lunes, 30 de junio de 2014

De cómo conseguir votos usando a las víctimas de delitos y la inseguridad

Por MARTÍN APPIOLAZA
Publicado en La Vanguardia

 Si es candidato, quiere ganar de cualquier manera, se apiada de los que prometen una sociedad más justa y solidaria, y está orgulloso de su pragmatismo, entonces usted tiene una gran oportunidad: usar el temor de los electores y el dolor de las víctimas del delito. Aquí encontrará un decálogo de imposturas, medias verdades y falacias grandilocuentes que le podrían arrimar esos preciados votitos que tanto necesita para poder administrar los fondos públicos. Advertencia: no dejar al alcance de los niños.


Los falacias demagógicas deben poner a la ciudadanía y a todo el espectro político en estado de alerta: se trata de un ideario que sostiene sin fundamentos que el aumento del poder de la policía, el incremento de las penas y el encierro masivo son las soluciones a los problemas de inseguridad”, comunicado  del Acuerdo por la Seguridad Democrática a propósito de la campaña contra la modernización del Código Penal.


Corren vientos favorables para los cultores de la demagogia penal: aumenta el delito y la inseguridad en la Argentina. Un candidato oportunista que sepa llegar a los corazones proclamándose el defensor de las víctimas y abanderado de los castigos, puede convertir el temor y el dolor en votos a su favor.

Se sabe: aumentar las penas no reduce el delito. Pero para el buen demagogo es la oportunidad de ganar (tiempo); ya llegará el momento de culpar por el fracaso de viejas fórmulas a los pobres, desviados, artistas, académicos, garantistas, progresistas, jueces y parlamentarios dormilones, políticas sociales para la vagancia, policías, defensores de los derechos humanos, la OEA, la ONU, alguna conspiración de Bulgaria y la televisión (excepto el canal del empresario que le promociona).

El populismo penal es una fórmula probada: hace medio siglo que una alianza conservadora viene ganando elecciones en Estados Unidos hablando del delito como el principal problema social. En nombre de la guerra al crimen justifica todo. La seguridad es la principal política social. Los candidatos que mejor encajan con esta idea son sheriff, fiscales, militares o en su defecto, actores de westerns. Estadistas, abstenerse.

Los conservadores locales tratan de probarse el traje de tipos duros y completan el combo del populismo penal con merchandising de la “tolerancia cero”. Un ejemplo argentino: Carlos Ruckauf fue vicepresidente de Carlos Menem y efímero gobernador de Buenos Aires invitando a “meter bala” y pidiendo con poética neorrealista que los presos “se pudran con sus manos agarradas a las rejas oxidadas de la cárcel”. Manso talento para convertir el dolor en odio y la venganza en política pública. Y ni hacerse cargo del aumento del delito que produjeron las políticas neoliberales que defendió.

Pasando en limpio: con un discurso simple de la seguridad, emocional, proponiendo castigos severos, encontrando “malos” para culpar y sumando patrocinadores, el buen demagogo transita por la senda del éxito. Veamos un decálogo de instrucciones frecuentemente útiles para conseguir votos usando a las víctimas de delitos y la inseguridad.

1. Apropiarse del dolor de las víctimas. Todos nos sentimos identificados con el dolor de la víctima porque todos nos sentimos potenciales víctimas. Contra más aberrante el delito, más indignación nos produce. El buen demagogo busca empatizar con ese sentimiento, ser su vocero.

2. Ser el sheriff que defiende las víctimas. Si todos nos sentimos víctimas y vulnerables, es negocio para el buen demagogo ofrecerse como el protector. Ser el candidato que se desvela por las víctimas puede abrir las puertas para una sólida comunión emocional. Los estrategas electorales insisten: el voto emotivo es un voto fiel. Es una maniobra útil con adultos de zonas medias urbanas afectados por el sentimiento de inseguridad, donde el voto suele migrar fácilmente.
3. La crisis es viento de cola para la inseguridad. Las estadísticas criminales demuestran que el delito común (que impacta en el sentimiento de inseguridad) crece en tiempos de crisis económica: pasó a principios y fines de los ’90, hubo un pico en el 2002 y crece de nuevo desde el 2008. Más delitos, más temor, más noticias sobre crímenes, más sentimiento de vulnerabilidad potenciado por el ajuste. Escenario propicio para promesas de más penas y control, donde el buen demagogo penal puede vender soluciones mágicas.

4. Contra los planes sociales para “vagos, delincuentes y drogadictos”. Sabemos que el énfasis de la política criminal está puesto sobre los delitos de bagatela que llenan las cárceles de pobres. Para un candidato populista es fácil volcar contra ellos la indignación por la inseguridad y proponer “gastar menos en planes sociales”. La guerra contra el delito se vuelve una guerra contra los pobres. El siguiente paso es criminalizar la política social priorizando la seguridad sobre garantizar derechos. Atención: el buen demagogo evitará complejizar el debate hablando de delitos de cuello blanco o de los consumos de drogas prohibidas en sectores privilegiados.

5. Reducir la edad de inimputabilidad. Es un clásico en tiempo electorales. Un proyecto para mandar a la cárcel a los niños es indispensable en el bolsillo o la cartera de los candidatos con sólida formación en la demagogia punitiva. Es pura ganancia: generan polémica con los progresistas y la argumentación racional siempre es menos efectista. Decía un viejo populista: “no importa si hablan bien o mal, lo importante es que hablen de mí”. Pululan sus discípulos reciclados.

6. Aumentar las penas. Resistirse a una modernización del Código Penal es una oportunidad imperdible para el buen demagogo. Pero un proyectito para endurecer las penas es un recurso inagotable. No bajará el delito y apurará el colapso del sistema penitenciario, pero goza de la simpatía de una parte del electorado. No olvidar: respuestas simples a problemas complejos, que ya habrá tiempo para echarle la culpa del fracaso a los garantistas y a los derechos humanos.

7. Recursos literarios para ser exitosos en la demagogia penal. Reproducimos un compilando de frases notables recogidas en una investigación etnográfica en taxis y peluquerías por el criminólogo Jonatán Simón. Algunos hitos que el buen demagogo puede repetir con éxito garantizado (el tono enfático en la lectura es indispensable): “los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra”; “los policías tienen las manos atadas”; “los delincuentes están sueltos y la gente honesta entre rejas”; “los delincuentes tienen los mejores abogados pero nadie se ocupa de las víctimas”; “tenemos que armarnos”; “¿dónde están los derechos humanos de las víctimas?”; “con los militares esto no pasaba”; “son irrecuperables”; “con nosotros o contra nosotros”; “hay que hacer nuevas leyes”.

8. Culpar a los progresistas de fomentar el crimen. Ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad. El ideario conservador que sustenta el populismo penal se basa en penas, a cada cual lo que se merece, orden y control. Por eso, el adversario perfecto es el progresista. En la búsqueda del éxito, el buen demagogo debe culparlo de excesivos cuidados para los que no trabajan, porque eso fomenta la vagancia y la delincuencia. Responsabilizarlo de ser incapaz de ocuparse de la seguridad porque está más preocupado por los derechos sociales que los derechos de las víctimas.

9. Movilizar a los indignados por la seguridad. Una reunión de vecinos preocupados por la inseguridad, donde el buen demagogo seleccione adecuadamente a quién convocar y sume a algunos fieles agitadores, puede ser un espacio donde predomine la bronca y las reacciones más extremas. Él, sabrá transustanciar la bronca en protestas y escraches contra algún adversario político o simplemente posicionar la seguridad como principal tema público. Luego, la pelota queda en su cancha: le será más fácil argumentar a favor de recortes en políticas sociales o mano dura contra delincuentes.

10.  Severo, pero con un tierno corazón. El voto más susceptible a la manipulación del temor quizá no le alcance para ganar elecciones al buen demagogo. Entonces, deberá hablar de prevención del delito (que siempre cae bien), intentando mostrarse tierno pero con rigor y austera eficiencia. Algunas propuestas de campaña intrascendentes para una auténtica demagogia penal con rostro humano: “construir canchas para que los pibes estén ocupados”; “mandar a los jóvenes a hacer trabajo voluntario para que se cansen y no salgan a robar”; “reinstaurar el servicio militar para aprendan a obedecer, bañarse y comer todos los días”. La lista continúa.

Siguiendo estas instrucciones el buen demagogo podrá conseguir votos aprovechándose de la angustia de gente que sufre violencia o se siente vulnerable. También los votos de los que simpatizan con sociedades autoritarias. La clave: emocionar y dar respuestas simples a problemas complejos. Jibarizar. Reducir la sociedad a la seguridad. Contarlo como lucha del bien contra el mal y promocionarse como el cruzado de los justos.

Aclaración: cualquier semejanza con algún personaje público es pura coincidencia.