domingo, 12 de octubre de 2014

Entrevista: "Les tenemos miedo a las palabras"



Aunque no sea fácil hacerlo bajo el fuego cruzado de la campaña electora el entrevistado propone que es posible pensar las "cuestiones de seguridad" desde la izquierda, superando políticas que describe esquizoides, a condición  de enfrentar ciertos temores y de elaborar ciertas "reminiscencias terribles".


Por Rafael Rey

EL MENDOCINO MARTÍN Appiolaza, especialista en seguridad ciudadana y prevención del delito, estuvo la semana pasada  en Montevideo, en el marco del Foro Justicia 2014, organizado por el Centro Interdisciplinario de Estudios Judiciales y la Asociación de Funcionarios Judiciales del Uruguay.
Allí dio una conferencia ("Seguridad, política y populismo penal"), donde, "entono de farsa", brindó consejos a aquellos candidatos que "quieren ganar fama y votos usando a las víctimas de los delitos". Según Appiolaza, actual asesor de la Municipalidad de Rosario en temas de seguridad pública, es un buen momento para quienes "piensan que se pueden dejar de lado los argumentos y transformar el miedo en votos".
Sobre este y otros temas conversó con Brecha.


- ¿Por qué recurre a la ironía para abordar cuestiones de seguridad?

- Me parece que hay que desdramatizar la cuestión. La sobre dramatizamos. Y desde la posición de una izquierda democrática, no sólo la dramatizamos sino también nos escondemos detrás del dramatismo, porque les tenemos miedo a las palabras y miedo a las ideas sobre el tema. Y esto se traduce en las gestiones.
Por otro lado, la ironía es un elemento de violencia que te lleva a la reflexión.  Y tercero, no hay candidato, no hay funcionario, que desde una perspectiva de izquierda, no se pregunte cómo hacemos para ser efectivos en el discurso sobre el populismo penal, el discurso de la derecha respecto de la seguridad. Y quizás una forma sea la ironía y la risa. La ironía destruye. El intento es dejar en evidencia a esos tipos que utilizan ex profeso y de manera calculada, medida y orientada, al dolor como elemento de aglutinamiento político. Es claramente un proyecto político no racional, sino emocional, que genera un consenso. Durante su exposición habló sobre el "remplazo de las políticas de promoción social por las de control social". La izquierda en los últimos años cambió su discurso, dejó atrás eso de que cuando baje la pobreza va a desaparecer el delito y comenzó a buscar un equilibrio entre las políticas sociales y la mano dura.

- ¿La solución puede estar en ese equilibrio?

- El análisis marxista clásico del determinismo económico se termina encontrando con el discurso de la derecha, de la pobreza como determinante del delito. Y terminan diciendo las mismas cosas. Cuando desde la izquierda más democrática entendemos esto, y hemos estado revirtiendo estos mecanismos, entonces el cuestionamiento pasa a ser: "¿nos hacemos cargo, o dejamos hacer?". Y vos no podés tener una política progresista en términos de políticas sociales sin acompañarla de una política progresista en términos de control de la violencia y el delito. Hay estudios en nuestros países que muestran el carácter contradictorio entre la inversión social y la violencia institucional, básicamente policial-judicial. El Estado aparece en los sectores populares fragmentado, discontinuo y contradictorio. Ante eso, la violencia interpersonal y la violencia estatal cumplen un rol fundamental. No es un tema que nos pueda ser indiferente. Tenemos que tener una política sobre esto.

- Ahora, ¿qué le pasa a la izquierda democrática en estos temas?

- Hay ciertos pruritos. El primero es la tradición más ortodoxa: "cuando generemos igualdad y otras condiciones sociales, la violencia y el delito se van a terminar". Pero mientras tanto, ¿qué hacemos? ¿Cedemos el control de las instituciones a quienes siempre se ocuparon de esto? O bien no vamos a fondo, y cuando hacemos intervenciones sobre las instituciones de control, básicamente lo hacemos a medias, y si nos sale mal le cortamos la cabeza a los funcionarios; o no hacemos nada y le cedemos esa área a los que tienen el saber empírico. Entonces parcelás y dejás esas instituciones en manos de policías y la ortodoxia judicial. Y eso es un problema, porque entrás en contradicción con otras políticas del Estado.

- Una de las "respuestas" del Estado fueron los megaoperativos. El discurso era que la Policía, el Estado, entra en todos los barrios. Pero se da eso de que el Estado siempre llega con la pata policial, mientras continúa ausente en otros aspectos.

- En los barrios populares, la primera cara del Estado que ven los pibes es la Policía, antes que la maestra. Saben qué es la Policía antes que la maestra o el doc­tor. Y sobre eso construyen una identidad. Entonces, si es la primera cara del Estado, no nos puede ser indiferente a la hora de construir ciudadanía.

- Decía en su charla que "las políti­cas de seguridad construyen políticas so­ciales".

- Ahí tomo una definición de las po­líticas sociales. Hacer políticas sociales es construir ciudadanía. Por lo tanto, la vio­lencia estatal y la decisión de la política criminal sobre qué se persigue y qué no se persigue, a quiénes les quitamos y a quié­nes no, también está construyendo tipos de ciudadanía. Lo digo desde una pers­pectiva de ciudadanía: quiénes son ciuda­danos plenos y quiénes no.
Vos necesitás una política social ar­mónica. No podés tener políticas contra­dictorias donde, por un lado, promocionás los derechos de los jóvenes y los niños co­mo actores sociales transformadores, em­poderados, politizados y actuando en par­lamentos juveniles; y por el otro tenés la política de facto de la comisaría, de de­tener grupos de jóvenes por averiguación de antecedentes todas las noches, por el solo hecho de ser jóvenes. Entonces, ¿qué juventud estás construyendo, qué ciudadanía joven estás construyendo? Tenés un doble discurso, o por lo menos una con­tradicción.

- Habló de estrategias para una polí­tica de seguridad progresista. Acá, la iz­quierda, por ejemplo, ha votado aumen­tos de penas para los adolescentes; de alguna manera se ha dejado llevar por el discurso de la derecha. ¿Cuáles deberían ser esas estrategias?

- La primera es poder formular la po­lítica de seguridad. Si vos tenés informa­ción, demostrame que un aumento de la pena para adolescentes disminuyó el de­lito. Si me lo demostrás, yo capaz lo apo­yo. Pero si no disminuyó ni la violencia ni el delito, hacete responsable por las deci­siones que tomaste como parlamentario. Creo que cada vez más los partidos o las alianzas de gobierno socialdemócratas o progresistas de nuestros países, que no es­tán marcadas tanto por un populismo per­sonalista y cortoplacista como otras, están asumiendo el tema de la seguridad públi­ca. Los partidos se están tomando en serio el tema de la seguridad pública. Yo veo a la presidenta Bachelet, por ejemplo, des­pués de haber tenido una política erráti­ca en su primer mandato, construir un ga­binete sólido en el tema de la seguridad, planificar y evaluar y programar objeti­vos a cuatro años. Y poner a los funciona­rios de su confianza a cargo de los temas. Funcionarios políticos para los diseños, la evaluación y la gestión de políticas, y fun­cionarios policiales de su confianza a car­go de la cuestión táctica operativa. Y eso me parece que es construir una política de seguridad y dar respuesta a una deman­da ciudadana. Si no la otra forma que ha funcionado en alguno de nuestros países es la delegación. Delegás las responsabi­lidades en las policías y cuando hay delitos escandalosos le cortás la cabeza al jefe de la policía. Mientras tanto funciona una lógica de doble pacto; por un lado los fun­cionarios políticos sostienen a los jefes policiales, dándoles libertad a cambio de que no haya grandes escándalos públicos, y al mismo tiempo, desde las estructuras policiales se regulan la violencia y el de­lito dentro de márgenes estables, tratando de que no haya grandes escándalos. Ese doble pacto ha funcionado durante mu­cho tiempo, y esa es la expresión clara del desgobierno político de la seguridad.

- Acá se han intentado reformas en la estructura policial que han generado mucha resistencia en la interna de la ins­titución.

- Las instituciones corporativizadas siempre se van a resistir a los cambios y a las injerencias de otros. Los argumen­tos son los que conocemos: los civiles no saben nada de estos temas; mucho menos si son progresistas, y aquí los que saben son otros. Esa legitimidad y ese recono­cimiento también hay que ganárselo, me parece, en la sociedad y en la propia Po­licía. Y si no, también la Policía tiene que someterse a la voluntad popular; la Poli­cía no es una institución que delibere y defina sus propias políticas, sino que es una herramienta de las políticas del Esta­do, y debe estar sujeta a esas políticas. Pe­ro esto dentro de la Policía no es una po­sición hegemónica. Hay algunos actores que resisten, porque obviamente ven afec­tados algunos de sus intereses, pero hay otros actores dentro de la propia Policía, y yo conozco muchos dentro de la Policía uruguaya, muy convencidos de que es ne­cesario modernizar las instituciones, ade­cuarlas a las nuevas épocas,
Los progresistas solemos desconfiar de palabras que nos suenan feas, como "represión", "control", "operativos", que traen reminiscencias terribles. Pero tene­mos que conocer el ámbito que definen esas palabras. Más cuando es la principal demanda social.

- También hizo mención a "recuperar a las víctimas". ¿A qué se refería exac­tamente?

- Hace un par de años me asaltaron, en México. Todavía hoy, si voy medio distraído por la calle, y veo a alguien con campera de cuero, con la mano en el bol­sillo, como venía el tipo que me encaño­nó, tiemblo, se me eriza la piel.
Como yo hay muchísimas personas que han pasado por este trauma La pre­gunta es: ¿esta situación la aborda el sis­tema de salud? La violencia también está generando gente con discapacidades fí­sicas; ¿la estamos contemplando y la es­tamos atendiendo? Cuando es un trauma violento, por ejemplo cuando muere al­guien, ¿qué pasa con el entorno familiar?, ¿qué pasa con el intento de venganza que puede aparecer? Tenemos que abordarlo y tenemos que tratarlo. En la Municipali­dad de Rosario, por ejemplo, estamos trabajando con un dispositivo de atención a las víctimas de armas de fuego, que abor­da a la persona, al grupo que pertenece, generalmente una bandita, un grupito de amigos, y a su familia Generalmente el grupito es un sustituto o un complemen­to de la familia, y hay que abordarlo. Y lo que encontramos todo el tiempo es que hay conflictos irracionales entre grupos, sostenidos a lo largo del tiempo, broncas. Hay que ir sobre esos conflictos, hay que gestionarlos y hay que mediarlos. Si to­mamos ese tipo de medidas, después va­mos a tener a mediano y largo plazo una reducción de los enfrentamientos, además de una mejora en la calidad de vida de las personas. Y una disminución en la angus­tia y en el temor. Pero hay que tomarlo como un tema, y creo que no lo hemos he­cho. Desde el progresismo hay como cier­to sentimiento de que es un daño inevita­ble, digamos. Pero posiblemente el daño se puede prevenir, y además se pueden prevenir futuros actos de violencia abor­dando esos temas.
Creo que esa atención hay que prio­rizarla y hay que tenerla súper en cuen­ta. Especialmente en grupos de niños, de jóvenes, que sufren condiciones de vio­lencia desde el momento de nacer, que aprenden el lenguaje de la violencia como una forma de resolver los conflictos, de ganar respeto y de conseguir minas.
Necesitamos un abordaje para el te­ma. Hay muchos casos de gente que ha sufrido delitos violentos y construye or­ganizaciones y se moviliza para preve­nir, para que a otros no les pase. Es ese principio solidario básico de vivir en so­ciedad, que de alguna manera ha sido desalentado por el individualismo más extremo, por la violencia, que es eso de "salvate solo", "la pena la parís vos, la soportás vos en tu hogar". Hay que gene­rar espacios de discusión, pero no lo que hace la derecha demagógica, que es ir a buscarlos, congregarlos en algún lugar y transformarlos en militantes desde el do­lor y tratando de transformar ese dolor en un odio político.

ASUMIR LAS RESPONSABILIDADES
"EL CEDER, EN buena medida, la formulación de políticas a las instituciones policiales, o a los trabajadores policiales, que traen un saber hacer empírico pero no una eva­luación y una reflexión de naturaleza estratégica, hace que tengas un discurso desfa­sado en el tiempo y además contradictorio respecto de las otras políticas. Por eso es muy importante el gobierno político de la seguridad. La autoridad democráticamente electa debe asumir la gestión estratégica de las instituciones de la seguridad públi­ca, y necesita cuadros técnicos-políticos para gestionarlas. La parte táctica operativa les corresponde a los funcionarios que conocen de esto, que son los policías. Y hay que jerarquizar a los policías, reconocerlos, y en todo caso especializarlos y darles formación para su área específica de intervención. Pero las políticas públicas no son la especialización de la policía; definir la política de seguridad para un país no está en los planes de estudio de ningún policía, ni tiene legitimidad para definirla porque no se ha sometido ni siquiera al voto popular. Está en los funcionarios políticos que asumen la responsabilidad, frente a la sociedad, ante la principal demanda social, de darle respuesta al tema."