sábado, 6 de septiembre de 2014

Instrucciones para ganar fama y votos usando a las víctimas de la inseguridad

Una vieja fórmula conservadora viene ganando adherentes: reemplazar la inclusión social por la guerra al delito. La demagogia penal tiene como aliados a una pléyade de políticos ambiciosos y un estilo de dar noticias, que aprovechan el temor al delito para proponer una versión de la sociedad en la que muchos están de más.


Por Martín Appiolaza. Un fantasma recorre nuestros países: la inseguridad. ¿Qué es eso? Se podría traducir como falta de seguridad. Pero, ¿qué tipo de seguridad? Tal vez seguridad social. O, quizá, seguridad frente a catástrofes. No. No de ese tipo. Es miedo al delito violento (aunque, cuando se profundiza, las encuestas muestran que los otros temores se mezclan). En el temor de unos, otros ven oportunidades para llevar agua hacia su molino. Vivimos tiempos venturosos para los cultores de la demagogia penal. Lo vemos en el mundo de la política y también en el discurso mediático.

Lo vemos a diario: un candidato oportunista que sabe llegar a los corazones proclamándose el defensor de las víctimas y abanderado de los castigos, puede convertir el temor y el dolor en votos a su favor. Montarse sobre la inseguridad también atrae consumidores de noticias, rating, mejores ventas. El temor es negocio: contarlo genera angustia, necesidad de informarse sobre las amenazas que acechan y abre las puertas para algún gladiador en campaña que jure que tiene la mano bien dura.

El populismo penal, ya sea en su versión candidato o bien en su versión mediática, trata de aprovechar la angustia de la gente que sufre violencia o se siente vulnerable. La clave: emocionar y dar respuestas simples a problemas complejos. Jibarizar. Reducir la sociedad a lucha del bien contra el mal, para promocionarse como el cruzado de los justos.

La receta clásica es proponer penas más duras. Un clásico en tiempos electorales: cárcel para los niños y algún proyectito de reforma del Código Penal para lograr más años de encierro a propósito de algún delito conmocionante en la tapa de los diarios. Se sabe: aumentar las penas no reduce el delito. Pero para el buen demagogo es ganancia rápida; ya llegará el momento de culpar por el fracaso de sus iniciativas a los pobres, desviados, artistas, académicos, garantistas, progresistas, jueces y parlamentarios dormilones, políticas sociales para la vagancia, policías, defensores de los derechos humanos y la televisión (excepto el canal del empresario que lo ampara).

El populismo penal es una fórmula de éxito probada. Hace medio siglo que una alianza conservadora viene ganando elecciones en Estados Unidos señalando al delito como el principal problema social. En nombre de la guerra al crimen justifica todo. La seguridad es la principal política social, la tasa de encarcelamiento es la más alta del mundo y el negocio carcelario uno de los más rentables. Los candidatos que mejor encajan con esta idea son sheriff, fiscales, militares o en su defecto, actores de westerns. Estadistas, abstenerse.

La guerra al delito primero, más tarde la guerra a las drogas, arrastra un proyecto de sociedad: reemplazar las políticas de promoción social por las de control social. Apunta a los sectores marginados: no para incluirlos, sino para controlarlos por “desviados”. Acaso, ¿también hay una guerra al lavado de activos, al tráfico de armas o a los capitales especuladores? No. Esos delitos, igual o más dañinos no están en agenda del populismo penal,

Los conservadores tratan de mantener un orden social desde las políticas de seguridad. Y los discípulos criollos se prueban el traje de tipos duros tirando consignas de “tolerancia cero”. Qué curioso: suelen ser los mismos que han defendido las políticas que produjeron desempleo, pobreza y violencia. No se hacen cargo. Los neoliberales de ayer mutaron en sheriff de hoy: las dos caras de la misma moneda.

El candidato demagogo

Con un poco de cinismo, enumeremos algunas estrategias frecuentes de esos candidatos demagogos que pululan tratando de conseguir votos, usando el dolor de las víctimas de la inseguridad.

1. Apropiarse del dolor de las víctimas. Todos nos sentimos identificados con el dolor de la víctima porque todos nos sentimos potenciales víctimas. Contra más aberrante el delito, más indignación nos produce. El buen demagogo busca empatizar con ese sentimiento, ser su vocero.

2. Ser el sheriff que defiende las víctimas. Si todos nos sentimos víctimas y vulnerables, es negocio para el buen demagogo ofrecerse como el protector. Ser el candidato que se desvela por las víctimas puede abrir las puertas para una sólida comunión emocional. Los estrategas electorales insisten: el voto emotivo es un voto fiel. Es una maniobra útil con adultos de zonas medias urbanas afectados por el sentimiento de inseguridad, donde el voto suele migrar fácilmente.
3. La crisis es viento de cola para la inseguridad. Las estadísticas criminales demuestran que el delito común tiende a crecer en tiempos de crisis económica. Y si no hay muchos, es cuestión de inflarlos. Más delitos, más temor, más noticias sobre crímenes, más sentimiento de vulnerabilidad. Escenario propicio para promesas de más penas y control, donde el buen demagogo penal puede vender soluciones mágicas (en internet puede descargar alguno de los planes que los inventores de la mano dura le vendieron a muchos de nuestros gobiernos latinoamericanos, sólo cambiando el título del proyecto).

4. Contra los planes sociales para “vagos, delincuentes y drogadictos”. Sabemos que el énfasis de la política criminal está puesto sobre los delitos de bagatela que llenan las cárceles de pobres. Para un candidato populista es fácil volcar contra ellos la indignación por la inseguridad y proponer “gastar menos en planes sociales”. La guerra contra el delito se vuelve una guerra contra los pobres. El siguiente paso es criminalizar la política social priorizando la seguridad sobre garantizar derechos. Atención: el buen demagogo evitará complejizar el debate hablando de delitos de cuello blanco o de los consumos de drogas prohibidas en sectores privilegiados.

5. Reducir la edad de inimputabilidad. Ya lo dijimos, es un clásico en tiempos electorales, indispensable en la cartera de las damas o el bolsillo de los candidatos con sólida formación en la demagogia punitiva. Es pura ganancia: generan polémica con los progresistas y la argumentación racional siempre es menos efectista. Decía un viejo populista: “no importa si hablan bien o mal, lo importante es que hablen de mí”.

6. Aumentar las penas. Un proyectito legislativo para endurecer las penas es un recurso inagotable. No bajará el delito y apurará el colapso del sistema penitenciario, pero goza de la simpatía de una parte del electorado. No olvidar: respuestas simples a problemas complejos, que ya habrá tiempo para echarle la culpa del fracaso a los garantistas y a los derechos humanos.

7. Recursos literarios para ser exitosos en la demagogia penal. Reproducimos un compilando de frases notables recogidas en una investigación etnográfica en taxis y peluquerías por el criminólogo Jonatán Simón. Algunos hitos que el buen demagogo puede repetir con éxito garantizado (el tono enfático en la lectura es indispensable): "los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra"; "los policías tienen las manos atadas"; "los delincuentes están sueltos y la gente honesta entre rejas"; "los delincuentes tienen los mejores abogados pero nadie se ocupa de las víctimas"; “tenemos que armarnos”; "¿dónde están los derechos humanos de las víctimas?"; "con los militares esto no pasaba"; "son irrecuperables"; "con nosotros o contra nosotros"; “hay que hacer nuevas leyes”.

8. Culpar a los progresistas de fomentar el crimen. Ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad. El ideario conservador que sustenta el populismo penal se basa en penas, a cada cual lo que se merece, orden y control. Por eso, el adversario perfecto es el progresista. En la búsqueda del éxito, el buen demagogo debe culparlo de excesivos cuidados para los que no trabajan, porque eso fomenta la vagancia y la delincuencia. Responsabilizarlo de ser incapaz de ocuparse de la seguridad porque está más preocupado por los derechos sociales que los derechos de las víctimas.

9. Movilizar a los indignados por la seguridad. Una reunión de vecinos preocupados por la inseguridad, donde el buen demagogo seleccione adecuadamente a quién convocar y sume a algunos fieles agitadores, puede ser un espacio donde predomine la bronca y las reacciones más extremas. Él, sabrá transustanciar la bronca en protestas y escraches contra algún adversario político o simplemente posicionar la seguridad como principal tema público. Luego, la pelota queda en su cancha: le será más fácil argumentar a favor de recortes en políticas sociales o mano dura contra delincuentes.

10.  Severo, pero con un tierno corazón. El voto más susceptible a la manipulación del temor quizá no le alcance para ganar elecciones al buen demagogo. Entonces, deberá hablar de prevención del delito (que siempre cae bien), intentando mostrarse tierno pero con rigor y austera eficiencia. Algunas propuestas de campaña intrascendentes para una auténtica demagogia penal con rostro humano: "construir canchas para que los pibes estén ocupados"; "mandar a los jóvenes a hacer trabajo voluntario para que se cansen y no salgan a robar"; "reinstaurar el servicio militar para aprendan a obedecer, bañarse y comer todos los días". La lista continúa.

Vender la noticia al que tiene miedo

Hay delitos y hay violencia, ¿cómo negarlo? En la mayoría de nuestros países, el incremento de estos delitos, especialmente a partir del repliegue del Estado en las últimas décadas, empezó a afectar a zonas de las ciudades que antes vivían seguras. Creció el sentimiento de inseguridad y también el interés público por conocer más sobre el delito.

El mercado manda en el negocio periodístico, otra pata necesaria para alimentar el populismo penal. En poco tiempo, las páginas de noticias policiales ganaron peso. Los informativos televisivos le dieron más preponderancia a los crímenes. Se volvió un tema incómodo para los gobiernos, que sentían que sus respuestas tradicionales ya no funcionaban. En muchos casos, los intereses empresariales mediáticos y políticos coinciden.

El equivalente del demagogo penal en política es el editor amarillo (demagogo letrado) que busca empatía con los que sienten miedo al delito. Se necesitan mutuamente. Son dos especies necesarias en el ecosistema del populismo penal. Uno pone las ideas, el otro el relato legitimador.

Veamos algunas de sus técnicas discursivas del demagogo letrado para vender noticias apelando al temor.

1. Ellos contra nosotros. Crecimos soportando a soldados haciendo estragos en el país. La lógica marcial la tenemos incorporada, la entendemos fácilmente. Contar la vida como si fuera una guerra es vendible para el demagogo letrado, es fácil de comunicar y resulta tranquilizador. Nosotros los honestos estamos jaqueados por ellos, los delincuentes.

2. El delincuente: enigma de otro mundo. ¿A los delincuentes los trae la cigüeña o una nave espacial? Viendo noticias, los delincuentes carecen de tienen historia, ni razón que explique sus crímenes. El relato periodístico que alimenta el temor relata sin contextos, donde los malos son malos porque sí. Y punto.

3. La víctima siempre tiene la razón. El demagogo penal buscan tener empatía con la víctima, convertirla en aliada, en el reflejo de toda la sociedad y luego venderse como su vocero. El demagogo letrado aplica las mismas mañanas: paga bien estar del lado de las víctimas. Y mejor, sin profundizar mucho. A fin de cuentas, todos nos sentimos vulnerables.

4. La voz de los famosos que son víctimas. Una variante en boga es el cronista de chimentos que presenta noticias policiales. Alcanza un orgasmo intelectual cuando algún modelo o espécimen de la farándula, es víctima del delito. Entonces puede prestarle el micrófono durante una hora de programa, para que vomite consignas autoritarias de escasa elaboración. La reflexión final, invariablemente: “ya ni los famosos se salvan”. Ergo: todos estamos en peligro.

5. Los políticos no hacen nada. La antipolítica marida bien con la demagogia penal y el amarillismo mediático. Alguien tiene que tener la culpa de la inseguridad. Qué más marketinero que alzarse como el vocero de la sociedad y despotricar contra los políticos que, dirá, no hacen nada para solucionar los problemas. Y queda a un paso de un derrape fascista.

Es que vivimos tiempos perversos. Mientras nos debatimos como sociedades tratando de cohesionar para construir paz e igualdad, muchos resisten generando adversidades a partir del miedo. Evitan la razón para solazarse en las sensaciones y proponer un clivaje entre derechos o control. El discurso que justifica negarse la condición de persona a otras encuentra una excusa en el delito. O mejor aún, en el miedo al delito.

Una política social progresista sólo es posible con una política de seguridad democrática. Se construye con una clase política responsable, ajena al populismo penal y la irresponsabilidad especulativa como estrategia de campaña. Hace falta también un acompañamiento serio de una comunicación que informe de manera responsable, entregando insumos para el análisis en lugar de medias verdades para el espasmo. Si no, seguiremos naufragando en viejas fórmulas conservadoras que sólo consiguen aumentar la violencia y la negación de derechos de grandes grupos en nuestras ciudades.

La demagogia penal es la técnica una sociedad de extremas desigualdades el objetivo.