jueves, 20 de agosto de 2015

Criminología cultural y el trabajo con grupos juveniles violentos como actores sociales del cambio

APPIOLAZA, Martín (2014). Criminología cultural y el trabajo con grupos juveniles violentos como actores sociales del cambio. En: Mejia Rivera, J. Ballesteros, G. y Murillo, J. (2014) Coord. pp. 49-101. Editorial San Ignacio. Tegucigalpa.





Por Martín Appiolaza

Introducción
En la sociedad posindustrial, en el mundo globalizado huérfano de proyectos de sociedad totales, organizadores del tiempo y las acciones, donde el Estado ya no tiene el monopolio de la fuerza ni el control del flujo de divisas, personas o productos, están emergiendo las parcialidades culturales con fuerte arraigo local. Nuevos tiempos, nuevos problemas: se necesitan nuevas respuestas.
Son noticia todos los días: crimen organizado, grupos criminales que dominan las fronteras, tráfico de drogas y personas a cargo de paramilitares, pandillas cooptadas por el crimen, más leyes, más penas, más represión policial, cárceles abarrotadas, motines, grupos criminales que reclutan dentro de las prisiones y manejan los negocios ilegales en las ciudades vecinas, colusión entre política, grupos económicos, fuerzas de seguridad y crimen. Lo transmite la televisión, lo leemos en internet, sabemos lo que pasa simultáneamente en todos lados. Lo que sucede en nuestros barrios tiene conexión con la dinámica global.
Dijimos: los abordajes clásicos a la cuestión política criminal resultan ineficientes. No alcanza con sancionar leyes que controlen y disuadan porque la institucionalidad estatal resulta ineficiente a la hora de aplicarlas. Los patrones delictivos de otros tiempos son menos precisos en épocas de fortalecimiento de las identidades y autonomización de los sujetos. En consecuencia, las políticas tradicionales prescriben tratamientos correctivos que apelan a un control que se revela ineficiente. Por eso atendimos a la evolución de las teorías criminológicas y la atención a las políticas sociales. El reconocimiento del sujeto emancipado, que alcanza la expansión de sus oportunidades, necesita una política criminal que entienda los nuevos tiempos y atienda los conflictos desde un reconocimiento de las personas condicionadas por sus entornos.
La criminología cultural se pregunta sobre los sujetos transgresores, sobre los grupos transgresores. El nuevo enfoque interpela la definición de pandilla. Llegamos a la pregunta, ahora con un nuevo enfoque teórico, para tratar de definir nuestro objeto de estudio. ¿Qué son las pandillas?
En este capítulo nos ocuparemos de describir la perspectiva teórica de la criminología cultural, su metodología de trabajo y los principales aportes que ha brindado al entendimiento de qué son, cómo funcionan y por qué proliferan las pandillas. Tomaremos dos perspectivas de análisis de los grupos juveniles violentos inscriptas dentro de la nueva criminología, que abrevan en las teorías sobre movimientos sociales y la construcción de ciudadanía en la sociedad de la modernidad tardía. Pensaremos las pandillas como organizaciones y la posibilidad de convertirse en transformadores de sus condiciones sociales.

1. Una nueva propuesta metodológica
La criminología cultural se coloca en las antípodas de la criminalización de los grupos sociales que participan en subculturas urbanas. Desafía la tradición penal conservadora norteamericana, hegemónica en los últimos 30 años de la mano de la nueva derecha, según explican los tres principales teóricos de la criminología cultural Jeff Ferrell, Keith Hayward y Jock Young[1]. Se inscribe en la tradición de la criminología crítica.
Hablar de cultura, subcultura y poder, evoca la rica tradición de la teorización subcutural en la criminología. Ciertamente la criminología cultural evoca las investigaciones subculturales, desde los primeros trabajos de la Escuela de Chicago a los estudios clásicos de la Escuela de Birmingham. Así, está muy influenciada por la tradición interaccionista en la criminología y la sociología de la desviación, como impregnada de la teoría del etiquetamiento tomada en los ‘60 por la London School of Economics[2].
En esta perspectiva sobresale una visión sobre la relación entre capitalismo y cultura. En los ’80, John Lea y Jock Young[3] sostuvieron que el crimen es un problema endémico del capitalismo. Ahora, Ferrell, Hayward, y nuevamente Jock Young, agregan: “el capitalismo tardío continúa contaminando una comunidad después de otra, configurando la vida social en una serie de encuentros predatorios y saturando cada día la existencia con criminógenas expectativas de conveniencia material”[4].
En este contexto lanzaron el desafío de explorar las conexiones entre crimen, cultura y resistencia. “La criminología cultural intenta conceptualizar las dinámicas de clases, crimen, y control social en la fluidez cultural del capitalismo contemporáneo; intenta también entender las conexiones entre crimen, activismo y resistencia política bajo esas circunstancias”[5]. Los grafitis son un ejemplo de formas de resistencia, considerados delitos frecuentemente criminalizados en entornos urbanos utilizados para el consumo privado y marcados por la gentrificación. Se argumenta que los grafitis afectan las actividades económicas y por eso son perseguidos. Sin embargo, los grafiteros se organizan para resistir y dar respuestas políticas. Un buen ejemplo son los pixao propios de la ciudad de San Pablo.
Ante estos fenómenos, la criminología cultural intenta entender los actos delictivos y la criminalización en el contexto de la modernidad tardía, como un componente de resistencia ante los procesos de ordenamiento social. “Los criminólogos culturales entienden que el sentido simbólico y la comunicación estilizada están animando corrientes de la vida humana, y entonces examinan cómo esas corrientes culturales fluyen a través del crimen y el control”[6]. Por eso, los métodos deben estar en sintonía con los fenómenos emergentes en lo local, que circulan en redes globales, en empatía con las identidades contemporáneas y de los malestares. En otras palabras: los métodos de la criminología cultural deben ir al ritmo del crimen y de sus nuevas formas.
Surgen así algunas consignas metodológicas para entender el delito desde una perspectiva alternativa: (a) Mezclar lo instantáneo con el largo plazo; (b) Estar en sintonía con la imagen, abandonando los métodos de las ciencias sociales que privilegiaban el contenido sobre la forma. En la investigación del crimen hay que privilegiar la imagen sobre la palabra (atender lo simbólico, lo gestual, otorgando menos peso al análisis discursivo de los transgresores); (c) Conexión con métodos de producción de imagen y métodos de producción más literarios o artísticos que científicos.
Es que se necesitan nuevas formas en la investigación y análisis en una sociedad híper comunicada. Revisaremos tres aspectos metodológicos de la criminología cultural, para aproximarnos a los aportes que hace para entender la violencia y el delito desde una nueva perspectiva. La criminología cultural es a menudo equiparada con la etnografía. Lo cierto es que tienen mucho en común, pero la novedad es el entendimiento de que la modernidad tardía es un tiempo de liquidez[7].

           La inmersión. La etnografía estudia a personas y grupos a partir de la observación participante y entrevistas durante un tiempo de trabajo de campo para tratar de entender cómo se comportan, los significados de sus acciones y las interacciones que configuran la realidad del grupo. Y la criminología cultural también se propone investigar desde la inmersión en la vida de los criminales, de las víctimas, de los policías. Ser parte del proceso de significación.
(     Subjetividad. La criminología cultural no busca la objetividad de la etnografía positivista. Ni grabaciones ni estadísticas son determinantes. Tiene agenda propia y una mirada crítica de los métodos de definir lo criminal de la criminología ortodoxa. En esta perspectiva subyace una subversión en la lógica: se trata de entender a los grupos (en nuestro caso los grupos juveniles) y sus acciones, saber si producen crimen, resistencia, victimización o injusticia.
(    Sentido momentáneo. Las investigaciones etnográficas sobre el crimen y subculturas han sido largas. La investigación etnográfica es más existencial que temporal. Hay tiempos muertos. Para evitarlos, el progreso de los estudios de la criminología cultural no será medido en acumulación de datos sino por el abandono de la eficiencia profesional en función de los ritmos del mundo temporal de los otros. Pero los criminólogos culturales sostienen que en la inestabilidad líquida, propia de la modernidad tardía, incluso el sentido del crimen puede variar de un instante a otro. Ya no sirven las inmersiones largas en el campo. Intentan una etnografía de la construcción de sentido momentáneo. Se trata de trabajar en el límite, en situación de riesgo.
(    Dinámicas de los significados. Se propone observar las dinámicas de sentido, de representaciones e identidad intentando sintonizar con las dinámicas de desestabilización y la transitoriedad de las comunidades. “Es una etnografía inmersa en el interjuego de imágenes. Una etnografía confortable con el cambio de fronteras entre investigación, sujetos de investigación y activismo cultural. Para los criminólogos culturales, esta metodología de sensibilidad ante la ambigüedad y la incertidumbre ofrece además beneficios: la posibilidad de entablar comunicación con comunidades ilícitas en sus propios términos, y entonces explorar las transgresiones como un recurso de peligroso conocimiento y posibilidad progresiva”[8].
(     Criminología visual. Hay una tensión en estos registros entre la atención visual y un análisis crítico de la carga política. Los criminólogos culturales juegan en la tensión de participar en un primer plano para análisis contextualizado de las imágenes y las cuestiones de la justicia y la injusticia. Es un intento por explicar el significado, la situación y representación, y confrontar los daños de la injusticia y la desigualdad.

Un ejemplo del cambio de perspectivas y las posibilidades que ofrece esta “etnografía líquida” es la metodología de trabajo de David Brotherton y Luis Barrios con las pandillas de la Almighty Latin King and Queen Nation en Nueva York. Los investigadores desarrollaron un abordaje desde la dimensión cultural, insertándose en las prácticas políticas y culturales de las organizaciones callejeras para registrar de qué modo los grupos dejaron de delinquir nutriéndose de las capacidades acumuladas en resistencias políticas y haciendo pie en las identidades colectivas.
Así surgió que esas identidades están globalizadas. Las pandillas y sus miembros encarnan la liquidez de la inmigración y de la comunicación mediática. Se trata de sensibilidades polimorfas a través de alianzas globales que las propias pandillas construyeron[9]. Para los miembros de las pandillas, están relacionados los operativos de la justicia criminal y los etnógrafos, la imagen y la autoimagen de la pandilla, en su camino de constitución crítica.
En el trabajo de registro, mientras Brotherton y Barrios criticaban las imágenes existentes y la producción de sus registros fotográficos, comprendieron que la política de la imagen debe ser investigada. Es que “la representación de la vida de la pandilla por los miembros de la pandilla, la policía o etnógrafos, nunca es una práctica inocente”, explican Ferrell, Hayward y Young[10]. El análisis de lo visual es fundamental. La cotidianeidad está saturada de imágenes de crímenes. Películas, noticias, publicaciones, reality shows, todos ofrecen un cargamento visual que necesita un análisis criminológico para entender las formas del crimen en nuevos tiempos.
Pero también internet tiene una carga de información visual sobre el crimen que clama por atención y análisis. Otras tecnologías digitales aportan más insumos: teléfonos celulares, juegos virtuales, redes sociales. Los registros amateur de peleas callejeras subidas a la red social de videos YouTube escapan de las explicaciones más tradicionales sobre el delito. Imágenes de transgresiones, de victimización y de la justicia. Hay delitos cometidos solo para ser filmados, registros de transgresiones y protestas disponibles en imágenes. También las fuerzas de seguridad son grandes productores de imágenes sobre el delito.
En síntesis: la propuesta metodológica de la criminología cultural es enriquecer el entendimiento de los delitos con una observación participante, comprometida, inmersa en todas las formas de producción de significados cotidianos que refieren a las transgresiones y al delito. La inmediatez, la difusa trama de identidades y relaciones simbólicas y lo visual como características de una criminología para los tiempos líquidos de la modernidad tardía. Esto permite entender los delitos no como actos desviados, sino como significantes que abren el espectro hacia una comprensión mayor.
En palabras de Ferrell, Hayward y Young[11]:
El método de análisis de contenido etnográfico es un enfoque que sitúa el análisis textual en la comunicación de sentido y conceptualiza el análisis como un proceso continuo de intercambio intelectual. Al rechazar el mito de análisis de contenido textual como algo objetivo, reconoce la importancia de la participación de profundidad con el texto, de manera que el investigador pueda desarrollar un registro densamente descriptivo del texto en todas sus complejidades, del intercambio de información, del formato, del ritmo, y del estilo. En lugar de considerar el texto como una entidad unitaria que debe analizarse, también se entiende el texto y su significado como un proceso cultural, por lo que abarca los investigadores y texto. (...) Una sensibilidad hacia las sutilezas del significado, una apertura a las orientaciones de los demás, incluso si esos otros son textuales en la naturaleza.
Específicamente, la criminología cultural aporta una perspectiva alternativa de los grupos juveniles afectados por la violencia, entendiéndolos como organizaciones más que como comportamientos individuales. La perspectiva criminológica tradicional sobre las pandillas está basada en el modelo ecológico que reconoce sus antecedentes en la Escuela de Chicago y que no permite ver que las pandillas pueden existir más allá de ese medio ambiente al que atribuyen el origen.
El enfoque complejo, maleable y de carácter global que permite una aproximación con los instrumentos metodológicos que propone la criminología cultural, arroja datos que requieren de un análisis orientado hacia las posibilidades y contradicciones de los grupos y sus actores. Como sostiene Jock Young, el análisis debe ser escrito “contra” el positivismo criminológico caduco que pregona un cientificismo, empirista y conductista sin contexto histórico y carente de sensibilidad hacia las expresiones subculturales[12].
David Brotherton puntualiza que “en la criminología cultural nos encontramos precisamente con el tipo de correctivos inspirados sociológicamente, que esta clase de datos demandan, al interesarse por enfatizar en las múltiples formas de enfrentar y transgredir las normas, mitos y ficciones del orden social dominante, y en la relación reflexiva entre el investigador y el investigado”[13]. Este sendero es el que elegimos para aproximarnos al fenómeno de pandillas, intentando encontrar cualidades diferentes.

2. En busca de las pandillas perdidas
A la luz del marco metodológico de la criminología cultural se necesita una revisión de las definiciones. Ya propusimos una primera revisión de conceptos y definiciones de pandillas o bandas juveniles violentas. Visitamos las perspectivas más clásicas a partir de los cambios en el campo de la criminología. Ahora volvemos sobre ese punto con una perspectiva distinta: en décadas de trabajo de investigación ha ganado terreno la comprensión del fenómeno como respuesta a procesos sociales externos.
Hagamos brevemente el recorrido. Podemos rastrear la noción de pandillas en distintos rumbos. En España, por ejemplo, a fines del siglo XIX se usaba en los pequeños pueblos rurales para referirse a grupos de amigos[14]. En México tenía un uso similar.
Pandilla es sinónimo de ganga, que son los desechos en la minería: el material inútil que se elimina. En francés se dice “gangue”, que tiene su origen en el alemán “gang” que se utiliza para un filón de minerales en sentido figurado. En inglés, “gang” se utiliza indistintamente para las bandas juveniles que son las pandillas y para las bandas de adultos casi mafiosas. Como adaptación del español de la palabra ganga, o bien como adaptación del inglés antiguo de “gan” que significa “ir”, o la voz “gangr” que es un grupo de personas, es posible encontrar muchos puntos en común en el término y sus ideas asociadas: desecho, camino, filón, grupo.
Como vimos, en el ámbito académico los primeros trabajos sobre “gang” son los estudios de la Escuela de Chicago. Investigaron los grupos de jóvenes violentos en las esquinas de la ciudad afectada por la migración. Pero las pandillas no son un producto original de Estados Unidos, como pensaban en los años ‘20 en Chicago. Ya Charles Dickens habla de las pandillas en Dublín en la era victoriana. No es el único. Ha habido y existen grupos juveniles violentos en todo el mundo. Hay muchos antecedentes.
El proyecto Eurogang con alcance europeo, a partir de una larga investigación y comparaciones, basándose en las definiciones de Maxon y Maxon[15]definió: “una pandilla callejera es durable, integrada por grupos de jóvenes orientados en la calle cuya identidad incluye involucrarse en actividades ilegales”[16]. La particularidad que las define es la actividad delictiva y el riesgo de que se consideren criminales algunos comportamientos de los grupos juveniles para abordarlos desde la justicia penal (es el caso de la persecución a quienes usan tatuajes, por ejemplo, en los planes de Mano Dura o Escoba en América Central).
Malcolm Klein es uno de los principales investigadores del fenómeno de pandillas y aporta más elementos a la comprensión del fenómeno: “son grupos informales[17]. Como tales, muchos de ellos no tienen lista de miembros, estatutos ni bases constitutivas, ni decretos específicos, ni textos para definir la participación o los comportamientos aceptables… Es entonces difícil distinguir un miembro de una pandilla de uno que no lo es”. Respecto a las actividades de los pandilleros, agrega: “la vida es muy insípida. La mayor parte del tiempo hacen pocas cosas, duermen, se levantan tarde, pasean sin rumbo, hacen alardes, comen, toman, es una vida aburrida”[18].
Con un esfuerzo político por consensuar definiciones (algunas apuntando hacia el control y otras hacia el enfoque de derechos) la Organización de Estados Americanos, a partir de una serie de estudios nacionales, también construyó una. Se basa principalmente en la definición de Thrasher de 1927. Dice:
Las pandillas representan el esfuerzo espontáneo de niños, niñas y jóvenes por crear, donde no lo hay, un espacio en la sociedad (fundamentalmente urbano) que sea adecuado a sus necesidades y en el cual puedan ejercer los derechos que la familia, el Estado y la comunidad les han vulnerado. Emergiendo como grupos de la pobreza extrema, la exclusión y la falta de oportunidades, las pandillas buscan satisfacer sus derechos a la supervivencia, protección y participación, organizándose sin supervisión y desarrollando sus propias normas y criterios de membrecía, afianzando una territorialidad y una simbología que otorgue sentido a la pertenencia grupal. Paradojalmente, esta búsqueda de ejercer ciudadanía es, en muchos casos, violatoria de los derechos propios y ajenos, generando violencia y crimen en un círculo que retroalimenta y perpetúa la exclusión de la que provienen. Por ello, las pandillas no pueden revertir la situación que les dio origen. Siendo un fenómeno predominantemente masculino, las mujeres que se integran a las pandillas sufren con mayor intensidad las brechas de género y las inequidades propias de la cultura dominante[19].
En este intento de definición ecléctica aparecen conceptos de derechos vulnerados, ciudadanía y jóvenes activos buscando mejores condiciones de vida. Son temas que hemos visto en relación con el vínculo entre políticas sociales y política criminal, y que son centrales en los abordajes sociológicos del delito. Pero como dice el mismo trabajo de la OEA, intenta “transformar la visión del niño, niña y adolescente pandillero como aquel victimario que hay que perseguir y encarcelar, para restaurarle su condición de ciudadano/a sujeto de derechos que la misma sociedad ha marginado y ha desprotegido, violando el principio de universalidad e inalienabilidad de tales derechos”[20].
Reincidimos con la pregunta: ¿Qué es una pandilla? Desde la época de Thrasher las describen como grupos no supervisados armados, grupos que están en conflicto con otros grupos o con el Estado. Pero no colocan al delito como una condición necesaria.

2.1. Buscando nuevos aires
Repasemos. La Escuela de Chicago entiende pandillas como fenómeno local producto de la desorganización social resultante del proceso acelerado de crecimiento urbano. Cree en las bondades de la modernidad y su capacidad de organizar la sociedad a través de la producción: la comunidad local juega un papel decisivo y tiene los instrumentos para superar las causas que generan pandillas e integrarlas socialmente. Es una perspectiva que se corresponde con la media modernidad y la sociedad industrial, donde los grupos juveniles transgresores representaban la informalidad.
Pero aquella sociedad industrial de principios del siglo XX ya no existe. La modernidad tardía se caracteriza por la economía global, el crimen internacionalizado y los estados debilitados (como proyecto incumplido de bienestar general y como institucionalidad anémica consecuencia de las políticas neoliberales). Las pandillas de fin de siglo XX y principios del XXI tienen otras características: proliferan en grandes ciudades de todo el mundo, los miembros acceden a mercados ilícitos buscando procurarse recursos en contextos de grandes desigualdades y segregación. En algunos lugares se involucran en la violencia armada organizada, por ejemplo las maras centroamericanas, los grupos vendedores de drogas en Brasil, las bandas colombianas. Esas pandillas son bandas que se han institucionalizado en su entorno[21].
Las definiciones de pandillas del tiempo de Thrasher atribuidas a la urbanización, la inmigración acelerada y la desorganización social deben ser revisadas hoy en el contexto de la globalización como de sus consecuencias económicas y sociales. Carles Feixa sostiene que la definición de pandillas “se empezó a utilizar hace un siglo aproximadamente en ciencias sociales, para referirnos a un tipo de agrupación local vinculada a un barrio, a una calle, a una esquina, y seguimos utilizándola para referirnos a realidades muy distintas. Hoy la mayoría de las pandillas con las que estamos trabajando, ya no son grupos locales, de calle, de barrio o incluso de ciudad, sino que son en efecto agrupaciones que van más allá del territorio”[22].
Nuevos tiempos, nuevos modos de producción, nuevas formas de circulación de material y simbólica, inciden en las lógicas de los grupos, en el uso del tiempo y del espacio. Perea Restrepo, desde un análisis cultural de las pandillas como producto y reacción a las dinámicas sociales, propone un criterio amplio: “el título de pandilla se adquiere mediante la asunción del tiempo paralelo. En su universalidad. No obstante cada país, según las formas de expresión y tramitación de sus conflictos, le imprime una singularidad a sus pandillas”[23]. El tiempo paralelo es el propio tiempo: el pandillero no participa de los circuitos que arman la vida corriente y tiene un tiempo propio, lejos del convenido socialmente. Es un tiempo sin urgencias, fuera de los horarios, donde rige el día a día en contra de la previsión.
Mauro Cerbino ha trabajado con pandillas globalizadas como los Latin King en distintos contextos nacionales. Las llama pandillas globalizadas. Desde esta perspectiva, entiende las pandillas, barras o grupos juveniles callejeros como comunidades emocionales que ofrecen contención, apoyo, protección y un sentido a la vida de los miembros, justamente faltas que han tenido en sus entornos familiares en situaciones de extrema exclusión y donde los jóvenes no han podido llegar a sentirse plenos[24].
Muchas investigaciones han pensado las pandillas en relación con la desindustrialización. Un ejemplo es el texto “People and Folks” de John Hagedorn[25]. Pero, como el propio Hagedorn sostiene 20 años después en “Gangs in the late modernity”, las pandillas deben ser entendidas en un contexto mayor a la pérdida de las industrias, tomando distancia de la fe ciega de la Escuela de Chicago en el desarrollo de la producción capitalista. El nuevo contexto es el de la globalización[26]. Hay algunas pistas en los trabajos sobre las aglomeraciones de Klein[27], la informalidad en Castells[28] y la exclusión geográfica[29].
Tanto Hagedorn, Cerbino, Brotherton, e incluso Perea, incorporan una nueva perspectiva: la mirada de la criminología cultural sobre las pandillas como actores políticos en los barrios empobrecidos propios de la modernidad tardía, es un análisis integrador de estas nuevas perspectivas.
En esta lectura de las pandillas y la política, la banda se ve como un actor de bajo nivel político y económico, capaz de dar protección a una comunidad ante el abuso del Estado, mediar en las controversias de justicia callejera, y dispensar algunos servicios en ausencia del Estado o de cualquier forma legítima de acumulación de capital económico[30].
Brotherton cita a Touraine[31], cuando dice que lo importante es preguntarse cómo aquellos grupos de personas que no son considerados hacedores de la historia, en la época posindustrial, se vuelven movimientos sociales. Aunque sostiene que algunas pandillas no pueden jugar un rol de liderazgo político de vanguardia, porque no pueden trascender sus normas pro estatu quo.
Consideraremos dos perspectivas a partir de dos autores que miran a las pandillas en el nuevo contexto social. En ambos casos encuentran en la criminología cultural las respuestas para un mejor entendimiento de las pandillas como organizaciones callejeras (Brotherton) o como un nuevo espacio de institucionalización en sociedades duales y de alta exclusión (Hagedorn).

2.2. Pandillas en sociedades posindustriales: actores sociales
Desde una perspectiva de la seguridad en el abordaje de la violencia juvenil, el tema principal son los delitos. Ya hemos visto que hay enfoques sobre los grupos de jóvenes en situación de violencia que se concentran en el delito como característica de las pandillas. Pero el delito tipificado en los códigos penales no es una creación divina. Alguien se vuelve delincuente porque transgrede una ley escrita por representantes políticos con la función de legislar en función de un determinado orden social. Definir qué es delito y qué no lo es, en definitiva, es una decisión política que hace al ordenamiento social personalizando y persiguiendo algunos comportamientos.
Los delitos dependen entonces de los proyectos de sociedad vigentes, de las relaciones de fuerzas políticas, de la voluntad de las autoridades de hacer cumplir esas leyes, y sobre quiénes caerá el castigo si no las cumplen. Definir una pandilla desde el delito es relativo y se corresponde con esa correlación de fuerzas para imponer un orden social. En algún momento serán pandillas por delinquir y en otro caso no. Hay que contemplar otras miradas que se preocupan de cómo se organizan los grupos y cómo se articulan con lo social. Incluyendo las actividades ilícitas.
Por eso seguiremos las perspectivas que se nutren de la criminología crítica para entender las pandillas como productos de época. Nos concentraremos en dos perspectivas complementarias.
Brotherton y Barrios (2003) hablan de las pandillas como “organizaciones de la calle”[32]. Las definen como grupos integrados por jóvenes de clases populares, que sufren la exclusión y que construyen con la organización una identidad de resistencia en términos de Castells[33], que alcanza a sus miembros y les ayuda a tener poder (en lo personal y también como grupo), encontrar una referencia, alivio espiritual y constituirse en una voz para cambiar la situación de marginalidad y pobreza en que viven.
John Hagedorn[34] define las pandillas como “organizaciones de los excluidos socialmente y de grupos de adolescentes, institucionalizados en las calles o con la asistencia de grupos armados ya institucionalizados”. Delinquir participando en la economía subterránea y la venta de protección, son condiciones para la supervivencia.
¿Qué tienen en común las dos perspectivas? Coinciden en que las pandillas son organizaciones definidas en el ámbito urbano que aportan a sus miembros posibilidades de sobreponerse a las consecuencias de la socialización homogeneizante en la sociedad capitalista en su más reciente estadio, donde el Estado aparece debilitado. Hagedorn se ocupa de las organizaciones institucionalizadas, aquellas insertas en mercados ilegales donde la resistencia es violenta. Brotherton enfatiza en las posibilidades de las “organizaciones callejeras” para dar alivio personal, pero al mismo tiempo canalizar la resistencia en cambios. Los dos se apartan de la mera criminalización para concebirlas como actores sociales del cambio. Profundicemos.

2.2.1. Pandillas: organizaciones callejeras
Partimos de la idea de que las pandillas puedan “reformarse” políticamente, aportar al cambio del statu quo donde residen las causas de la violencia que las afecta. Es una perspectiva que ha comenzado a ser estudiada. Aunque la tradición académica sostiene que las pandillas y grupos marginales no ayudan a formar actores sociales con conciencia política.
Seguiremos a Brotherton[35], que teoriza pensando los rebeldes primitivos de Eric Hobsbawm[36] en los hiperguetos donde las pandillas pueden ser un recurso para el desarrollo comunitario.
Haciendo historia, ha predominado en los estudios académicos la concepción de los jóvenes en pandillas como desviados, aunque en complicidad y servicios mutuos con la comunidad. Sin embargo, las pandillas norteamericanas tuvieron un cambio importante en los años ‘70: incorporaron un repertorio de demandas sociales y raciales. Las pandillas se politizaron hasta convertirse en un actor político relevante en varias ciudades. Este antecedente guía la perspectiva de Brotherton.
Hagamos historia sobre la evolución del fenómeno de las pandillas en el contexto de Estados Unidos. Durante los años ’30, los pandilleros se vincularon a la política trabajando como matones de los partidos, moviéndose en la zona gris entre crimen y política (se trataba de “mano de obra” barata en actividades ilegales, como aún hoy es posible ver). Por ejemplo, las pandillas de irlandeses fueron reclutadas políticamente en Nueva York como las “bandas de voto” que intimidaban con la violencia para conseguir sufragios. Durante los mismos años, las pandillas blancas en Chicago fueron parte de los clubes sociales y deportivos que cumplían la función de estabilizar los vecindarios cercanos al cinturón negro (gueto) de manera de asegurar la división racial. Tuvieron mucho que ver con las políticas de segregación. Estos favores políticos muchas veces fueron recompensados con cargos para trabajar como policías, consiguiendo la inserción laboral formal, pero en un marco doctrinario de las instituciones policiales donde se buscaba regular el delito.

Cuatro décadas después se radicalizaron políticamente. Corrían tiempos de conmociones sociales, políticas y represión estatal. Algunos estudios relatan la aparición de las súper pandillas (supergangs) en las cárceles con un discurso nacionalista, acorde con la contra cultura de la época. Allí convivían encerrados los jóvenes de los guetos junto con líderes sociales también encarcelados. La respuesta penal contra las pandillas y grupos sociales demandantes facilitó la transferencia de conocimientos y la construcción de causas comunes. Para los grupos juveniles fue un paso de las márgenes hacia el centro de lo social. Sin embargo, quedaron limitados a la retórica de la reivindicación, sin poder articular liderazgos y visiones que los llevaran a proponer una alternativa social.
En este contexto conservador, de mayor polarización económica y fragmentación social, la explicación sobre el involucramiento de jóvenes en pandillas fue asociarlas con las clases bajas y pobres, predominantemente negros y latinos, profundizando el componente racial en las políticas de seguridad. De este modo también, negar la condición transformadora que los grupos juveniles habían mostrado en los años ’70, y justificar su persecución penal, según repasa Brotherton[38].
Las llamadas “súper pandillas” terminaron nuevamente aisladas, borrando cualquier posibilidad de convertirse en referentes de algún cambio. Mantuvieron un discurso contestatario que no alcanzó para erguirse en representantes de sus comunidades. Por el contrario, fueron vistas como organizaciones de derechas, infiltradas, reproductoras de las condiciones de sometimiento racial y de clases.
Hubo un nuevo cambio de época.
Con el fin del milenio se aproxima una escena post industrial, la era de la información, otro punto de vista cobró impulso: las pandillas como actores políticos en los barrios urbanos social y económicamente postergados por un desarrollo desigual. En esta lectura de las pandillas y la política, la banda se ve como un actor de bajo nivel político y económico, capaz de dar protección a una comunidad del abuso del Estado, mediar en las controversias de justicia callejera y ofrecer algunos servicios en ausencia del Estado o de cualquier forma de legítima de acumulación de capital[39].
Los tiempos cambiaron, los grupos cambiaron y la perspectiva teórica también debe cambiar.

2.2.2. Resistencia y movimiento social
Brotherton sostiene la concepción de las pandillas como posibles organizaciones de resistencia sobre tres pilares: estudios de movimientos sociales, la identidad de resistencia y la sociedad de la comunicación como un nuevo momento global. Lo hace valiéndose fundamentalmente de los aportes teóricos de Alain Touraine (la lucha por imponer un sentido a la historia) y Manuel Castells (identidades de resistencia).
Alain Touraine entiende que en cada movimiento hay actores que pelean por el control de la historicidad: definir las grandes orientaciones de la sociedad y sus relaciones. Por lo tanto, los movimientos sociales no solo buscan el cambio social sino que intentan sacar a la luz esas orientaciones de la sociedad subyacentes expresadas en las instituciones con las que el movimiento está en conflicto. Se trata de imponer una cultura que genere las acciones transformadoras[40].
Siguiendo a Touraine, Castells[41] aplica su teoría de los movimientos sociales a la era de la información. Analiza la importancia de la identidad como una construcción de las comunidades excluidas en la modernidad tardía. A partir de un marco teórico ecléctico, explica la emergencia de los movimientos de resistencia que a veces no persiguen el cambio estructural, pero pueden definir sus espacios culturales.
Para Castells, la identidad es el proceso de construcción de significados tanto por individuos como por colectivos, por el que ciertos recursos de sentido son priorizados sobre otros y eventualmente internalizados. E identifica tres tipos diferentes de identidad que son factores importantes en el desarrollo de los movimientos sociales: legitimidad, resistencia e identidad de proyecto. En los movimientos sociales interactúan estas identidades, aportando a su complejidad. Pero son la identidad de resistencia y la identidad de proyecto las que se relacionan con los movimientos de oposición a un orden social determinado. Pero en tiempos posmodernos tiene más relevancia la identidad de proyecto, porque es consecuencia del proceso en que los miembros y sus respectivas afiliaciones crean sus autorrepresentaciones y actúan en consecuencia.
A partir de estos aportes, Brotherton se propone repensar las pandillas como organizaciones callejeras. Si la literatura previa ya revisada nos da argumentos para entender las pandillas en su dimensión política, entonces hay que repensar esos estudios y ampliarlos. Plantea como un primer desafío cambiar el concepto de pandillas por “organización de la calle”, contrastando distintos momentos de los grupos en el ámbito local de estudio (Nueva York), pero que intenta generalizarlo como fenómeno de época.
Tabla 2
Cambio de pandillas en Nueva York (1985-1999)
Comparación
Organizaciones callejeras
(Street Organizations)
Pandillas
(Gangs)
Periodo
1996-1999
1985-1995
Estructura
Vertical con creciente nivel de descentralización.
Vertical con limitado nivel de autonomía local.
Territorio
 Extraterritorial
Situado territorialmente
Ideología
 Comunitaria/utopía/espiritual
Supervivencia callejera/empresarial/sectaria
 Educación
Pro escuela en la retórica y en la práctica.
Antiescuela en la práctica, pero retóricamente pro escuela.
 Delincuencia
Aunque algunas personas se dediquen a la delincuencia, esto no es sancionado por el grupo.
Retórica antidelincuencia, pero alta tolerancia en la práctica
Gestión de conflictos
Mayormente negociación y mediación en los conflictos inter e intragrupo con soluciones físicas como último recurso.
Negociación y mediación, pero confrontación y soluciones retributivas entre grupos; la solución al conflicto es común intragrupos y al interior de los grupos.
 Atuendo
Collares y colores a menudo mostrados en sus lugares.
Colores y objetos de consumo mostrados universalmente.
 Integración
Alta solidaridad, mantenida a través de la presión moral y política.
Lealtad mantenida a través de amenazas físicas y presión del grupo.
 Duración
Permanencia a largo plazo; entrada y salida del grupo a través de un acuerdo de consentimiento mutuo.
Permanencia a largo plazo; entrada a través de mutuo consentimiento, salida más difícil e incluye penalidades físicas.
 Comunicación
Reuniones locales y generales, boletines, reuniones cara a cara.
Locales y generales, y reuniones cara a cara, pero muchas decisiones tomadas a través de misivas secretas.
Fuente: Traducido de BROTHERTON, D. “Toward the gangs as a social movement”, en HAGEDORN, J. (ed.), Gangs in the global city. Alternatives to Traditional Criminology. Illinois University, Chicago, 2007.

El segundo desafío es construir un marco teórico que permita un análisis más profundo de las pandillas en su dimensión política. Las respuestas las da Touraine con los tres principios que identifica en construcción del movimiento social posindustrial: identidad, oposición y totalidad.
¿Cómo se configura esa identidad de resistencia? Carles Feixa lo explica en el contexto de las pandillas españolas formadas principalmente por inmigrantes latinos, valiéndose de elementos de las teorías del interaccionismo simbólico: “Para cualquier grupo alejado del poder, la única manera de recuperar cierta autoestima personal y colectiva es reforzar lo que otros consideran negativo de la propia imagen. En ese sentido, el hecho que alguien hable muy mal de algo provoca la reacción contraria”. Pero, cómo opera el discurso mediático señalador de las pandillas en el refuerzo de estas identidades:
Lo nuevo en el caso de las pandillas, su exotización, su manipulación mediática, supone que los imaginarios que antes se transmitían vía oral o cara a cara, ahora se transmiten de múltiples maneras y no siempre de forma unidireccional. Los jóvenes utilizan los símbolos que encuentran en Internet, porque Internet se convierte cada vez más en el medio, en el territorio donde toda la retórica, la simbología de los chicos de la calle están presentes. Y al final ni los investigadores, pero tampoco los propios miembros saben qué hay de auténtico (entre comillas) y qué hay, digamos, de recuperación mágica en los símbolos, discursos, retóricas, incluso en la historia de estos grupos[42].
Sintetizando, ¿qué es una organización callejera?
Es un grupo formado mayormente por jóvenes y adultos de una clase social marginada que intenta proveer a su membrecía una identidad de resistencia, una oportunidad de ganar poder individual y colectivo, una voz para responder y cuestionar la cultura dominante, un refugio del estrés y presiones de la vida del barrio o gueto y una comunidad espiritual dentro de la cual los propios rituales sagrados pueden ser creados y practicados[43].

2.2.3. Pandillas como institucionalización alternativa
La segunda perspectiva, con muchos puntos de contacto con la anterior para repensar el fenómeno, son las “pandillas institucionalizadas”. Es decir, aquellas que formalizan sus estructuras e incluso llegan a redactar sus constituciones. En muchas, “sus miembros se refieren a sí mismos como integrantes de una organización”. Se trata entonces de pensarlas como organizadoras de las personas, sus tiempos, sus lugares y acciones, en esos espacios en los que el Estado está ausente. Los guetos y villas son parte del cuarto mundo de la miseria del que habla Manuel Castells, y allí las pandillas ocupan un lugar cada vez más importante en la producción de lógicas sociales. “Cada pandilla es principalmente un producto del gueto y proporciona a sus miembros y comunidades un amplio rango de funciones sociales, económicas y simbólicas”[44].
Tomemos como ejemplos cuatro casos emblemáticos de institucionalización de pandillas: las súper pandillas de Chicago, las facciones de la droga en Río de Janeiro, las bandas de “color” como las bandas “numbers” de Ciudad del Cabo, y los Aztecas en las ciudades fronterizas entre Estados Unidos y México (especialmente Ciudad Juárez). En los cuatro casos nacieron en contextos de alta discriminación racial, se estructuraron dentro de prisiones y lideradas por referentes políticos encarcelados por las prácticas de represión. Inequidad, represión social, política y cárceles, cocaína y la defensa del espacio como mercado, racismo e identidad son los tres ejes que sostiene Hagedorn[45] como los factores para la institucionalización de las pandillas.
Hay que tener en cuenta: (a) El impacto sobre las pandillas de los procesos de aglomeración, gentrificación y la pacificación de las fronteras urbanas; (b) La relación entre la institucionalización de las pandillas contemporáneas y la informalización de la economía; (c) La convergencia del gueto y la prisión en el clima revanchista que se organiza en el ámbito carcelario.
El fenómeno de los grupos violentos puede entenderse como “nuevas guerras”, según Mary Kaldor[46]. En las últimas décadas predominan sobre los conflictos entre estados, los conflictos entre jóvenes de grupos armados. Se trata de grupos violentos y redes que incluyen sectas radicales de fundamentalistas islámicos, milicias de católicos y protestantes en Irlanda del Norte, pandillas hindúes y musulmanes en la India, grupos seculares revolucionarios como los zapatistas y otras guerrillas, células terroristas como Al Qaeda, los Warlords en los Balcanes y Somalia, tribus rivales en Rwanda y Burundi, sindicatos del crimen en Colombia, Nigeria, Rusia, entre otros[47].
Como ya hemos visto, los estudios de la Escuela de Chicago son un ejemplo de las teorías de la modernidad. Su desafío, que también alcanza a sus trabajos sobre pandillas, fue cómo asimilar a los inmigrantes y las culturas tradicionales a la nueva sociedad industrial. Modernizar y movilizar a las comunidades era la solución a la desorganización social y a la lucha de clases. Reformar e incluir al que se adaptara a un modelo predefinido. Creían en una racionalidad de parte del Estado y una capacidad de la sociedad civil para incluir evitando la discriminación, reduciendo la pobreza y la desorganización social.
Pero la perspectiva de la Escuela de Chicago, centrada en el desorden urbano y el efecto contagio, expresada en su paradigma ecológico, borró de sus estudios los aspectos vinculados a la segregación racial. Los tiempos han cambiado y hay un fortalecimiento de las perspectivas de grupos, religiones y localismo[48].

Tabla 3
 Comparación de perspectivas
Criminología tradicional
(Escuela de Chicago)
Nuevas perspectivas[49]
(pandillas como organizaciones callejeras / institucionalizadoras)
Las pandillas son grupos desviados y salidas temporales para los adolescentes en el camino progresivo de la modernización.
Mientras más pandillas hay de grupos de adolescentes pobres no supervisados, muchos otros son institucionalizados en guetos, barrios y favelas alrededor del mundo.
Las pandillas son una forma paradigmática de Estados Unidos, producidas por la industrialización y la urbanización.
Las pandillas se pueden encontrar en todo el mundo y responden a menudo a los cambios espaciales y a la globalización de las ciudades.
Las pandillas son principalmente jóvenes, producto de la desorganización social y no son primariamente organizaciones raciales o étnicas.
Las pandillas son actores sociales cuyas identidades son formadas por opresión étnica, racial y/o religiosa; a través de la participación en la economía informal; y a través de la construcción de género.
Fuente: Hagedorn[50].

Siguiendo a Hagedorn[51], hay otro aspecto que también cambió: la idea de que la economía informal va a estar bajo el control de los estados nacionales, resulta inexacta. Por eso la relación estrecha que se puede observar en distintas partes del mundo entre pandillas y economías informales no es una excepción sino que se ha vuelto una regla. Y al mismo tiempo se han fortalecido los mercados y debilitado los estados nación. Se han privatizado muchas funciones que tenían los estados y han surgido redes criminales mundiales ante la incapacidad de control estatal sobre aspectos de sus gobiernos y sus sociedades. Los grupos criminales más sofisticados se han convertido en la vanguardia del capitalismo, con mayor capacidad de adaptación y de aprovechamiento de las oportunidades económicas que ofrece el debilitamiento de los estados nación.
En las últimas dos décadas, muchas pandillas en todo el mundo encontraron en la venta de drogas prohibidas una fuente de ingresos muy importante. Esto se entiende en la persistencia de la economía informal en la era actual y sus reglas de funcionamiento globales. “La organización del tráfico de drogas se ha convertido en un principio organizador central de las pandillas institucionalizadas(…) Las pandillas ahora no sólo proveen hermandad para los jóvenes sino también una iniciación al trabajo y una fugaz, pero atractiva promesa de fabulosas riquezas”, describe Hagedorn[52]. Pero también estas organizaciones están involucradas en actos de extorsión, sicariato y cobro por protección para circular por territorios que controlan.
No hay que sorprenderse. La supervivencia en la economía informal ha sido una de las principales funciones de las pandillas organizadas. Hay que recordar que la prohibición de la venta de alcohol alentó la unificación de las pandillas de barrios en la mafia italiana de Al Capone y la formación de un staff permanente de matones y traficantes que permitía un nivel de ingresos para los jóvenes con perfiles violentos. Las Triads chinas controlan el mercado de drogas y personas desde hace décadas en el sur de Asia. Y en los últimos años, las bandas de todo el mundo aparecen vinculadas al negocio de drogas. También hay grupos armados con objetivos políticos que sobreviven por el tráfico o la protección a traficantes: Sendero Luminoso en Perú, los paramilitares y la guerrilla de las FARC en Colombia, Al Qaeda en Oriente Medio. Las fronteras entre organizaciones criminales, grupos nacionalistas, grupos integristas, organizaciones políticas, terroristas y pandillas, son borrosas.
Otro de los factores de la institucionalización de pandillas es el racial. La identidad racial ha sido ignorada en la mayoría de los estudios que hemos visto. “La segregación y la opresión racial han reforzado una identidad racial de gente oprimida”, advierte Hagedorn[53]. También apela a Castells para explicar que las identidades de resistencia son la base de movimientos sociales de todo tipo. La identidad de resistencia al racismo, siguiendo a Hagedorn, se puede escuchar en el gangsta rap que relata aflicción, rabia, híper masculinidad y una reacción individual ante la exclusión colectiva. Y observa que esta cultura muestra la realidad en cárceles y venta de drogas como un taller de la economía criminal y pandillas basadas en la organización social[54].
Pero las pandillas son más que rabia y masculinidad. Hay una coexistencia de pandillas surgidas por exclusión racial, política o religiosa que responde a las identidades de resistencia respecto a los procesos de la modernidad tardía. Es que la espiritualidad está relacionada con estas organizaciones, con sus identidades de resistencia y también suele estar atada a la violencia. Malcolm X es un ejemplo de activismo racial y religioso. Es que “en la modernidad tardía, racializar las identidades de resistencia es una posición clave de poder para los oprimidos, incluyendo pandillas”[55].
Teniendo en cuenta todo esto, podemos definir a las pandillas como “organizaciones de personas socialmente excluidas. Si bien las pandillas comienzan como grupos de adolescentes sin supervisión de pares y la mayoría sigue así, algunos se institucionalizan en barrios, favelas, guetos y prisiones. A menudo, estas pandillas institucionalizadas se convierten en empresas comerciales en la economía informal y unas pocas tienen algunos puntos de contacto con los cárteles internacionales. La mayoría comparte una identidad racial o étnica y una cultura de oposición que los medios de comunicación difunden. Las pandillas tienen vínculos variable con las instituciones convencionales y, en algunas situaciones, asumen roles sociales, económicos, políticos, culturales, religiosos o militares”[56].
¿Dónde está el aporte de la criminología cultural? Esta definición de pandillas es diferente a las de diversas subculturas de Cloward y Ohlin[57], categorías organizacionales de Klein[58] o de tipos evolutivos. La diferencia clave es el interés en la etnicidad y la institucionalización, características de la modernidad tardía. Esta perspectiva lleva a pensar el tema lejos de la justicia criminal. Y, como agrega Hagedorn: “El reconocimiento de las pandillas como actores sociales es una condición necesaria para la democracia en los Estados Unidos. Deben ser vistos como socialmente excluidos del proyecto moderno y no como la hez de la tierra”. Y no solo en Estados Unidos.
En síntesis, estos grupos pueden ser pensados como actores sociales reaccionando contra la homogeneización movilizada por el racismo, la segregación y la exclusión, en tiempos en que se fortalecen las referencias locales y los credos. Parece ser un proceso acelerado por las dinámicas económicas y de crecimientos poblacional globales. Resumamos: 
a)      Hay urbanización fuera de la planificación y control estatal por una economía informal de los bienes, que genera condiciones para el crecimiento de pandillas. Sucede especialmente en América Latina, Asia y África.
b)      Los estados se han retractado mientras crecen el flujo financiero, las políticas monetarias neoliberales y se enfatiza en políticas punitivas hacia las comunidades marginalizadas. Las pandillas y otros grupos de jóvenes armados se despliegan en los vacíos que dejó el Estado de bienestar.
c)      Se fortalecieron las identidades culturales. Es el método principal de resistencia a la marginalización. El fundamentalismo religioso y el nacionalismo han sido adoptados por muchos miembros de pandillas; la cultura hip hop y la variante del gangsta rap también proveen poderosas identidades de resistencia e influencias.
d)      La globalización ha permitido el florecimiento en algunas áreas de la economía informal como forma de supervivencia y rentabilidad, conectada internacionalmente por pandillas, cárteles y otros grupos similares.
e)      Hay una nueva división del espacio en las ciudades a través del mundo, como consecuencia de la economía global[59]. Desarrollo económico, hacer ciudades seguras y limpiezas étnicas, son las razones esgrimidas por los grupos dominantes y las mayorías religiosas para sacar a los otros de los espacios urbanos. Estos cambios espaciales han influenciado la naturaleza y la actividad de las pandillas.
f)       Algunas pandillas institucionalizadas comienzan a ser actores permanentes en comunidades y ciudades. Estas pandillas, a menudo, reemplazan o rivalizan con los grupos políticos desmoralizados y juegan roles importantes, aunque destructivos, en lo social, económico y político[60].
Hasta aquí revisamos dos líneas de estudio complementarias: pandillas como actores sociales (organizaciones sociales y pandillas como formas de institucionalización alternativa). La primera mirada observa los cambios en las organizaciones en el ámbito urbano y el proceso para mejorar sus condiciones de subsistencia. La otra perspectiva analiza el rol social de los grupos violentos en el ámbito de las economías ilícitas, construyendo identidades que se incluyen en la marginalidad y permiten la subsistencia.
Desde una perspectiva clásica, estos fenómenos hubieran sido reducidos a expresiones de criminalidad organizada. Nos interesa llegar más allá. El enfoque de la criminología cultural busca internarse en la dinámica de los grupos, sus acciones, sus construcciones de sentidos para alcanzar otra dimensión en la comprensión de la violencia y el delito.

3. Organizaciones juveniles como construcción de ciudadanía
A partir del repaso de estas líneas de investigación y los aportes de las nuevas miradas criminológicas, nos vamos aproximando a otro entendimiento de las pandillas como actores sociales en el contexto de ciudades posindustriales y globalizadas. ¿Cuáles son los principales aportes de la criminología cultural para repensar el fenómeno del delito y también aplicarlo a las pandillas? 
  a)      Busca un tratamiento integral del crimen en sus aspectos de experiencia sensitiva y psicológica.
  b)      Incorpora la experiencia dentro de la metodología, apartándose de cierto objetivismo.
  c)      Describe la relación entre los factores ocultos y visibles del crimen como acción.
  d)      Atiende a la producción de una estética propia de lo criminal, en términos de lo anormal y   subversivo.
  e)      Establece un repertorio de respuestas a las formas de control social.
Estas perspectivas son claramente aplicables al trabajo con pandillas. Digamos ahora que los aportes de la criminología cultural se puede advertir en los conceptos que presenta Feixa[61]. Habla de transnacionalismo desde arriba diferente del transacionalismo desde abajo, “que es la suma de operaciones contrahegemónicas de las no elites que rechazan la asimilación hacia cualquier nación-estado incluyendo las prácticas cotidianas de la gente corriente”. En el contexto de Barcelona, advierte que se presentan nuevas formas de socialibilidad sin fronteras geográficas ni de tiempo, pero que permiten reconstruir identidades globales. “Se trata de identidades híbridas que corresponden a las culturas juveniles de la era global”.
Dentro de los grupos de adolescentes y jóvenes violentos, más o menos divagantes, más o menos organizados, hay capital social que es posible comprender y abordar desde su reconocimiento como grupos con derechos vulnerados. La única forma de gestionar esos conflictos es poner oreja y decodificarlos. Entonces, las medidas de control violento quedan relegadas a una última instancia.
En esta línea, sostienen Pérez y Luz:
La pertenencia a un grupo o colectivo organizado de jóvenes es un elemento positivo. Estas agrupaciones ofrecen unos lazos de solidaridad, identidad e institucionalidad que el Estado no tiene la capacidad de ofrecer. Son grupos que han adquirido sus propias tradiciones culturales. Dichas culturas están más parcialmente integradas a la cultura hegemónica que opuestas a ella. Lo que sí es condenable es el comportamiento violento (…) Estos grupos poseen estructuras institucionales particulares de identidad, autoridad, lealtad y sentimiento de pertenencia a un grupo, además de un conjunto de códigos y normas propias[62].
Desde esta perspectiva, se requiere un cambio radical de rumbo de las políticas destinadas a estos grupos, con una agenda política que contemple los siguientes enfoques: políticas integrales, específicas, concertadas, descentralizadas, participativas y selectivas, como desde hace casi un siglo propuso la Escuela de Chicago[63].
Un paso adelante es trabajar con los grupos de modo que puedan ser agentes sociales del cambio. La conciencia y el compromiso social para transformar las comunidades de parte de niños, niñas y jóvenes con historias marcadas por la violencia, tiene muchos antecedentes en nuestras sociedades latinoamericanas.
La prevención social a través del compromiso social que trasciende el presente eterno, el tiempo paralelo, y que en cambio estimula identidades y compromisos, también fuera del grupo, da respuesta a las nuevas formas de exclusión en la modernidad tardía. Aporta relatos integradores, identidades colectivas y seguridad en contextos de inmediatez absoluta, fragmentación de la vida, de los espacios urbanos, de las historias y las experiencias. Concluyendo: es necesario valorar las oportunidades de prevención que ofrecen el reconocimiento y la participación de niños, niñas y jóvenes en transformar a través del compromiso social y el involucramiento político las condiciones, tanto estructurales como culturales, que generan violencia[64].
En el próximo acápite revisaremos algunos programas que entienden los grupos juveniles afectados por la violencia como organizaciones, valiéndose de preceptos comunes con la criminología cultural como organizaciones, como actores políticos capaces de generar cambios.

4. Grupos juveniles afectados por la violencia como actores sociales del cambio
La criminología cultural es una elaboración conceptual de algunos de los teóricos de la criminología crítica, que encuentran en los estudios culturales una mirada sobre la producción discursiva contrahegemónica para entender las formas de violencia como reacciones a los procesos de una sociedad excluyente a partir de formas bulímicas.
Este enfoque teórico aporta un marco conceptual para pensar las pandillas y grupos de jóvenes en situación de violencia como actores en la construcción de un nuevo orden en el espacio marginal, que participan en las disputas por poder y las prácticas violentas con una cara visible de este comportamiento. No se trata de justificar la violencia, sino de entender las dinámicas que operan detrás de esta, evitando la clasificación de los comportamientos que fundamentan la supresión violenta de los conflictos que proponen en beneficio de un orden que no los incluye. El desafío es entender a los grupos y sus miembros como sujetos de derecho, más allá de sus comportamientos, entender los conflictos que proponen apelando a veces a la violencia, para prevenirla a través de una gestión asertiva.
En este capítulo analizaremos brevemente cuatro proyectos que se basan metodológicamente en la criminología cultural, que abordaron pandillas como grupos en distintos contextos, mostrando que para una buena comprensión y abordaje es necesario trabajar con los grupos y entregarles herramientas para que expresen los conflictos hacia el orden social de manera no violenta. Esto implica transformaciones en los grupos, pero también en el entorno. En estos primeros casos analizados, las universidades y el propio gobierno fueron los que tomaron la iniciativa de reconocerlos como actores sociales.
Luego revisaremos otros ejemplos donde el trabajo con grupos incluyó, además de abandonar comportamientos violentos, la concientización y acción política de los grupos para incidir en cambios de su entorno. Se trata de modificar las causas estructurales de la violencia que sufrieron y reprodujeron. Sobre este aspecto ensayaremos algunas reflexiones para finalizar el capítulo.

4.1. De organizaciones de la calle a actores sociales
La criminología cultural propone el tratamiento integral para la violencia, trabajar desde una perspectiva vivencial entendiendo la relación entre factores visibles y ocultos, y concibiéndolo como un repertorio alternativo a las prácticas más tradicionales del control social. Aplicado a pandillas y grupos de jóvenes afectados por la violencia, Brotherton identifica cuatro ejes a partir del trabajo con Latin Kings en Nueva York[65].
  a)      Hay interés en el aspecto emocional. Hay una apuesta emocional en el acto transgresor. Por ejemplo, los pandilleros Latin Kings le dan mucha importancia al aspecto emocional, los rituales, representación, al juego, y a otras formas de trabajo expresivo y trascendente. La pertenencia no es un acto racional, sino que hay un posicionamiento físico y emocional, de compromiso con sus pares como ámbito intermedio; es un acto de clase que está determinado por historias de juego de poder.
  b)      Lo underground. Busca los aspectos ocultos de la ciudad, lo que está debajo de la superficie con la etnografía, en lugar de usar encuestas. Los Latin Kings asumen la ciudad como un todo, y se diferencian de otras organizaciones juveniles callejeras por el rechazo a la idea de territorio. Brotherton los describe como vagabundos urbanos. De este modo permiten a otros identificarse y rescatar su identidad en otras partes del mundo. Lo que la Escuela de Chicago vería como algo patológico, puede ser leído como fortalezas de la comunidad, capacidad de adaptación y resistencia.
  c)      Resistencia social. Pone atención sobre actos conscientes e inconscientes de desafío y transgresión. Esos actos muestran y extienden las relaciones de opresión vividas, la añoranza de la libertad y autonomía. Estos aspectos de infrapolítica aparecen en acciones de los grupos: participación en protestas políticas; en difusión de conceptos e ideas que critican las desigualdades de poder en las sociedades; tienen capacidad de autorganización, de producir contra-memoria y reacción a un orden impuesto por el mercado laboral y el consumo; interactúan con otros grupos cuestionadores del sistema, convirtiéndolo en autorreflexión e intentos de transformación.
  d)      Relativismo. No se ocupa de juzgar normalidades sociales, ni códigos de pandillas, sino que respeta los conocimientos de los excluidos, analizados a través de distintas formas de producción de mensajes. Crear un conocimiento cuestionador del orden es también un desafío de los investigadores que, al sumergirse en las dinámicas del grupo, deben revisar sus prácticas y distancias.
Visitemos casos donde las tecnologías, las artes urbanas y las propias dinámicas de poder por el control territorial son abordadas reconociendo la dimensión subjetiva, revisando las múltiples dimensiones de los grupos, entendiendo sus prácticas como una respuesta que aporta insumos para un trabajo integral de prevención de la violencia en función de la cohesión social.

4.1.1. Nueva York: organizaciones de la calle
El Proyecto Organizaciones de la Calle lo desarrolló la Universidad de la Ciudad de Nueva York-John Jay College, bajo la dirección del psicólogo Luis Barrios y el sociólogo David Brotherton, de quienes hemos analizado sus aportes teóricos. La iniciativa tenía entre sus metas y objetivos acompañar, concientizar, organizar, movilizar y documentar críticamente las subculturas juveniles en las calles de la ciudad de Nueva York. Los guiaba una metodología de investigación, acción y participación. La experiencia dio insumos para romper con los rudimentos de la psicología y la sociología tradicional sobre el tema de pandillas. La experiencia buscó empoderar a la comunidad y a los jóvenes envueltos en estos grupos, y articular sus voces a través de publicaciones y presentaciones académicas y comunitarias. El resultado final fue la consolidación de los grupos como actores sociales incidiendo en políticas públicas. Conozcamos un poco más.
El trabajo con pandillas se inició en 1996, promediando el mandato del alcalde conservador Rudolf Giuliani, el “líder más populista y autoritario de Nueva York en el último siglo”, según el propio Brotherton. Esa gestión tuvo como principal consigna reducir la tasa de criminalidad, reducir la inversión en servicios sociales calificados como excesivos, y preservar la ciudad como un ámbito para vivir y hacer negocios.
La dinámica política colocó a los Latin King como el paradigma del enemigo público para el orden y la seguridad de Nueva York. Fueron etiquetados como parte de un círculo vicioso que afectaba a dominicanos y puertorriqueños de clases populares. Un juicio al jefe de la pandilla terminó de montar una escena maniquea del bien contra el mal.
En las comunidades donde se originaban las pandillas, las condiciones sociales de vida eran de deterioro urbano y social. La mitad era pobre, sin educación secundaria completa, dos de cada tres familias eran monoparentales y en la misma proporción no tenían seguro de salud. Estos grupos latinos estaban en peores condiciones de vida que los blancos y afroamericanos.
La vinculación con la pandilla la realizó el reverendo Luis Barrios, con unos 600 o 700 miembros varones y entre 50 y 100 mujeres. La propuesta fue ayudar a documentar el proceso de transformación que la pandilla vivió en la ciudad. La investigación etnográfica de tres años incluyó observación participativa y no participativa, entrevistas a pandilleros en ámbitos escolares, laborales, judiciales y penitenciarios, así como entrevistas a decenas de pandilleros para construir sus historias de vida[66].
A la hora de describir el grupo, sostienen que estaba compuesto principalmente por puertorriqueños y dominicanos de primera y segunda generación, que venían de familias proletarias o subproletarias. En el periodo de análisis, donde también influyó la interacción con los investigadores, el grupo se comprometió socialmente a buscar un cambio en las políticas de exclusión y violencia inspirado por «una combinación de temas de justicia social y catolicismo, pentecostalismo y demás religiones sincréticas del nuevo mundo. La variación politizada del grupo se fue definiendo como “organización de la calle”, un colectivo de la calle híbrido que tenía las características de ambos: movimiento social y banda»[67].
La pandilla tiene hoy una dimensión internacional, con referentes en distintos países. La investigación, aproximación, experiencia de trabajo y consolidación de demandas en Nueva York sirvió como apoyo a otras experiencias con los Latin Kings and Queens Nation en el mundo.

4.1.2. Barcelona: legalización de los grupos latinos
La muerte en Barcelona de un joven en 2003, aparente víctima de un enfrentamiento entre dos pandillas latinas, generó pánico moral. Las pandillas latinas se instalaron como tema de agenda. Lo que no reflejaban las noticias era la presencia de “miles de muchachos y muchachas, llegados desde fines de los años noventa (gracias fundamentalmente a diversos procesos de reagrupación familiar), (des)terrados de sus lugares y redes sociales de origen en uno de los momentos más críticos de sus vidas (la siempre difícil transición a la vida adulta), y enfrentados en su lugar de destino a adultos (a)terrados frente a su liminaridad jurídica e institucional”[68].
Los jóvenes eran de la clase trabajadora, con elementos culturales e ideológicos y estilos de distintas tradiciones: latinoamericanos (pandillas o naciones), transnacionalizados como las tribus urbanas y otras formas difundidas de manera virtual. Un fenómeno de subculturas superpuestas conviviendo en el ámbito urbano de Barcelona y estableciendo diversas disputas simbólicas y territoriales.
Un tiempo después del crimen y mientras el tema de las pandillas latinas seguía en la agenda mediática, los Latin Kings comenzaron un proceso de transformación. Fue el resultado de discusiones internas impulsadas por el gobierno de la ciudad en las que decidieron que debían buscar reconocimiento y apartarse de los parques, espacios donde hasta ese momento venían reuniéndose y enfrentándose. Era una decisión por apartarse de prácticas violentas.
Al mismo tiempo, venía desarrollándose un estudio sobre el fenómeno de pandillas en la ciudad, propuesto por el Consejo de la Juventud. Los investigadores estaban en contacto con los Latin Kings gracias a una carta de presentación que hizo Luis Barrios (vinculado a la pandilla a través del trabajo en Nueva York). Es importante destacar aquí el carácter de globalización del grupo y cómo los vínculos establecidos en una ciudad resultaron válidos para los pandilleros en otro continente. Como consecuencia, se facilitó el proceso de trabajo y luego el acercamiento que hicieron los investigadores entre los pandilleros y funcionarios municipales.
La presentación de esta investigación sobre el fenómeno de las pandillas dio otra visibilidad a los Kings y sus adversarios, los Ñetas. Fue el paso previo a un proceso complejo pero interesante en el que los King empezaron a desarrollar su proyecto para ser reconocidos como una asociación civil y salir de la clandestinidad con el asesoramiento del Instituto de Derechos Humanos de Cataluña. Se necesitaron varios meses de reuniones entre los miembros de base de los grupos y de asambleas para discutir el borrador de los estatutos de la asociación. El acta fue aprobada y se mantuvo fiel a sus principios, pero también acorde a la legislación catalana, según cuentan Carles Feixa y Luis Barrios[69].
El Departamento de Justicia de Cataluña aprobó los estatutos y quedó constituida la Asociación Reyes y Reinas de Catalunya. “Nuestra aproximación se asentó en las siguientes líneas: conocimiento de la realidad, anticipación y prevención; plantear, ante problemas de dimensión social, soluciones sociales, diálogo y participación comunitaria, y legalidad y Estado de Derecho (…) Cualquier intervención preventiva que persiga la recuperación social del conflicto y no sólo la simple desaparición del problema, debe contemplar junto a la intervención social, el aporte de alternativas, la movilización de la comunidad y, en el caso que nos ocupa, la oportunidad del cambio en las organizaciones (…) El trabajo transversal de las diferentes agencias y operadores públicos, junto al compromiso de diversas organizaciones cívicas de inmigrantes y de derechos humanos, nos permitió abordar un proceso, aun bajo la hipótesis de transformación de una realidad con un alto riesgo potencial de fractura social”, explica Josep Lahosa, responsable político del proceso como Secretario de Prevención de Barcelona[70].
El proceso de reconocimiento fue seguido por una serie de acciones comunitarias que contribuyeron a fortalecer la asociación de los Reyes y Reinas, pero también a insertarlos en la dinámica social: (a)    Constitución de dos entidades jurídicas: la Organización Cultural de Reyes y Reinas Latinos en Catalunya y la Asociación Sociocultural Deportiva y Musical de Ñetas. (b) Fedelatina inició un proyecto que, bajo la denominación “talleres de Comunicación para Jóvenes”, desarrolló intervenciones para fomentar la creatividad para la resolución de problemáticas que los afectan. (c) Programa de sexualidad responsable con la Agencia de Salud Pública de Barcelona. (d) Con el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, se impulsó la "Misión Fotográfica Barcelona 2007", en la que un grupo de la Asociación de Reyes y Reinas Latinos de Catalunya trabaja con un fotógrafo reconocido, con el fin de captar sus relaciones con el medio urbano. (e) Talleres de radio, televisión y prensa escrita, así como la constitución de una productora musical. (f) Con Nou Barris Acull se desarrolló Unidos por el Flow, una iniciativa de trabajo con culturas urbanas como forma de expresión artística y generación de condiciones laborales.
De acuerdo con Lahosa,
los resultados demuestran que estas políticas han sido positivas. Los jóvenes han aprendido a relacionarse con la administración pública, también conocen mejor los resortes comunitarios, en definitiva, son socialmente más autónomos. Sin embargo, sabemos que hay tensiones, que hay individuos en los grupos, o incluso nuevos grupos que pueden surgir y preferir situarse en los límites de legalidad. En todo caso, la ciudad y el sector público están en mejores condiciones para responder[71].
Como en el trabajo con Latin Kings en Nueva York, es posible advertir que existieron elementos de abordaje surgidos desde una perspectiva de la criminología cultural. En primer lugar, una investigación que permitiera un entendimiento integral de los grupos y sus culturas, desentrañando factores ocultos y visibles, de modo de proponer un abordaje integral. Ese abordaje no se basó en la perspectiva de la persecución penal, sino en proponer una alternativa en la que investigadores, funcionarios y juventudes participaran en una experiencia personal, valorando la dimensión subjetiva y construyendo propuestas que los sacaran del rol de sujetos a controlar para posicionarlos en un rol de actores sociales del cambio. A partir de ahí, reforzaron el proceso de transformación y pacificación del grupo.

4.1.3. Ecuador: reconocimiento, formación y comunicación con Latin Kings
El trabajo con Latin Kings en Barcelona fue el antecedente del proyecto de trabajo en Quito, Ecuador. El vínculo con los referentes españoles abrió la puerta a los investigadores en Ecuador encabezados por Mauro Cerbino, para una aproximación hacia el grupo local. Pero no fue un proceso sencillo y rápido. Los jóvenes dudaban sobre las intenciones que movían a los investigadores que intentaban aproximarse al grupo, en un contexto de alto hostigamiento de parte del discurso mediático y de las prácticas policiales.
Explica Cerbino que, rompiendo metodologías tradicionales, se aproximaron al grupo atendiendo demandas de jóvenes Latin Kings que excedían un rol académico pasivo: querían lograr que la policía no los persiguiera y que mejoraran las condiciones de vida de los miembros del grupo. El rol del investigador, en sintonía con las propuestas de la criminología cultural, iba más allá de lo académico, asumiendo papel activo y de vínculo entre jóvenes e instituciones para que cambiaran su percepción social[72].
Las primeras actividades implicaron generar lazos de confianza con los medios de comunicación, aportando información para distinguir quiénes cometían delitos y no eran parte de la pandilla.
El vínculo con el Estado fue a través del Municipio Metropolitano de Quito en el proceso para que obtuvieran personería jurídica y se convirtieran en una corporación. El presidente Rafael Correa se las entregó en agosto de 2007: se convirtieron legalmente en la Corporación de Reyes y Reinas Latinas de Ecuador. Este reconocimiento trajo aparejadas responsabilidades y la necesidad de generar habilidades para relacionarse. Así surgió el proyecto Centros Tecnológicos de Organizaciones Juveniles (CETOJ), en una cooperación entre la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y el Municipio de Quito.
La finalidad del CETOJ era: “crear un espacio de interlocución ciudadano para que los jóvenes interactúen entre sí, con la comunidad y el gobierno local desde sus propios intereses, expectativas y propuestas en base al uso y apropiación de las tecnologías de la información y la comunicación”. Pero el punto de partida del proyecto, según explica Cerbino, fue comprender, observar y escuchar a los y las jóvenes en sus formas de actuar y significar el mundo. Esto implica también reconocer sus valores, sus maneras, ya que buscan ser visibles en una sociedad excluyente. En fin, el CETOJ buscaba conocer las condiciones estructurales donde surgen las violencias, carencias y vulneraciones de derechos en los ámbitos donde viven los jóvenes.
El CETOJ ofreció formación en etnografía y métodos de autoinvestigación, uso de equipo y herramientas informáticas, gestión de emprendimientos de economía solidaria, educación en construcción de ciudadanía y fortalecimiento de derechos, y formación de nuevos formadores para ampliar los alcances del proyecto. Esto implicó una metodología de formación y capacitación particular, que incluyó: conocer el vocabulario, construir al interlocutor como sujeto, y formar en prácticas contrahegemónicas para la transformación y el ejercicio de ciudadanía como práctica cotidiana.
La pedagogía participativa del proyecto logró su momento de máxima visibilidad con la muestra “Demo LK”. Es importante destacar que los ejes de gestión que ha identificado el CETOJ para que los Latin Kings completen su proceso son: (a) Político: participación en la constituyente, mesas de trabajo con movimientos sociales, definir posiciones respecto al gobierno y a las políticas públicas. (b) Cultural: gestión de espacios de conciertos, producciones audiovisuales y musicales. (c) Social: reconstruir tejido social desde la organización con nuevos emprendimientos de financiamiento mixto.
Prácticamente no hubo participación en actos ilegales de los miembros del proyecto que funcionó en base al reconocimiento, la participación y articulación de demandas para la transformación de las condiciones sociales.

4.1.4. Santo Domingo: poder juvenil en la imagen
El cuarto caso que tomamos de trabajo con pandillas desde una perspectiva de la criminología cultural, se desarrolló en República Dominicana. Allí participaron líderes y miembros de las “naciones” (pandillas juveniles), con edades que oscilaban entre los 12 y 24 años, formando la Red de Jóvenes Unidos. Provenían de barrios populares de Santo Domingo y trabajaron con una metodología de investigación-acción-participación sobre el problema del Sida.
Para documentar esta experiencia, nos basamos en un reporte parcial correspondiente al periodo de dos años a partir de 2004 (Antonio de Moya, 2008), donde se indica que el contexto dominicano es de alto nivel de exclusión económico, racial y con una mayor carga represiva sobre la juventud. El proyecto se desarrolló con el apoyo técnico y financiero del gobierno de República Dominicana, a través del Consejo Presidencial del Sida, y tenía como principal objetivo crear una estrategia experimental para la prevención de la enfermedad.
Según explican los participantes, las herramientas sobre las que se montó el proyecto son la participación y movilización para el cambio social, a través de técnicas de concienciación y comunicación comunitaria alternativas expresadas en artes populares como los grafitis, música y teatro.
En una primera etapa, jóvenes varones y mujeres de 20 naciones u organizaciones callejeras de barrios marginados de Santo Domingo (Guachupita y Cristo Rey) fueron formados por estudiantes de Medicina sobre la prevención del contagio del Sida, informando sobre los riesgos y alentando el uso del condón. Los pandilleros se comprometían a pintar grafitis, después de una discusión de grupo donde se decidían los mensajes e ilustraciones.
Sin entrar en detalles sobre el desarrollo del proyecto, digamos que las actividades e investigación en el periodo analizado permitieron alcanzar algunas conclusiones que refuerzan la perspectiva de análisis que venimos abordando: (a) La conflictividad de los jóvenes de las pandillas por el territorio es el resultado de la construcción de una idea de lo masculino basada en la cultura tradicional, que resulta opresora para los jóvenes y que finalmente sirve al exterminio de una forma de cultura callejera. (b) La empatía y el respeto a estas culturas juveniles genera respuestas movilizadoras. (c) Los miembros de las pandillas juveniles tienen un capital cultural y social, digno de ser valorado. Es posible ponerlo en juego a través de los líderes. (d) Aquellos temas que son entendidos como amenazas a la comunidad, en este caso el Sida, son de interés común y generan cambios profundos en las actitudes. (e) Se pueden definir políticas públicas para cambiar radicalmente la situación de la juventud, más allá de la generación de empleos (percibida como parte de una lógica de mantener un statu quo). La oferta de diversos empleos es una experiencia valiosa con resultados interesantes; sin embargo, en ámbitos de marginalidad avanzada, pueden ser causa de mayores conflictos[73].
Es posible establecer vínculos con las experiencias de Nueva York y Barcelona.
En Santo Domingo también vemos aspectos del modelo de organización de la calle de la ciudad de Nueva York, pero hay cualidades específicas que reflejan la condición colonizada dominicana. Por ejemplo, mientras que los miembros son en su mayoría chicos locales de las clases bajas del barrio, hay también un número creciente de miembros que han sido educados y socializados en los Estados Unidos y conocidos como los “Dominican-Yorks”. Muchos de ellos son deportados y por lo mismo doblemente estigmatizados como miembros de bandas y como ex delincuentes de los Estados Unidos. Es más, el grupo existe dentro de una economía política constituida sustancialmente por la economía lícita y la ilícita informal del Caribe y Sudamérica. Por ello, es natural que los miembros que han crecido en los barrios más pobres, donde el desempleo y el subempleo son la norma, sean atraídos por la estructura de oportunidades que brinda la economía informal, la cual en gran parte está conectada con el tráfico de drogas. Como consecuencia, el grupo tiene más elementos en común con sus orígenes en Chicago, al estar envuelto en negocios callejeros y disputas territoriales. Al mismo tiempo, también son parte de una red social urbana de “naciones” jóvenes que trabajan proactivamente en la solución de los problemas de la comunidad local, tales como la violencia interna en los grupos, el VIH-Sida, y la propagación de la enfermedad del dengue[74].
En coincidencia, los dominicanos responsables de la iniciativa y la investigación sostienen que las pandillas o naciones no proponen conflictos violentos desde una lógica revolucionaria. Pero sí tienen un componente transformador desde donde se sostuvo la iniciativa: “Tal vez las verdaderas transformaciones sociales, económicas, políticas, culturales y espirituales sólo podrán ocurrir desde ahora bajo el signo de la paz con justicia”[75]. Nuevamente, un abordaje integral, reconociendo las diversas juventudes, poniendo en primer lugar la experiencia del investigador y de los jóvenes, de modo de construir un aprendizaje de las dinámicas grupales, de las expectativas individuales y de los condicionantes sociales. Entonces, surgió una propuesta de trabajo alternativa al control criminalizante del grupo —pese a ser definido como grupo de riesgo ante la violencia— para abordar el problema desde una perspectiva integral, gestionando los conflictos y reconociendo a los jóvenes como actores sociales relevantes para el cambio.

4.2. Participación e involucramiento como opción
Hasta aquí surge un elemento común, rescatable desde una metodología de criminología cultural que presta atención a la dimensión vivencial de los grupos y su capacidad para proponer un repertorio alternativo al control social. Ese aspecto en común es que los niños, niñas y jóvenes afectados por la violencia pueden ser actores sociales relevantes en el cambio de las condiciones del entorno social donde surgen. Sus actos pueden ser también actos de resistencia (en una dimensión de micropolítica y no estructurados como movimientos sociales). Esta forma de participación se transforma entonces en un elemento para la prevención social de la violencia y el delito a partir de la participación efectiva, elemento estructurante de los derechos humanos. Veamos qué sucede en dos casos paradigmáticos.
En los barrios de Ciudad Juárez (México) más afectados por pandillas, muchas veces involucradas en el crimen organizado, se desarrolla el proyecto Casa de Promoción Juvenil. Se basa en metodologías participativas que reconocen y respetan como sujetos de derechos a los y las jóvenes expuestos a situaciones de mucha violencia (en el hogar, en el barrio y en una sociedad que niega todo tipo de derechos). Educan en espacios de diálogo, negociación y participación para que se reconozcan como personas, al tiempo que se constituyen primero en parte de grupos, luego en ciudadanos con compromisos y con responsabilidades sobre sus proyectos particulares, como son los de toda la comunidad. En otras palabras, es un proceso de subjetivación y de construcción de ciudadanía emancipada que plantea sus conflictos en torno al ámbito comunitario como una forma de conquista de derechos y de transformación de las condiciones estructurales que facilitaron la condición de violencia en la que se encuentran.
El proyecto Luta pela paz (Lucha por la paz) nació como una academia de boxeo en la favela La Maré, en Río de Janeiro, dirigida por Luke Dodwney, antropólogo y exboxeador amateur. Es una comunidad tomada por facciones del crimen organizado. El desarrollo del proyecto, que se inició como una pequeña iniciativa de la organización Viva Rio, significó un espacio de recreo y formación en un entorno hacinado, violento. Algunos de los adolescentes y jóvenes que participan eran utilizados por el narcotráfico como soldados, sometidos a situaciones de mucha violencia. Se pudo implementar porque hubo tolerancia de parte de los jefes criminales que controlaban la favela. Una aceptación tácita, quizás porque se entiende que es algo bueno para la comunidad y que los niños involucrados en el tráfico no son buenos para nadie.
Los aportes del proyecto para prevenir la violencia fueron el aprendizaje de un deporte donde el esfuerzo a lo largo del tiempo produce resultados (dejar de vivir al día), respeto del entorno y seguridad personal ante un contexto de agresión permanente. El boxeo aportó la disciplina y las rutinas de las prácticas. También hubo prohibición de consumos nocivos dentro de la academia. Quienes querían participar en el proceso de trabajo debían tener buenas calificaciones escolares y asistir a talleres de formación en distintas disciplinas. También se involucraron en el gobierno del proyecto, y más tarde en procesos políticos de incidencia por los derechos de los niños y de los jóvenes. Aportó gratificaciones simbólicas y algunos participantes asumieron compromisos de incidencia política y social para mejorar las condiciones de vida en sus comunidades.
Casa de Promoción Juvenil y Lucha por la Paz, son dos proyectos que tienen un enfoque de conciencia y compromiso social para transformar las comunidades de parte de niños, niñas y jóvenes con historias marcadas por la violencia, y tienen muchos antecedentes en nuestras sociedades latinoamericanas. Lo vimos asociado con el boxeo, con el arte urbano y también en los proyectos de Ciudad Juárez. Lo podemos rastrear, además, en las juventudes sindicales de principios del siglo pasado o en la militancia social de base —religiosa y política— que genera inclusión con apoyo a la formación escolar, reflexión social, solidaridad, identidades colectivas, protección y respeto.

5. Puntos en común y lecciones aprendidas
Hay una variedad muy amplia de proyectos orientados a la prevención de la violencia en adolescentes y jóvenes. Cuando esa violencia es agravada por la presencia de armas de fuego y la participación en grupos violentos, generalmente involucrados en mercados ilícitos, la variedad se acota.
La investigación “Ni guerra, ni paz”, trabajo referencial a la hora de presentar el fenómeno de niñez y juventudes involucradas en violencia armada organizada (COAV), sugiere una serie de lecciones aprendidas y acciones para abordar el fenómeno[76]. Las principales recomendaciones son:
  a)      Reconocer la especificidad del problema de niños, niñas y jóvenes sometidos a situaciones de violencia y participando en grupos armados. Distinguirlo del crimen común, pero también de niños soldados.
  b)      Diseñar políticas específicas en el ámbito de gobiernos locales, basadas en un análisis del fenómeno, de los factores de riesgo e influencias que llevan al involucramiento para plantear entonces prácticas preventivas.
  c)      Establecer políticas específicas que reduzcan los riesgos (educación, pobreza, justicia, control de armas, policías de proximidad). También construir resiliencia a través de redes comunitarias de prevención y rehabilitación.
  d)      Estudio, monitoreo e investigación permanente de la evolución del fenómeno de violencia armada.
  e)      Reformas en las prácticas policiales, en la Justicia.
  f)       Políticas de desmovilización y reintegración.
Sistematizando aún más el abordaje y planteándolo en términos de violencia de pandillas, Rebeca Pérez lo resume en movilización, desarme e integración (MDI)[77]. En un primer momento se propone establecer una estrategia de movilización y contactos con los grupos, para lo que será necesario también un marco legal y actores capaces de establecer vínculos con los grupos de niños, niñas y jóvenes en pandillas. Luego establecer prácticas de desarme que no sean en sí mismas un despojo del arma, sino también acuerdos que conduzcan al tercer momento, el de integración social y económica, facilitando el acceso a educación, salud, servicios, recreación y también convivencia pacífica.
Otra de las visiones de abordaje de infancia y juventudes afectadas por la violencia va más lejos del enfoque de riesgo, enfatizando en que deben ser sujetos activos de las transformaciones, capaces de liderar con sus grupos el cambio de sus realidades. Como sostiene en su hipótesis la investigación Maras y pandillas en Centroamérica, es más fácil movilizar el capital social que los cambios estructurales socioeconómicos (factores estructurales) para prevenir y reducir la violencia. Por eso apuesta a la movilización del capital social positivo[78].
En los casos presentados hemos visto no solo el capital social en el entorno comunitario como causa de la aparición de pandillas, sino también que lo suplanta un capital social dentro de los propios grupos: vínculos negociados, liderazgos y dinámicas de los grupos pueden ser la herramienta movilizadora[79].
Un relevamiento de los programas de abordaje exitosos de pandillas en América Central y Estados Unidos, realizado por Washington Office on Latin America, también coincide en algunos de estos aspectos[80]. Sostiene que esos programas incluyen: (a) Protagonismo comunitario, participativo, involucrando a instituciones educativas, de salud, religiosas, policía y principalmente el gobierno local, en los que el gobierno aporte asistencia técnica y financiamiento. (b)    Evaluación de condiciones de violencia y diseño de proyectos en el ámbito local, con la participación y el reconocimiento de niños, niñas y jóvenes, respetando su identidad y pertenencia en relación con las pandillas. Quienes han sido parte de pandillas y programas suelen ser los mejores articuladores. (c) Deben tener relaciones con la mayor cantidad posible de organizaciones comunitarias locales que ya desarrollan programas, así como relaciones constructivas con la policía local.
Pasando en limpio: los programas de prevención y abordaje de la violencia en adolescentes y jóvenes deben tener una perspectiva de derechos, reconocer a todos los actores, garantizar su participación efectiva, valorar los capitales sociales dentro de las propias organizaciones y negociar pautas que permitan el desarrollo de las iniciativas en el ámbito local, sin descuidar la transformación de las políticas generales. Ahora el desafío es metodológico: de qué modo garantizar todas estas condiciones. En los programas arriba analizados pudimos ver cómo los deportes, las tecnologías y las artes urbanas son un buen espacio para el abordaje.
Vanderschueren agrega también la formación espiritual como forma de prevención de la violencia y como camino de salida de la actividad pandilleril. Es posible recoger en la región muchas historias de gente que optó salir de las pandillas a partir de un compromiso espiritual[81]. Agreguemos uno más: la participación política[82]. Históricamente, los sindicatos y las organizaciones políticas comunitarias han aportado identidad, contención y pertenencia a los niños, niñas y jóvenes. Incluso, han transmitido un sentido de transcendencia superador de la supervivencia cotidiana, el tiempo fuera del tiempo con que describe Perea la vida de las pandillas. Ya hemos mencionado ejemplos en que la búsqueda de respeto, reconocimiento y el fortalecimiento de una identidad se fortalece en la acción colectiva. Pero, además, desde una perspectiva de derechos, nada mejor que los miembros del grupo involucrados en la incidencia para transformar sus comunidades y prevenir la violencia[83].
Construyamos una conclusión parcial a partir de las observaciones de Josep Lahosa, que ha contribuido con su experiencia trabajando con las pandillas en Barcelona. En diálogo con el autor, revisando los ejes de este trabajo y algunas experiencias, se desprenden tres conceptos centrales en torno a los enfoques teóricos y las posibilidades de replicabilidad.
  a)      Heterogeneidad cultural. La situación de pandillas en grandes ciudades es de gran heterogeneidad. Hay que tomar distancia del enfoque de la Escuela de Chicago, donde la estratificación por razones antropológicas es central. Es difícil aislar tan claramente grupos por razones étnicas y culturales. El espacio urbano es un espacio de hibridaciones y mezclas. Por ejemplo, los Latin Kings en Barcelona, reúnen a gentes de distintas etnias donde los latinos son solo uno de los grupos. Hay filipinos, magrebíes, chinos y por supuesto españoles. El líder de los Latin Kings en Barcelona es un catalán casado con la hermana del líder en Quito. Por un lado existe heterogeneidad, pero por otro capacidad federativa de las pandillas.
  b)      Organizaciones de calle. Las pandillas o grupos juveniles de calle son heterogéneas y no tienen como función principal el delito. Son un espacio de apoyo y complementación de pares, donde se ponen en evidencia los lazos perdidos y las necesidades. Entonces, es importante distinguir en la categorización. Su objetivo principal no es delinquir. El enfoque no debe ser criminal. Lahosa distingue: “las políticas sociales deben abordar a los grupos como grupos y la Justicia como individuos”. Entonces, no es aceptable la figura de asociación ilícita en estos grupos ni tampoco heterogeneidad propuesta por el enfoque punitivo. En el caso de Barcelona no disputan el dominio territorial y mantienen relaciones con el Estado a partir de una experiencia de quiebre colectiva —según coinciden Carles Feixas y Mauro Cervino— o como consecuencia de las experiencias individuales en relación con el Estado de bienestar (en la hipótesis defendida por Lahosa). Las experiencias como grupo, cualquiera sea la hipótesis, les permite otra institucionalización y consolidación como grupos. Es decir, el cambio en las prácticas es posible a través de una experiencia colectiva.
  c)      No hay una praxis de la resistencia. Si bien es frecuente encontrar discursos respecto a la resistencia a la exclusión de parte de los miembros de algunas de estas organizaciones de calle, es difícil que sean sostenibles en el tiempo y que se plasmen en acciones de resistencia política, en los términos tradicionales de acciones políticas. En este punto, la perspectiva de Lahosa —marcada por su rol estatal—, desconfía de la posibilidad de la formación automática de un nuevo grupo subalterno dispuesto al cambio. A diferencia de la mirada de Barrios, Brotherton, y también Cerbino, se sitúa en una perspectiva de movimientos sociales diferente a la que eligen otros autores de la mano de Touraine. En este punto, nos inclinamos a pensar que la relación con el Estado puede marcar una puerta de entrada para una institucionalización (distinta a la institucionalización en las márgenes y mercados ilegales que describe Hagedorn). Y también que el proceso para constituirse en actores sociales con capacidad de incidencia política necesita de instancias de reconocimiento, formación y participación efectiva.
Pasando en limpio, los casos en que los grupos se muestran con mucha heterogeneidad, fragmentación, dinamismo y prácticas delictivas permanentes, la propuesta es lograr un abordaje individual sobre el delito porque es imposible la prevención en un clima de impunidad, y el abordaje del grupo desde una perspectiva de derechos.



[1]FERRELL, J., HAYWARD, K. y YOUNG, J. Cultural Criminology. An Invitation. Sage, Londres, 2008.
[2]Ibíd., p. 5.
[3] LEA, J. y YOUNG, J. ¿Qué hacer con la ley y el orden? Editores del Puerto, Buenos Aires, 2000.
[4] FERRELL, J., HAYWARD, K. y YOUNG, J. Cultural Criminology… op. cit., p. 14.
[5]Ibíd., p. 15.
[6]Ibíd., p. 168.
[7] BAUMAN, Z. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999.
[8] FERRELL, J., HAYWARD, K. y YOUNG, J. Cultural Criminology... op. cit., p. 183.
[9] BROTHERTON, D. “Toward the gangs as a social movement”, en HAGEDORN, J. (ed.). Gangs in the global city. Alternatives to Traditional Criminology. Illinois University, Chicago, 2007.
[10] FERRELL, J., HAYWARD, K. y YOUNG, J. Cultural Criminology… op. cit., p. 183.
[11]Ibíd., p. 189.
[12] YOUNG, J. “Globalization and Social Exclusion: The Sociology of Vindictiveness and the Criminology of Transgression”, en HAGEDORN, J. (ed.), Gangs in the global city… op. cit.
[13] BROTHERTON, D. “La globalización de los Latin Kings: criminología cultural y la banda transnacional”, en CERBINO, M. y BARRIOS, L. (ed.). Otras naciones: jóvenes, transnacionalismo y exclusión, FLACSO Ecuador/Ministerio de Cultura de Ecuador, Quito, 2008, p. 31.
[14] LAHOSA, J. “Pandillas juveniles en España: la aproximación de Barcelona”, en Urvio. Revista Latinoamericana de Seguridad Ciudadana, Nº 4, FLACSO Ecuador, Quito, mayo 2008, pp.47-58.
[15] MAXSON, C. y KLEIN, M. “Investigating gang structures”, en Journal of Gang Research, Nº 3, 1995, pp. 33-40.
[16]KLEIN, M., KERNER, H., MAXSON, C. y WEITEKAMP, E. (eds.), The Eurogang paradox: Street gangs and youth groups in the U.S. and Europe. Kluwer, Amsterdam, 2001.
[17]KLEIN, M. “Street Gangs”, en TONRY, M. (ed.), The Handbook of Crime and Punishment. Oxford University Press, Nueva York, 1998.
[18] KLEIN, M. The American Street Gang. Oxford University Press, Nueva York, 1995.
[19] Organización de Estados Americanos. Definición y categorización de pandillas. Departamento de Seguridad Pública, Washington, 2007.
[20]Ibíd., p. 45.
[21]HAGEDORN, J. A world of gangs. Armed Young Men and Gangsta Culture. University of Minnesota Press, Chicago, 2008.
[22] SANTILLAN, A. “Pandillas transnacionales: redes, flujos, memorias, identidades. Diálogo con Carles Feixa”, en Urvio. Revista Latinoamericana de Seguridad Ciudadana, Nº 4… op. cit., p. 144.
[23] PEREA RESTREPO, C. Con el Diablo adentro. Pandillas, tiempo paralelo y poder. Siglo XXI Editores, México, 2007.
[24] CERBINO, M. Jóvenes en la calle: Cultura y conflicto. Editorial Anthropos, Barcelona, 2006.
[25] HAGEDORN, J. People and Folks: crime and the Unders class in Rustbelt City. Lakeview Press, Chicago, 1988.
[26] HAGEDORN, J. “Gangs in Late Modernity”, en HAGEDORN, J. (ed.), Gangs in the global city… op. cit.
[27]KLEIN, M., KERNER, H., MAXSON C. y WEITEKAMP E. (eds.), The Eurogang paradox… op. cit.
[28] CASTELLS, M. La era de la información. Economía, Sociedad y cultura. Vol. 2, El poder de la identidad. Siglo XXI Editores, México, 1999.
[29] WACQUANT, L. Las cárceles de la miseria. Manantial, Buenos Aires, 2000; YOUNG, J. The Exclusive Society: Social Exclusion, Crime and Difference in Late Modernity. Sage, Londres, 1999.
[30] BROTHERTON, D. “Toward the gangs as a social movement”, en HAGEDORN, J. (ed.), Gangs in the global city... op. cit.
[31] TOURAINE, A.  El retorno del actor. EUDEBA, Buenos Aires, 1987.
[32]BROTHERTON, D. y BARRIOS, L. The Almighty Latin King and Queen Nation: Street Politics and the Transformation of a New York City Gang. Columbia University Press, Nueva York, 2003.
[33] CASTELLS, M. La era de la información… op. cit.
[34] HAGEDORN, J. “The global impact of the gangs”, en Journal of Contemporary Criminal Justice. Vol. 21, mayo 2005, p. 156.
[35]BROTHERTON, D. “Toward the gangs as a social movement”… op. cit.
[36] HOBSBAWN, E. Rebeldes primitivos. Ariel, Barcelona, 1983 (1959).
[37] BROTHERTON, D. “Street Organizations”, en KONTONS, L. y BROHTERTON, D. (eds.), Encyclopedia of Gangs. Greenwood Press, Londres, 2008, p. 235.
[38]BROTHERTON, D. “Toward the gangs as a social movement”… op. cit.
[39]Ibíd.
[40] TOURAINE, A. El retorno del actor... op. cit.
[41] CASTELLS, M.  La era de la información… op. cit.
[42] SANTILLAN, A. “Pandillas transnacionales: redes, flujos, memorias, identidades. Diálogo con CarlesFeixa”… op. cit., p. 143.
[43]BROTHERTON, D. y BARRIOS, L. The Almighty Latin King and Queen Nation… op. cit.
[44] HAGEDORN, J. “Introduction: Globalization, Gangs, and Traditional Criminology”, en HAGEDORN, J. (ed.). Gangs in the global city… op. cit., p. 301.
[45] HAGEDORN, J. A world of gangs. Armed Young Men and Gangsta Culture. University of Minnesota Press, Chicago, 2008.
[46] KALDOR, M. Las nuevas guerras: la violencia organizada en la era global. Tusquets Editores, Barcelona, 2001.
[47] HAGEDORN, J. “Gangs in Late Modernity”… op. cit., p. 297.
[48] CASTELLS, M. La era de la información... op. cit.
[49] Con aportes de la criminología cultural.
[50] HAGEDORN, J. “Introduction: Globalization, Gangs, and Traditional Criminology”… op. cit., p. 2.
[51] HAGEDORN, J. “Gangs in Late Modernity”… op. cit.
[52]Ibíd., p. 303.
[53]Ibíd., p. 298.
[54] CASTELLS, M. La era de la información… op. cit.
[55] HAGEDORN, J. “Gangs in Late Modernity”…. op. cit., p. 301.
[56]Ibíd., p. 309.
[57] CLOWARD, R. y OHLIN, L. Delinquency and Opportunity: A Theory of Delinquent Gangs. The Free Press, Nueva York, 1960.
[58]KLEIN, M., KERNER, H., MAXSON, C. y WEITEKAMP, E. (eds.), The Eurogang paradox… op. cit.
[59] CASTELLS, M. La ciudad informacional. Alianza Editorial, Madrid, 1995.
[60]HAGEDORN, J. “The global impact of the gangs”… op. cit., p. 153-169.
[61] FEIXA, C. “Nuevos espacios de negociación intercultural”, en VV. AA. La política de lo diverso. ¿Producción, reconocimiento o apropiación de lo intercultural? Ponencias presentadas en el I Training Seminar del Foro de Jóvenes Investigadores en Dinámicas interculturales. CIDOB, Barcelona, 29 y 30 de octubre de 2007.
[62] PÉREZ, R. y LUZ, D. “El fenómeno de la violencia armada organizada”, en Urvio. Revista Latinoamericana de Seguridad Ciudadana, Nº 4, FLACSO Ecuador, Quito, mayo 2008, pp. 75-76.
[63]Ibíd.
[64] APPIOLAZA, M. “Participación, respeto y compromiso social: condiciones para prevenir la violencia con niños, niñas y jóvenes”, en Desafíos para el planeamiento estratégico de la seguridad ciudadana. Ministerio de Seguridad e Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de la Seguridad, Buenos Aires, 2012.
[65] BROTHERTON, D. “La globalización de los Latin Kings: criminología cultural y la banda transnacional”… op. cit., pp. 32-38.
[66] BROTHERTON, D. “Toward the gangs as a social movement”… op. cit., p. 262.
[67] BROTHERTON, D. “La globalización de los Latin Kings: criminología cultural y la banda transnacional”… op. cit., p. 30.
[68] FEIXA, C. “Nuevos espacios de negociación intercultural”… op. cit.
[69] FEIXA, C. y BARRIOS, L. “De ‘banda’ a asociación juvenil”, en Revista Mundo Hispano, febrero 2007.
[70] LAHOSA, J. “Pandillas juveniles en España: la aproximación de Barcelona”… op. cit., p. 55.
[71]Ibíd., p. 57.
[72] CERBINO, M. El Lugar de la violencia: perspectivas críticas sobre pandillerismo juvenil. Taurus/FLACSO Ecuador, Quito, 2012.
[73] WACQUANT, L. Los condenados de la ciudad. Ghetto, periferia y Estado. Manantial, Buenos Aires, 2007.
[74] BROTHERTON, D. “La globalización de los Latin Kings: criminología cultural y la banda transnacional”… op. cit., p. 31.
[75] ANTONIO DE MOYA, E., BARRIOS, L., CASTRO, Lino, PEÑA, V. y JIMENEZ, L. (2008). “En mi barrio hay vida: VIH/Sida. Graffiti y poder juvenil en Santo Domingo”, en CERBINO, M. y BARRIOS, L. (eds.), Otras naciones… op. cit.
[76] DOWDNEY, L. Ni guerra ni paz. Comparaciones internacionales de niños y jóvenes en violencia armada organizada. Viveiros de Castro Editora, Río de Janeiro, 2005. También véase Íd. Niños en el tráfico de drogas. Un estudio de caso sobre los niños involucrados en la violencia armada organizada en Rio de Janeiro. ISER/Viva Rio, Río de Janeiro, 2003.
[77] PÉREZ, R. y LUZ, D. “El fenómeno de la violencia armada organizada”… op. cit., pp. 72-80.
[78] CRUZ, J. M., CARRANZA, M. y SANTACRUZ, M. “Teoría y método: capital social y pandillas en Centroamérica”, en ERIC, IDESO, IDIES, IUDOP, Maras y pandillas en Centroamérica. Pandillas y capital social, Vol. II, Universidad Centroamericana Simeón Cañas Editores, San Salvador, 2004.
[79] BROTHERTON, D. y BARRIOS, L. “The Almighty Latin King and Queen Nation: Street Politics and the Transformation of a New York City Gang”... op. cit.; CERBINO, M. Jóvenes en la calle… op. cit.
[80]Washington Office on Latin America. Atreviéndose a querer. WOLA, Washington, D.C., 2009.
[81] VANDERSCHUEREN, F. Guía para la prevención con jóvenes. Hacia políticas de cohesión social y seguridad ciudadana. UN-Habitat y Universidad Alberto Hurtado, Nairobi, 2010.
[82] APPIOLAZA, M. “Participación, respeto y compromiso social: condiciones para prevenir la violencia con niños, niñas y jóvenes”, en Desafíos para el planeamiento estratégico de la seguridad ciudadana. Ministerio de Seguridad e Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de la Seguridad, Buenos Aires, 2012.
[83]Ibíd.