí se teje la trama que expone los mercados ilícitos y los aparatos de control del Estado como garantes de su preservación. El Polaquito es un niño que sobrevive cantando tangos, pide limosnas, se enamora, intenta ganar su libertad metiéndose en los mercados ilícitos, sueña con proyectarse a través de un hijo y muere atrapado en ese entorno donde negocio y violencia se complementan.
Manuel Castells[1] habla de un cuarto mundo donde millones de personas sobreviven al margen de la economía formal y las leyes. Los personajes de El Polaquito son sus habitantes: salieron de villas miserables, ganan dinero, se reproducen y mueren en esos espacios. La hermana de El Polaquito es prostituta, su padrastro abusador y su madre víctima, trabaja para el Rengo que es proxeneta de niñas en la estación de trenes y también se queda con una parte de lo que recaudan los que piden limosna o venden al paso. Para poder trabajar, el Rengo tiene protección policial: le cobran sobre las ganancias pero le garantizan protección.

ESPACIOS

Los espacios públicos son apropiados y convertidos en mercados que se disputan pequeños grupos organizados apelando al crimen con protección estatal. La explotación económica de los lugares es uno de los tópicos de la película. Las calles y la villa son ámbitos de subsistencia, los comercios dan aprovisionamiento de lo que se desee a través del robo. La terminal de trenes y sus vagones son el refugio.
En una de las escenas, El Polaquito enamorado de Pelu (una joven prostituta explotada por el Rengo) intenta independizarse pidiendo limosnas en una esquina. Alquila una muleta. Pero esa esquina ya tenía “dueños”, un grupo que explotaba a otros niños. Lo amenazan y le rompen la muleta. Entonces roba para poder saldar su deuda. Luego intenta cantar sin pagarle al Rengo, pero la represalia casi lo mata. No se imagina fuera de esa economía informal, sueña con ponerla en beneficio propio y la violencia lo devuelve siempre al lugar de explotado. Estas secuencias marcan la lógica de funcionamiento de lo ilegal.


AGENTES

“Mientras el sistema funciona, ganamos todos”, le dice el sargento policía que lo tiene detenido por intentar independizarse y dejar de darle una parte de las ganancias al Rengo. Habla de un sistema que, en la versión restringida que propone la película, tiene en la cúspide a la policía. Ellos son los guardianes de que el “sistema” de negocios ilícitos y explotación de niños y niñas funcione.
El Rengo es el lugarteniente, el viejo delincuente con códigos que administra el negocio de mendicidad y prostitución. Para el trabajo sucio tiene a otros niños y jóvenes. La violencia es el garante de que el sistema ilícito funcione. Esa violencia es directa y ejercida por el Rego y su gente, o bien por la policía y el sistema de Justicia a través de la cárcel de menores.
En la relación entre policía y crimen se grafica lo que Alberto Binder y Marcelo Saín describen como el doble pacto. Un primer nivel del pacto poco explicitado en el film es entre la dirigencia política y las organizaciones policiales. Busca que los uniformados garanticen orden con un nivel tolerable de delitos a cambio de protección política. Un segundo nivel, mucho más evidente, es la función reguladora entre las fuerzas de seguridad y el delito. Ese nivel de pacto incluye la tolerancia de determinados delitos y también el financiamiento de las estructuras policiales como de parte de su funcionamiento con recursos provenientes de lo ilícito. Esto es posible mientras existe una condición de autogobierno policial, en el que las autoridades políticas ejercen plenamente su responsabilidad de la dirección institucional de las fuerzas[2].
La falta de profundidad sobre el alcance político del pacto de tolerancia de la policía con el delito es una de las debilidades argumentales de la película, que termina redundando en la asociación entre delito y pobreza. Descuida las funciones encubrimiento, financiamiento y protección de las actividades criminales por gente que no es pobre, que goza de prestigio social y que puede estar inserta en actividades económicas lícitas.

VINCULOS

Mencionamos que la trama argumental describe una serie de relaciones violentas entre los distintos agentes en estas estructuras ilícitas. Existen expresiones de esa violencia que son más visibles que otras, se las asocia con la inseguridad o bien se las considera expresiones del crimen organizado. Es un aporte valioso de la película para el debate académico, el modo en que encadena las distintas formas de violencia que marcan los vínculos entre los agentes de la economía delictiva.
La violencia sexual en el ámbito familiar como en las relaciones sociales aparece expresada como un modo de recurrente. Las relaciones sexuales son presentadas como formas frecuentes de explotación y abuso. El daño físico o la pérdida de control sobre el propia sexualidad es una de las manifestaciones de violencia. También la violencia física y psicológica en el ámbito familiar o bien en los espacios públicos. El uso de armas de fuego y la violencia auto infringida son otras expresiones recurrentes en los vínculos presentados en el film.
Como alternativa a este entorno la Pelu contrapone la historia de su padre que la espera en Brasil. El Polaquito se aferra al amor a la Pelu y busca transcender a través de un hijo. El amor es presentado como el motor de los conflictos y la alternativa a un entorno violento de opresión moral y económica.

MERCADOS

El discurso de criminalización de la infancia focaliza sobre sus transgresiones a la ley. Sin embargo, evita profundizar en la relación que esas faltas o delitos se integran en las estructuras económicas ilícitas. La película de Desanzo se para en el corazón de los mercados ilícitos que son los que le dan una lógica económica y donde se articulan los distintos agentes. Desde esta perspectiva, los delitos de El Polaquito y sus amigos adquieren otra lógica social.
Alberto Binder sostiene que un entendimiento y efectivo abordaje de los mercados ilícitos es la manera de construir una política criminal minimalista, democrática y efectiva para reducir la violencia y el delito[3]. En torno a estos mercados gira una buena parte de la criminalidad urbana, organizándola y garantizando su permanencia con la intervención de niveles de operativos, de protección y de financiamiento.
En la película son expuestos los mercados ilícitos de armas y de drogas prohibidas, mercado de lo robados, del sexo y también de la medicina ilegal expresada en los abortos. Por elección racional en la búsqueda de dinero para sobrevivir o bien cooptados, los protagonistas circulan por estas organizaciones. Son el “sistema”, en términos del policía que detiene a El Polaquito en el diálogo citado.

EPILOGO

La película aborda con profundidad las lógicas predominantes en el delito urbano, mostrando las formas en que se organiza la explotación de personas y espacios públicos con la intervención de distintos agentes sociales regulados por el poder institucional y económico. Antepone el amor y la trascendencia (genética a través de un hijo o mediática a través del “gran golpe”) como contracaras de esa vida donde tanto las instituciones de control social como las organizaciones criminales mantienen cautivos a niños, niñas y jóvenes de comunidades populares.
Sin embargo, buena parte de la riqueza argumental queda devaluada por los tics propios del cine argentino con pretensiones de profundidad y compromiso social. La película mantiene al espectador en el confort de ser testigo, sin problematizarlo sobre su complicidad en el funcionamiento de las organizaciones criminales. El exceso de códigos subculturales, la caricaturización de los malos y los buenos, los guiños políticamente correctos diluyen posibilidades dramáticas de la película.
Incluso en la construcción de la historia, los problemas son obra y gracia de pobres sin hurgar en la necesaria participación de otros grupos sociales acomodados económicamente. Este componente le hubiera dado más espesor argumental y hubiera contribuido a meter al público en el film en un lugar más incómodo.
Más allá de estas observaciones sobre la realización, la obra de Desanzo aporta una mirada sobre las estructuras criminales escasa en el cine argentino y sabrosa para el análisis.

(*) Experto en seguridad ciudadana y especialista en políticas públicas. Director del Centro de Estudios de Seguridad Urbana y coordinador del Diplomado en Seguridad Democrática de la Universidad Nacional de Cuyo.




[1] CASTELLS, Manuel. 1999. La Era de la Información. Vol. II: Economía, sociedad y cultura. México, Distrito Federal: Siglo XXI Editores.
(*) Experto en seguridad ciudadana y especialista en políticas públicas. Director del Centro de Estudios de Seguridad Urbana y coordinador del Diplomado en Seguridad Democrática de la Universidad Nacional de Cuyo.

[2] SAIN, Marcelo (2007): El Leviatán azul, Siglo XXI, Buenos Aires.
[3] BINDER, Alberto (2009): El control de la criminalidad en una sociedad democrática. Ideas para una discusión conceptual, en Kessler, Gabriel (Compilador): Seguridad y ciudadanía. Nuevos paradigmas y políticas públicas, Foros del Bicentenario, Edhasa, Buenos Aires.